miércoles, 13 de junio de 2012

El lado B de la entrevista en el Palacio Duhau




Convengamos que el barrio de Recoleta es de una paquetería rutilante, abarrotada de credenciales de la alta cultura. Cualquier porteño con un poco de calle y sentido común es consciente de los repertorios que rigen dentro de sus fronteras: consumos de boutique, mansiones enjauladas con guardianes celosos, descapotables importados, tribuna de doctrina y señoras de café francés y buraco vespertino.

El Palacio Duhau, sobre la Avenida Alvear, es un exceso de la misma sustancia. Es acaso el ícono más puro de una aristocracia blindada, que se ahoga en la fragancia de sus “buenas costumbres”. Fortaleza neoclásica de la Belle Époque, de esa Buenos Aires de principios de siglo que se espejaba en la Ciudad Luz, tan distante pero tan cercana a la vez. Metáfora de la resistencia frente a la chusma,  y las sucesivas mareas del inframundo que amenazaban con eclipsar el brillo de su opulencia. 

Hasta allí llegué yo, montado sobre mis propios prejuicios, en ocasión de una nota que debía hacer para el Gran Diario Argentino, acerca de un programa global de formación de líderes de la financiera internacional HSBC. El evento de cierre del programa se realizaría justamente en los salones del palacio, donde desde el 2006 funciona el Park Hyatt Hotel. Allí estarían presentes los ejecutivos de la filial argentina y ochenta empleados de gerencia media de 22 países del mundo. Estos mandos intermedios tuvieron la gracia de ser elevados filosóficamente a la categoría de “líderes del mañana”, de acuerdo a los parámetros ideológicos de HSBC. Por ese motivo, fueron convocados a trabajar en proyectos sustentables en varias localidades del interior del país, durante el lapso de una semana. Mi misión allí sería entrevistar a los organizadores y participantes del programa “Next Generation”, y sacar a la luz pública una nota “gacetillera”, explicando las bondades del costado “sustentable” de la corpo financiera. A cambio de seiscientos pesos, poco más poco menos.

Santiago, el gerente de Comunicaciones me esperaría en la puerta del lobby del hotel. Las suntuosas marcas de los automóviles aparcados frente a la puerta delataban mi condición de outsider. Si bien había tenido la precaución de calzarme mocasines y una camisa Newman, mi barbita recortada de campamento juvenil, y mi jean negro arrugado definitivamente desentonaban con el look de traje y corbata que exigía la ocasión. En todo caso, podía legítimamente echarle la culpa a mi profesión: está aceptado socialmente que los periodistas cultivamos un estilo “rotoso”, como me había dicho días atrás mi editora.

Rotoso y todo, me abrí paso a través de las escalinatas circulares hacia el encuentro de Santiago, sin poder evitar las miradas inquisitorias de los mayordomos a traje pingüino que custodiaban la entrada, atentos a cada pormenor fuera de protocolo. La voz entre reverencial y concheta de Santiago le confirió un aura de solemnidad a la bienvenida, que encendió en mi interior una lucecita de alerta. Me condujo hasta una lujosa y amplia sala de reuniones, equipada con sandwichitos de salmón y agua mineral Gota. Evián era agua de estanque en comparación con Gota, cuyo sofisticado packaging saldría posiblemente más dinero que un viaje en taxi hasta mi casa.   

En fin, el menú gastronómico me entretuvo mientras esperaba a los entrevistados. Luego, Santiago desenrolló una suerte de presentación oficial de HSBC: su cultura empresarial, su presencia en el mercado global, su política de sustentabilidad, su estrategia de formación de talentos, y continuaba la engorrosa lista. Confieso no haber podido seguir el desarrollo del acartonado discurso con genuino interés. Se debe haber notado. Sentí aún más culpa cuando me ofreció disculpas por hacerme esperar, mientras me almorzaba sus sandwichitos de salmón y me sacudía las miguitas de mi jean arrugado. En el Palacio Duhau.

