"Lanzar propuestas" fue el exhorto que ayer Cristina Fernández les
arrojó a los dos precandidatos que quedaron en carrera. Ocurrió
durante el anuncio de promulgación de la ley que crea la empresa estatal de
ferrocarriles, días después de la lluvia torrencial de "humildad" que
la Jefa de Estado dejó caer sobre los otros tres precandidatos, que quedaron
fuera de pista. Tanto Scioli como Randazzo vienen eludiendo la responsabilidad
de decir qué piensan hacer en un hipotético gobierno conducido por ellos.
Apenas redundan en definiciones ambiguas sobre la "continuidad del
proyecto nacional" pero sin explicitar con qué medidas concretas
continuarían el rumbo. Habrá que ver si con el tirón de orejas de la
Presidenta, toman la lapicera y se reciben de buenos alumnos, o si seguirán
jugando a las escondidas.
El kirchnerismo tuvo, como marca de nacimiento, la ambición de ir corriendo la frontera de lo posible, con reformas en distintos campos que le valieron fuertes reprimendas de parte de los sectores de poder. Tal vez los Kirchner no imaginaron en 2003 que iban a producir un cambio de época tan radical, pero el fragor del proceso político los fue llevando a endurecer algunas posiciones y a tomar el toro por las astas, afectando intereses concretos. Las reacciones no tardarían en llegar. Por momentos, las embestidas de los factores de poder, en particular las corridas financieras, econtraron a un gobierno agazapado, a la defensiva. Sin embargo, tras el aturdimiento incial, el oficialismo tuvo la cintura suficiente y el envión necesario para fugar hacia adelante. Sin ir más lejos, luego del ajuste devaluatorio producto de presiones de los actores financieros, y la declaración de guerra de los fondos buitres, el gobierno volvió a volantear hacia la heterodoxia con un menú que incluyó medidas de impacto concreto como la Ley de Abastecimiento, el Plan Progresar, la Ley de Agricultura familiar y la estatización del sistema ferroviario. Más allá de retrocesos coyunturales, la decisión del gobierno nacional siempre estuvo orientada a la "profundización".
A diferencia de lo que ocurrió en tiempos de Néstor y Cristina, más allá de las connotaciones positivas o negativas que cada uno quiera cargarle, la palabra "profundización" no pareciera estar en la hoja de ruta de sus dos potenciales sucesores. Al menos no lo verbalizan. En el caso de Scioli, una estrella de la motonáutica manoteada en los 90 por Carlos Menem, tal vez sea más sencillo intuir el rumbo de un eventual gobierno, a la luz de su gestión al frente de la Provincia y por el tenor de las declaraciones públicas de su entorno más íntimo. Si hay algo en lo que Scioli no miente es en su "previsibildiad". Nadie duda que Scioli continuaría con la política de mano dura en la Provincia, o que mantendría con menos vidriera las políticas de Derechos Humanos. Tampoco a nadie le sorprendería que vaya soltando gradualmente el tipo de cambio hasta lograr un nivel de convergencia con las expectativas del mercado (sin terapia de shock pero con una aceleración devaluatoria mayor a la de la actual gestión) o que rebajaría la presión tributaria a los exportadores de algunos granos, porque es lo que vienen planteando sus asesores económicos, como Mario Blejer y Miguel Bein. Y no sería descabellado pensar en un refuerzo de los canales de diálogo con Estados Unidos y los países de la Alianza del Pacífico, sin descuidar el Mercosur (aunque borrando del mapa a Venezuela). Esto se encuentra en la plataforma de gobierno que viene diseñando la Fundación Desarrollo Argentino de Pepe Scioli. La no aplicación de las cláusulas antimonopólicas que establece la Ley de Medios es casi una obviedad si se tiene en cuenta los denodados esfuerzos de Daniel por exhibir su empatía con el ecosistema de negocios del Grupo Clarín. También es esperable que se mantengan los planes sociales y los servicios reestatizados, sin avanzar en nuevas nacionalizaciones. Por todo esto, la opción de Scioli 2015 es la más "previsible", como a él le gusta decir, planteando una suerte de equilibrio entre continuidad y cambio. La propaganda "Scioli para la Victoria" es maquillaje que sólo puede entenderse en el marco de una campaña política, y al calor de las encuestas que marcan una popularidad inédita de la Presidenta y un liderazgo a prueba de balas en las filas peronistas. Pero en definitiva, Scioli es Scioli, y ha dado muestras sobradas de autonomía del cristinismo como para dejarse llevar de las narices en caso de arribar al sillón de Balcarce 50.