Pasados unos días de la entrevista, entendí que las muestras de respeto hacia mi presencia “rotosa” me generaban incomodidad, o algo parecido. Me trajo alivio la llegada de la intérprete, quien traduciría mis preguntas y las respuestas de los angloparlantes. Una mina “del palo”. En una charla casual que tendría después con ella, me enteraría que era de Boedo, y que había venido en bicicleta con ropa deportiva. Se había “disfrazado de intérprete seria” en el toilette de un café aledaño al hotel.

Después entró en escena la directora de Recursos Humanos, seguida de un tropel de “líderes del mañana” de HSBC. Los tocados por la varita del destino. Talentos en bruto que manejarían los hilos futuros de la financiera. Tenía delante mío a diez empleados de rango medio y un sponsor, un pez gordo dentro de la compañía que guió “espiritualmente” a los herederos durante el “field challenge” del programa. El sponsor era el CEO de HSBC Malasia, quien antes de jugar en las grandes ligas de la financiera, había pasado por el mismo “bautismo de fuego” que la actual camada de “líderes del futuro”.

El escenario me seguía pareciendo extravagante, y cada vez cobraba un cariz más claustrofóbico y opresivo. Estaba encerrado en una sala con sujetos de distintas partes del mundo, en un ámbito corporativo. Se jactaban de haber vivido “modestamente”, en el “mismo estilo” que las comunidades que asesoraron, de haberse alojado en hoteles de “baja categoría” (es decir, no de cinco estrellas, como ameritaría su status), mientras se regocijaban con la pompa exorbitante que les prodigaba el Park Hyatt Hotel. Pero lo más grotesco de todo el asunto es que todos ellos, absolutamente todos, se reconocieran como “líderes del futuro”, y confesaran sus apetitos de escalar en la pirámide corporativa, ahorrándose cualquier expresión de modestia (que sí habían declarado exhibir durante la convivencia en las comunidades).

A mi modo de ver las cosas, aquellos que se asumen como líderes naturales me resultan francamente sospechosos. Lo que me hace pensar que todo el despliegue corporativo en torno a los proyectos de “sustentabilidad” era una puesta en escena de la financiera para incitar las ambiciones de liderazgo de sus hombres de negocios. Con una mano de pintura de “sensibilidad” por la causa sustentable. O un lavadito de imagen. O simplemente marketing. Como sea, se olfateaba un tufillo de hipocresía en todo el asunto.

Con el correr de la entrevista múltiple, algunos líderes se fueron aflojando, y se empezaron a escuchar expresiones más sinceras, que ponían las cosas en su debido lugar, en un orden más coherente con la filosofía de una multinacional financiera. “La rentabilidad es lo que asegura que haya una continuidad de los proyectos”. “Nuestra propuesta es que dejen de producir localmente bombas de agua y empiecen a importar a menor costo”. “Convencimos a la comunidad de aborígenes Warmis que la mejor forma de desarrollar su identidad es explotar el turismo cultural”. Yo tomaba nota de todo y, por algún extraño proceso psicológico, me complacía confirmar algunos de mis prejuicios.

A medida que iba terminando las entrevistas con los líderes, éstos se iban levantando de la mesa, como si se hubieran sacado de encima un trabajo,  como si declarar lo que debían declarar a la prensa fuera su última obligación de agenda, conforme a lo programado por la organización. Ya podían volver a sus países. Me sentí un poco usado, pero tampoco es que me importaba demasiado.

Me fui  de la entrevista enredado en mis pensamientos, sin poder determinar si convertirse en líder involucra una búsqueda personal autónoma o supone cumplir con los mandatos de la sociedad capitalista. Pero también me fui con una mochila y una remera Fila bajo el brazo, cortesía de HSBC. "Capitalismo humano", le dicen.

La empleada

1) Me gusta almorzar en lo de mi abuela los sábados al mediodía. Aunque cada vez el clan reúna menos comensales alrededor de la mesa, hay algo de ritual que permanece, evocando un orden familiar que en los últimos tiempos viene sufriendo algunos cimbronazos. Lo que se mantiene intacto es el pollo a la almoronía, manjar sefaradí digno de tantas estrellas Michelin como existan en el cosmos culinario.

Párrafo aparte, merece una escena que me inocula una fuerte dosis de vergüenza ajena. Un mes atrás me encontraba tocando el timbre del departamento de mi abuela. Mientras aguardaba la respuesta del portero eléctrico, salió presurosa una señora muy paqueta, vestida con un llamativo tapado animal print. Emitía un denso olor a perfume de free shop. Como era de prever, me cerró la puerta en la cara. Mis zapatillas Topper o mi barbita de varios días configuraban un perfil poco confiable para ella.  No la vamos a condenar por eso. Después de todo, cualquiera habría actuado del mismo modo. Ahora bien, el tufo concentrado a perfume que dejó a su paso merecía, por lo menos, una carta documento.

Bajó a abrirme Margarita, la señora que ayuda a mi abuela con los quehaceres domésticos. Sin pensarlo dos veces, me dirigí al ascensor principal. En ese momento Moisés partió el mar en dos: Margarita no me siguió y encaró hacia el elevador de servicio. Y no precisamente porque me desafiara a una carrera por ver quién llegaría primero al séptimo.


Mientras se alejaba, la llamé con la intención de compartir viaje en el ascensor principal. “Somos todos flacos”, le solté clásicamente, pero no había modo. La prohibición de utilizar el ascensor principal es una norma no escrita, pero probablemente con mayor peso vinculante y coercitivo que el estatuto de convivencia del edificio. Para ella era tan natural ocultar su presencia “de servicio” como lo es para mí cruzar la calle por la mitad de la cuadra.

La ideología irrumpe en la escena del ascensor de forma nítida. Por un lado, “la razón cínica” que propone el filósofo Sloterdijk se expresa en el aval de los propietarios a la distinción social: “ellos saben lo que hacen, pero aún así lo hacen”. Es decir, ellos entienden la lógica de distinción por clase que opera a través de las dos categorías de ascensores, pero aun conociendo este dispositivo de discriminación, lo fomentan, y no les temblaría el pulso para llamar la atención de la “sirvienta” que osara pervertir las reglas de facto, haciéndose pasar por lo que no es. El edificio es un laboratorio donde se ensayan las jerarquías del ordenamiento social, con ciudadanos Premium y de los otros.   
Un segundo nivel es que Marx resumió en la idea de que “no saben lo que hacen, pero lo hacen”. No quisiera ser tan concluyente, pero apostaría a que Margarita tiene asumido su lugar dentro un mundo donde las reglas las ponen los demás. Está tan sumida en la ideología que no se cuestiona si esos códigos avasallan la dignidad de su persona.

La batalla cultural estará perdida en cuanto no asome en las víctimas conciencia de la segregación que sufren, en cuanto sigan confundiendo una costumbre deshonrosa con “el” orden natural e inmutable de las cosas.

2) Una imagen que anduvo circulando esta semana en las redes sociales. Una señora de la burguesía porteña sosteniendo del brazo a su empleada, y ésta golpeando maquinalmente una cacerola de teflón, acaso cumpliendo con horas extra. Sospecho que la foto debe de haber sido tomada en las movilizaciones del 2008, cuando el conflicto por la 125. En todo caso, el significante funciona del mismo modo, porque la referencia de fondo sobre la que ancla el sentido reproduce casi nostálgicamente aquellas tormentosas jornadas en que una parte de la sociedad protestó contra una medida de gobierno que afectaba los intereses económicos de unos cuantos poderosos. Y una clase media servil que aunque no se vea afectada, se acopla al concierto de indignados VIP, con apetito de formar parte alguna vez de la orquesta estable.

La señora podría salir a sacudir la cacerola sin ayuda de nadie, pero no se lo permite. La cacerola es un exotismo discordante con su ADN. La señora tiene problemas más urgentes que los de llenar la cacerola, como recuperar la libertad para empapelar el dormitorio de billetes verdes, pero al menos sí es consciente de algo: que la cacerola pertenece a ese tan poco explorado territorio de su casa: la cocina. El lugar de la empleada.

La señora no tiene tiempo de poner en blanco a la empleada, pero sí de sacarla a pasear a Plaza de Mayo para demostrarle al régimen que no hay lucha de clases cuando están en juego los valores morales de la república.