Lo de Randazzo es más enigmático. Si bien es evidente que es el precandidato, de los dos que quedan, más cercano al cristinismo, lo cierto es que no perteneció nunca al núcleo duro que la Presidenta armó alrededor de la Cámpora y las organizaciones que participan del sello Unidos y Organizados. Por marca generacional, no pertenece ni a la camada de cuadros de los años 70 ("la generación diezmada" de Néstor y Cirstina), ni tampoco a los "pibes para la liberación" que florecieron a partir del conflicto de la l25, por más flores que el Ministro quiera arrastrar hacia su "Florería". Sus años de formación coinciden con otras etapas de la historia del peronismo. Así como Aníbal Fernández, ya en funciones como ministro designado por Kirchner, se definió a sí mismo con el oxímoron "duhaldista portador sano", podría decirse que una hormona similar es la que regula el metabolismo político del Flaco de Chivilcoy. A favor del ministro, hay que decir que muy dificilmente pudo haber atravesado todos estos años en la primera fila de la gestión kirchnerista, con la intensidad de debates que generó el gobierno, sin haber sufrido una transmutación de muchos de sus valores originales. De hecho, fue uno de los primeros dirigentes peronistas que se animaron a abandonar el barco del "zabeca de Banfield" para ir a parar a la toldería pinguina. Seguramente, Randazzo ya no es el mismo dirigente que antes de la experiencia K y es muy probable que quiera continuar con el legado, a su estilo.
El problema es que nunca, hasta ahora, dejó caer un sólo indicio de cómo podría dar cauce a esa continuidad, más allá de conservar las conquistas alcanzadas. Nadie sabe realmente cómo piensa Randazzo hacer frente a los problemas del medio ambiente, qué lugar le dará a la economía social, cómo abordará el tema del aborto, qué solución plantea frente a la concentración del comercio exterior, o del mercado de telecomunicaciones en manos privadas. Tampoco clarificó si cree necesario modificar la ley de Entidades financieras de la Dictadura y si está a favor de implementar una reforma impositiva integral, tal cual sugirió el ministro Kicillof. Ninguno de esos ejes se incrusta en la campaña electoral del ministro. Se muestra confrontativo, pero sólo le muestra los dientes a Scioli y a Clarín, sin confrontar con el resto de las corporaciones.
Evidentemente, Cristina dejó su flanco izquierdo huérfano de representación al sacar fuera del juego a Taiana y Urribarri, quienes no medían. Tampoco le interesó fogonear a ninguna figura de su círculo de confianza. Su sucesor natural podría haber sido Axel Kicillof, a quien definió ayer como su "mano derecha y mejor asistente", pero no se animó a exponer al ministro públicamente en medio de las batallas cotidianas que debe librar contra los fondos buitre y los grupos de poder internos. Seguramente el ministro, que no goza de buena salud en términos de imagen (si bien viene creciendo) será moneda de negociación en las fórmulas o en algún lugar de relevancia institucional. No le alcanzó la nafta para más. En materia de candidaturas, la Presidenta optó por no "profundizar". Y no en estos meses preelectorales, sino que a lo largo de todo su mandato no tuvo intención de preparar el terreno para llegar al final del camino con candidaturas puras consolidadas en la opinión pública, teniendo en cuenta las restricciones constitucionales por todos conocidas. Esto quedará como tarea de reflexión para el futuro.
En lo inmediato, tanto Scioli como Randazzo están a tiempo de exponer explícitamente su programa de gobierno. Scioli tiene más aire para especular, ya que está sentado sobre un caudal enorme de votos independientes. Pero Randazzo, si quiere acortar distancia y quedar tiro a tiro en esta carrera contra el reloj, no le alcanzará con presentarse como el único candidato kirchnerista y con dedicarle munición gruesa a quien considera un infiltrado. La victimización mediática es un arte que el sciolismo domina como pocos. Ya se vio en los conflictos docentes, en las reiteradas peleas del sciolismo con el gobierno en 2012 y 2013, y también con Karina Rabolini sobreactuando congoja y llanto en la pantalla de Fantino. La devoción cristinista no será la llave que abra el cofre de la victoria para Randazzo. Tal vez sea hora de "lanzar propuestas" a la sociedad, como instruyó la Presidenta. Por ahora, en el terreno de los programas, los dos precandidatos no se sacan demasiadas diferencias.