Esa es la imagen del país que gente honrada como la señora quiere comunicar: un país donde los que siempre tuvieron nunca se rebajen a sostener una cacerola por el mango, y una sociedad “de servicio” disciplinada, que acepte que la rutina de su condición biológica es aguantar el llanto de las cacerolas vacías.


3) Si hubiera que relatar lo sucedido de acuerdo a las normas tácitas del edificio de mi abuela, entonces yo habría “aceptado la invitación” de “acompañar” a Margarita, la empleada de mi abuela, a subir al séptimo por el ascensor de servicio.

Margarita debe haber captado que no me hace gracia utilizar ascensores distintos para llegar al mismo lugar, como si hubiera necesidad de subrayar la frontera entre dos clases de personas.

Me arriesgo a suponer que Margarita se debe haber sentido a gusto con que yo haya querido compartir el viaje en ascensor con ella, accediendo a incursionar en esa parte hermética del edificio que ella siente más propia, menos ajena. En realidad, no era eso, sino que me parece absurdo y vergonzoso que la humanidad haya llegado al punto de diseñar un acceso alternativo para los empleados de servicio.       

“A la señora del tercero le desvalijaron todo el departamento. Fue la empleada, que es peruana. Se fue con todo y no volvió”, me dijo Margarita, como para sacar un tema cualquiera de conversación. Pero no era cualquier tema. Ella pensaría sinceramente que yo me sentiría cómodo con la explicación de que el delito puede comprenderse a partir de la nacionalidad de los sujetos, y que a partir de esa base teórica podríamos entendernos. Ello buscó conformidad donde no lo había, acaso convencida de que alguien de mi “clase” debería pensar la sociedad en esos términos.

Me molesté, pero no con ella. Más bien  me asaltó una suerte de culpa de clase. El prejuicio de Margarita no podía encasillarse dentro de los borrosos marcos de la casualidad. Si ella me identificaba dentro del colectivo que abonaba el estereotipo del “chorro extranjero”, sería porque efectivamente observó que muchos de los de “mi clase” cultivan ese sentido común, tan nocivo culturalmente. La repetición del prejuicio -también en estratos medios-bajos como el de Margarita- genera un espiral de violencia simbólica alrededor de la figura del extranjero, que queda inevitablemente atrapado en el estereotipo.


jueves, 15 de marzo de 2012

Malvinization






Algunos analistas de la oposición mediática atribuyen la “malvinización” de la agenda pública a una presunta obstinación del oficialismo por reabrir una herida del pasado en clave populista, para distraer la atención acerca de otros temas más relevantes de la arena nacional.

Por ejemplo, Jorge Lanata calificó como una “una locura” y un “sin sentido” la política del gobierno en relación a las Islas Malvinas. Con un mensaje provocador, incluso para muchos de sus camaradas del antikirchnerismo mediático, el periodista refirió a Malvinas como parte del territorio británico: “Tenemos que afrontar el hecho de que hemos perdido la guerra. Malvinas no es parte de Argentina, es parte de nuestra imaginación. Estamos tan cegados por años de retórica que no podemos ver la realidad".

En el mismo sentido se expresó Sylvina Walger, en una columna para la tribuna de doctrina mitrista: “Sorprende que la actual dirigencia argentina no conozca la diferencia entre ganar o perder una guerra. Las guerras se ganan o se pierden, no hay intermedio. Al vencedor no le importa si el que la desató fue Calígula o los kirchneristas. Al perdedor no le caben las protestas sino someterse”.

Para estos escribas de los medios dominantes, la reivindicación de la soberanía sobre las islas no sería otra cosa que un ejercicio hipócrita de imaginación, el producto de una negación histórica, de una derrota no reconocida. Como si el sentido de justicia pudiera dirimirse fácticamente al fragor de una guerra. O como si la justicia no debiera importar cuando el oponente se muestra infranqueable en el campo de batalla. La visión de no cuestionar los factores de poder (se propugna como contrapartida “someterse”) es compartida por muchos de los conspicuos editorialistas de la prensa nacional. 

La postura de Lanata y Walger en contra de reclamar la soberanía es paradójica, ya que la posición de Argentina es asistida por el derecho internacional (Resolución 1514 de las Naciones Unidas sobre la concesión de la independencia a países y pueblos coloniales, y Resolución 2065 del mismo organismo que insta a las autoridades de ambos países en entablar una mesa de negociaciones para discutir la soberanía). Tampoco es fruto de ensoñación el hecho de que las Malvinas se encuentren dentro de la zona del Atlántico Sur, a tan sólo 464 km al este del suelo continental argentino.

Para ciertos paladines de la inteligentzia argentina, como para los británicos, no son aquellos fundamentos válidos para declamar la potestad argentina sobre el archipiélago. Hace unos días, salió a la luz un documento titulado “Malvinas: una visión alternativa”, firmado por 17 intelectuales entre los que se destacan Beatriz Sarlo, Fernando Iglesias, Pepe Eliaschev, Juan José Sebreli, Hilda Sábato, Luis Alberto Romero, Roberto Gargarella, Daniel Sabsay y el propio Jorge Lanata, entre otros. En la misiva, sostienen con llamativa vehemencia el derecho a la autodeterminación de los isleños.

Uno podría preguntarles por qué motivos no defienden con el mismo ímpetu militante los derechos de los pueblos originarios, que sufren las consecuencias de una política histórica de excusión y exterminio. O bien, estos patriotas podrían imaginar dónde se pararían si la comunidad galesa de Gaiman decidiera, tras un plebiscito popular, fundar formalmente una nación en la Patagonia.

Más allá del oportunismo de ciertas plumas que buscan anidar en las primeras planas nacionales tocando una fibra sensible de la memoria popular como Malvinas, habrá que reconocer que la apelación al derecho a la autodeterminación de los kelpers podría ser una carta negociable para los británicos en una eventual mesa de diálogo (que vienen sistemáticamente retaceando pese a las reiteradas recomendaciones de los organismos internacionales).

El Reino Unido invadió las islas en 1833, y desde entonces pasaron a formar parte del botín de conquista del Commonwealth. Posteriormente a dicho pecado original, varias generaciones de colonos echaron raíces en suelo isleño y desarrollaron un estilo de vida que tributa a los usos y costumbres británicos. Podrá alegarse legítimamente que esas nuevas generaciones no tienen responsabilidad sobre las prácticas colonialistas de sus antepasados, como tampoco podría objetarse la identidad estadounidense de los habitantes de California, provincia que perteneciera al Estado mexicano hasta 1948, cuando fue anexado tras una guerra entre los dos países fronterizos.

Sin embargo, el argumento deja al descubierto un flanco débil, explicitado por la presidenta tras anunciar la desclasificación del informe Rattenbach. Si la soberanía de las Malvinas fuera transferida, nadie exigiría a los kelpers la tramitación compulsiva de la documentación de identidad argentina, ni tampoco se les impondría un plazo para migrar a otros países. Se sabe que Argentina tiene históricamente una política migratoria de puertas abiertas, avalada por su Constitución y legislación vigente.

En segundo lugar, resulta un tanto controvertido invocar el derecho a la autodeterminación cuando es a favor de los intereses de una potencia imperial. Históricamente, este derecho es reclamado por los pueblos de origen –y no transplantados como es el caso- que buscan liberarse del yugo imperial. El nivel de hipocresía se torna más palpable si se considera que la Corona británica no concede a los isleños la potestad de elegir a sus autoridades. El gobernador es señalado por el dedo monárquico. Resulta no menos que dudosa la apelación a escuchar el deseo de los kelpers, cuando éstos no reciben de parte de su “patria” ni siquiera el grado de sujetos de derecho. Sin mencionar el hecho de que uno de cada tres habitantes de Malvinas fue trasladado desde Inglaterra para efectuar ejercicios militares.

La estrategia del Reino Unido consiste en remarcar permanentemente que el estado de conflicto deriva de la decisión de la dictadura de Galtieri de embarcarse en un conflicto bélico. El lobo se viste de cordero recordando la temeraria decisión de la Junta Militar argentina en 1982, cuando ésta resolvió intempestivamente iniciar una conflagración con resultados desgarradores para la memoria colectiva de nuestro país. De ese modo, Gran Bretaña explica su prepotencia militar en el Atlántico Sur como la aplicación de criterios de estricta defensa de sus posesiones de ultramar.