El kirchnerismo tuvo, como marca de nacimiento, la ambición de ir corriendo la frontera de lo posible, con reformas en distintos campos que le valieron fuertes reprimendas de parte de los sectores de poder. Tal vez los Kirchner no imaginaron en 2003 que iban a producir un cambio de época tan radical, pero el fragor del proceso político los fue llevando a endurecer algunas posiciones y a tomar el toro por las astas, afectando intereses concretos. Las reacciones no tardarían en llegar. Por momentos, las embestidas de los factores de poder, en particular las corridas financieras, econtraron a un gobierno agazapado, a la defensiva. Sin embargo, tras el aturdimiento incial, el oficialismo tuvo la cintura suficiente y el envión necesario para fugar hacia adelante. Sin ir más lejos, luego del ajuste devaluatorio producto de presiones de los actores financieros, y la declaración de guerra de los fondos buitres, el gobierno volvió a volantear hacia la heterodoxia con un menú que incluyó medidas de impacto concreto como la Ley de Abastecimiento, el Plan Progresar, la Ley de Agricultura familiar y la estatización del sistema ferroviario. Más allá de retrocesos coyunturales, la decisión del gobierno nacional siempre estuvo orientada a la "profundización".
A diferencia de lo que ocurrió en tiempos de Néstor y Cristina, más allá de las connotaciones positivas o negativas que cada uno quiera cargarle, la palabra "profundización" no pareciera estar en la hoja de ruta de sus dos potenciales sucesores. Al menos no lo verbalizan. En el caso de Scioli, una estrella de la motonáutica manoteada en los 90 por Carlos Menem, tal vez sea más sencillo intuir el rumbo de un eventual gobierno, a la luz de su gestión al frente de la Provincia y por el tenor de las declaraciones públicas de su entorno más íntimo. Si hay algo en lo que Scioli no miente es en su "previsibildiad". Nadie duda que Scioli continuaría con la política de mano dura en la Provincia, o que mantendría con menos vidriera las políticas de Derechos Humanos. Tampoco a nadie le sorprendería que vaya soltando gradualmente el tipo de cambio hasta lograr un nivel de convergencia con las expectativas del mercado (sin terapia de shock pero con una aceleración devaluatoria mayor a la de la actual gestión) o que rebajaría la presión tributaria a los exportadores de algunos granos, porque es lo que vienen planteando sus asesores económicos, como Mario Blejer y Miguel Bein. Y no sería descabellado pensar en un refuerzo de los canales de diálogo con Estados Unidos y los países de la Alianza del Pacífico, sin descuidar el Mercosur (aunque borrando del mapa a Venezuela). Esto se encuentra en la plataforma de gobierno que viene diseñando la Fundación Desarrollo Argentino de Pepe Scioli. La no aplicación de las cláusulas antimonopólicas que establece la Ley de Medios es casi una obviedad si se tiene en cuenta los denodados esfuerzos de Daniel por exhibir su empatía con el ecosistema de negocios del Grupo Clarín. También es esperable que se mantengan los planes sociales y los servicios reestatizados, sin avanzar en nuevas nacionalizaciones. Por todo esto, la opción de Scioli 2015 es la más "previsible", como a él le gusta decir, planteando una suerte de equilibrio entre continuidad y cambio. La propaganda "Scioli para la Victoria" es maquillaje que sólo puede entenderse en el marco de una campaña política, y al calor de las encuestas que marcan una popularidad inédita de la Presidenta y un liderazgo a prueba de balas en las filas peronistas. Pero en definitiva, Scioli es Scioli, y ha dado muestras sobradas de autonomía del cristinismo como para dejarse llevar de las narices en caso de arribar al sillón de Balcarce 50.