En este contexto, la decisión del gobierno argentino de divulgar las consideraciones del informe Rattenbach, una feroz autocrítica militar acerca de las operaciones militares que derivaron en la guerra de Malvinas, resulta una medida acertada en lo táctico.

A través de la condena pública de la actitud de los militares que ordenaron la ocupación de Puerto Argentino, el gobierno nacional viene a expresar que la disposición de un régimen de facto no puede ser tomada como antecedente institucional que deba cargar el pueblo argentino, precisamente por la falta de representatividad de un gobierno de tales características. La ocupación de las Malvinas no fue un instrumento plebiscitado, no se erigió como emergente de la soberanía popular, sino por obra trágica de la inspiración providencial de un grupo de generales (más allá del consenso que la iniciativa bélica supo despertar en una parte de la población).   

La maniobra de victimización del Reino Unido tiene como telón de fondo una puja de intereses en torno al control de los recursos naturales
(pesqueros, petrolíferos y carburíferos) y el dominio de un enclave de gran valor estratégico militar en el Atlántico Sur. Eso explica que Londres asigne una desproporcionada parte de su presupuesto a tonificar la economía de este dominio territorial tan distante de sus costas.

Tanto el arribo previsto de un potente buque destructor a las costas del archipiélago como la reciente visita del príncipe William con atuendo castrense, en ocasión de un sobreactuado entrenamiento militar fueron leídos tanto por funcionarios como por la opinión pública argentina en general como una provocación directa, en el marco de los esfuerzos argentinos por encauzar el conflicto por la vía del diálogo y la negociación diplomática. “El pueblo argentino lamenta que el heredero real arribe a suelo patrio con el uniforme del conquistador y no con la sabiduría del estadista que trabaja al servicio de la paz y el diálogo entre las Naciones”, rezaba un comunicado oficial de cancillería.

La reacción del gobierno argentino no se hizo esperar. Una de las primeras medidas fue decretar la prohibición del tránsito naval entre Malvinas y el continente argentino, al tiempo que se consiguió el apoyo de la mayoría de los países sudamericanos para impedir que los buques con bandera de Malvinas atraquen en sus puertos. También se giró al Senado un proyecto que prevé sanciones económicas para las empresas que operen en Argentina y que estén participando de emprendimientos petroleros en el archipiélago. La ministra de Industria Débora Giorgi se encargó personalmente de exigir a empresarios de firmas nacionales y multinacionales que reemplacen insumos importados de Gran Bretaña. La gobernadora de Tierra del Fuego, por su parte, sigue vedando el ingreso de buques con bandera británica en el puerto de Ushuaia.

La escalada verbal entre Argentina y Gran Bretaña trepó a alturas imprevistas cuando Cristina Fernández de Kirchner fue notificada de las operaciones de exploración y perforación sobre yacimientos de petróleo en plataformas offshore por parte de compañías como Desire Petroleum, Rockhopper y Falkland Oil and Gas. Fue entonces cuando el ministro de Relaciones Exteriores Héctor Timerman denunció la presencia de armamento nuclear en submarinos ingleses que patrullan las costas de Malvinas.

En el acto de apertura de sesiones ordinarias del Congreso Nacional, la presidenta instruyó al canciller para renegociar los acuerdos suscriptos por Argentina y Reino Unido en 1998, con el objeto de elevar de dos a tres vuelos semanales entre las Malvinas y el continente americano. El proyecto de la jefa de Estado es que dichos vuelos sean operados por la aerolínea de bandera nacional desde Buenos Aires, y no por LAN desde Punta Arenas.

La ofensiva argentina en lo comercial para afectar los intereses británicos parece entrar en una zona de contradicción con el gesto integracionista de Cristina de aumentar la cantidad de vuelos. Este cronista juzga que tanto el integracionismo como el aislacionismo pueden constituir estrategias válidas, pero superpuestas generan un efecto de confusión.

Como fuere, el ofrecimiento del Estado argentino fue raudamente desestimado por el gobernador de Malvinas Nigel Haywood
: "Preferiríamos mirar hacia otros lados, hacia otros países que no sean tan hostiles hacia nosotros".

En este clima viciado de tensión, la estrategia argentina de “give peace a chance” sale airosa, al plantarse en la vereda de la racionalidad y la propuesta pacífica, al tiempo que Londres se abroquela en la altanera misión de clausurar todo canal de debate acerca de la soberanía de las islas.

Mientras Argentina legitima su posición concitando el apoyo de una lista cada vez más abultada de organismos y países (incluso por algunas naciones de la región que en otras épocas le eran esquivas, como Chile y Brasil), que le permitirán difundir su visión en cada uno de los foros internacionales con mayor autoridad y prestigio, Inglaterra juega en solitario a los soldados y mueve sus fichas en el Atlántico Sur con animosidad militarista.

Aunque no siempre la historia bendiga la mano de los justos, soplan vientos de dignidad cuando los representantes interpretan el mandato de la soberanía popular, sin servir a otros intereses.

Hechura




“Hechura de la ley”, se escucha esporádicamente en boca del algún sinvergüenza con ínfulas intelectuales. El uso de la palabra “hechura” siempre me resultó  un acto sospechoso, inherente a una personalidad estrafalaria, que busca toscamente producir una impresión acústica viscosa, de difícil remoción. En dicho gesto reside su (horrorosa) eficacia.
El acento en la “u” de “hechura” es repugnante y ciertamente corrosivo. No sólo los oídos son víctimas de su prepotencia. Está fisiológicamente comprobado que una inadecuada sonoridad (una sonoridad vulgar, apócrifa, como la que nos ocupa) repercute en las zonas más viscerales del organismo. Asoma como una vaga provocación, un débil desafío que genera un temblor en las puertas del buen gusto. Nada que de qué preocuparse aún: la situación es controlable. Pero lo que parecía un simple error de la naturaleza, un mero desapego por la elegancia, un desvío desafortunado en sentido contrario a las sanas lenguas, comienza paulatinamente a precipitar sus efectos en el organismo.
Imaginemos por un momento que ese murmullo sórdido, pero inerme, se vuelve más intenso, más penetrante. Que después de un tiempo de incubación del ruido, logra retumbar con desaforado vigor en las amígdalas. Imaginemos que a fuerza de repetición subjetiva, la desagradable tensión se traslada a las papilas gustativas. Náuseas. Imaginemos que "HECHURA” es ahora un agrio sabor tallado en la garganta con letras mayúsculas. Y no sólo eso, porque tampoco es cuestión de reducir el fenómeno asignándole un valor de cambio meramente lingüístico. No quiero ser grosero, pero ese sabor rancio en la boca, ese escozor amargo y persistente en la garganta, que desciende y se revuelve en las tripas, dejando a su paso inconfesables sensaciones estomacales, transmite fielmente el espíritu de la Mismísima Mierda. Un honor inmundo del que pocos pueden jactarse. Imaginémoslo.
Ni que hablar de la vulgaridad de la palabra. No propongo en estas líneas el destierro aristocrático del lenguaje, pero convengamos que “hechura” –su exposición a oídos ajenos- es too much. Basta con salir a la caza de una posible familia de palabras para dar cuenta de tamaño despropósito del término. Hechura: primogénita del Emperador Lechuga, criada por su madre Doña Lechuza, se enfrentó en el campo de batalla a las huestes rebeldes de su primo hermano, el coronel Achura, dispuesto a usurpar el trono de su Majestad Lechuga. Murió envenenada por su hermano Pechuga, quien tras el crimen quedó como único heredero.
“Elaboración” de una ley. “Realización”, “confección”, “diseño”. Cuántas otras formas de nombrar una misma cosa. O cómo es posible que una misma cosa se mantenga prácticamente idéntica a sí misma aún cuando la materia significante varía. Pero no…hace falta incitar a terceros, hace falta despertar los más bajos prejuicios del otro.    
Dicho esto, paso a señalar que la persona que profiere ese sonido insultante –“hechura”- es muy posiblemente un embustero, un Señor Embustero, que va por la vida vendiendo humo, para disimular sus propias miserias. Es un miserable zángano humano que quiere demostrarse a sí mismo que pertenece a este mundo, que no es un inmundo infeliz como los demás dicen -cómo él se dice que los demás dicen-, y para demostrarlo practica la avaricia, el cálculo y el desdén. Es, con una alta probabilidad, alguien que revisa la cotización del dólar todos los días, que raciona la cerveza en las cenas con amigos o colegas, que responde con sorna cadenas de mails. Y es alguien que claro…intenta llamar constantemente la atención con palabras agraviantes como “hechura”.  
O será que uno es demasiado sensible al pedo, y lo ignora. O hace que lo ignora. O no lo ignora un carajo y por eso escribe lo que escribe.