Lo de Randazzo es más enigmático. Si bien es evidente que es el precandidato, de los dos que quedan, más cercano al cristinismo, lo cierto es que no perteneció nunca al núcleo duro que la Presidenta armó alrededor de la Cámpora y las organizaciones que participan del sello Unidos y Organizados. Por marca generacional, no pertenece ni a la camada de cuadros de los años 70 ("la generación diezmada" de Néstor y Cirstina), ni tampoco a los "pibes para la liberación" que florecieron a partir del conflicto de la l25, por más flores que el Ministro quiera arrastrar hacia su "Florería". Sus años de formación coinciden con otras etapas de la historia del peronismo. Así como Aníbal Fernández, ya en funciones como ministro designado por Kirchner, se definió a sí mismo con el oxímoron "duhaldista portador sano", podría decirse que una hormona similar es la que regula el metabolismo político del Flaco de Chivilcoy. A favor del ministro, hay que decir que muy dificilmente pudo haber atravesado todos estos años en la primera fila de la gestión kirchnerista, con la intensidad de debates que generó el gobierno, sin haber sufrido una transmutación de muchos de sus valores originales. De hecho, fue uno de los primeros dirigentes peronistas que se animaron a abandonar el barco del "zabeca de Banfield" para ir a parar a la toldería pinguina. Seguramente, Randazzo ya no es el mismo dirigente que antes de la experiencia K y es muy probable que quiera continuar con el legado, a su estilo.
El problema es que nunca, hasta ahora, dejó caer un sólo indicio de cómo podría dar cauce a esa continuidad, más allá de conservar las conquistas alcanzadas. Nadie sabe realmente cómo piensa Randazzo hacer frente a los problemas del medio ambiente, qué lugar le dará a la economía social, cómo abordará el tema del aborto, qué solución plantea frente a la concentración del comercio exterior, o del mercado de telecomunicaciones en manos privadas. Tampoco clarificó si cree necesario modificar la ley de Entidades financieras de la Dictadura y si está a favor de implementar una reforma impositiva integral, tal cual sugirió el ministro Kicillof. Ninguno de esos ejes se incrusta en la campaña electoral del ministro. Se muestra confrontativo, pero sólo le muestra los dientes a Scioli y a Clarín, sin confrontar con el resto de las corporaciones.
Evidentemente, Cristina dejó su flanco izquierdo huérfano de representación al sacar fuera del juego a Taiana y Urribarri, quienes no medían. Tampoco le interesó fogonear a ninguna figura de su círculo de confianza. Su sucesor natural podría haber sido Axel Kicillof, a quien definió ayer como su "mano derecha y mejor asistente", pero no se animó a exponer al ministro públicamente en medio de las batallas cotidianas que debe librar contra los fondos buitre y los grupos de poder internos. Seguramente el ministro, que no goza de buena salud en términos de imagen (si bien viene creciendo) será moneda de negociación en las fórmulas o en algún lugar de relevancia institucional. No le alcanzó la nafta para más. En materia de candidaturas, la Presidenta optó por no "profundizar". Y no en estos meses preelectorales, sino que a lo largo de todo su mandato no tuvo intención de preparar el terreno para llegar al final del camino con candidaturas puras consolidadas en la opinión pública, teniendo en cuenta las restricciones constitucionales por todos conocidas. Esto quedará como tarea de reflexión para el futuro.
En lo inmediato, tanto Scioli como Randazzo están a tiempo de exponer explícitamente su programa de gobierno. Scioli tiene más aire para especular, ya que está sentado sobre un caudal enorme de votos independientes. Pero Randazzo, si quiere acortar distancia y quedar tiro a tiro en esta carrera contra el reloj, no le alcanzará con presentarse como el único candidato kirchnerista y con dedicarle munición gruesa a quien considera un infiltrado. La victimización mediática es un arte que el sciolismo domina como pocos. Ya se vio en los conflictos docentes, en las reiteradas peleas del sciolismo con el gobierno en 2012 y 2013, y también con Karina Rabolini sobreactuando congoja y llanto en la pantalla de Fantino. La devoción cristinista no será la llave que abra el cofre de la victoria para Randazzo. Tal vez sea hora de "lanzar propuestas" a la sociedad, como instruyó la Presidenta. Por ahora, en el terreno de los programas, los dos precandidatos no se sacan demasiadas diferencias.