Crónica de una mala racha




Por Sebastián Hadida


Una muchedumbre de apostadores se agolpa en la rotonda de exhibición del Hipódromo de Palermo, próxima a los boxes. Allí están los burreros de ojo más incisivo, que examinan al detalle la musculatura de los caballos o la apostura de los jockeys. Casi todos son hombres mayores, que visten boina, tapados largos opacos y zapatos lustrados para la ocasión.

Entre ellos está Vicente Grillo, un viejo canoso de 70 años que no despega la visión de la revista que reparten los puesteros de la entrada de Dorrego y Libertador. “Vamos Jacinto, no se me caiga, Jacinto. Usted es un catedrático”, suelta de lleno mirando al jockey que hace su pasada formal. Entonces posterga la revista, donde figura la grilla de programación del día y todo tipo de datos sobre los competidores y sus caballos- para cifrar la esperanza en el aliento al deportista por sobre las especulaciones estadísticas.

Una base de datos descomunal es almacenada en los registros oficiales, y sólo los maestros que ofician el arte de la combinatoria logran sacar rédito de este acervo. Más allá del factor suerte, también juega su parte el escrutinio de los apostadores, como el que se observa en Vicente, pero en cualquier caso parece difícil hacer previsible lo imprevisible, porque entre quienes se señala como los sabios o "los curtidos", ninguno impone la presencia del millonario.

Por supuesto que Vicente no es uno de ellos. Hasta que se jubiló, era un comerciante de poca monta de Almagro. Ahora arriesga sus últimos ahorros en los caballos. Esto lo hace a escondidas de su mujer y de sus hijos, quienes ya vivieron cómo las apuestas en el hipódromo fueron alejando progresivamente a Vicente del hábito del trabajo, hasta que en el peor momento, una módica herencia lo salvó de la ruina total. Lejos de brindarle moderación, los años le prodigaron mayor frecuencia en el juego.

La previa

La campana y los altoparlantes anuncian la inminencia de la carrera. Los jockeys, esas personas de escasos kilos, con casco y antiparra, ropa ajustada de colores chillones y, casi siempre, con nariz espigada y puntiaguda (vaya a saber uno por qué) pasean al galope la pista de arena y se presentan ante el público. Vicente cierra el meñique y el anular y los vuelve a abrir. Una y otra vez. Hasta que esa misma mano hurga en el bolsillo de su saco y extrae un manojo de billetes. A Vicente, el tick nervioso le vino hace un tiempo, cuando le llegaron los problemas cree.

Los “burreros”, como se les dice a los fanáticos en la jerga del turf, vuelan a la boletería porque el murmullo y la campana parecen acelerar el buen presagio. Vicente sigue la corriente y cambia dinero por cartón. Está visiblemente animado, nada parece contrariar su buen pronóstico. Se junta con alguien que tal vez ya conoce y le canta su apuesta, dando sólidos fundamentos para dicha elección, que el compañero no comparte porque ya tomó partido por otro animal.

- Te digo que el 5 va al muere y el 2 tuvo una buena largada pero se queda, y la última vez que salió primero fue cuando le ganó a La Penitente - le asegura Vicente - El 6, el 10 y el 8 son los que están en mejor estado. Yo juego imperfecta al 6 y al 10 -
- El 5 está goloso hermano. Mirá a quien le ganó el 5 -dice el otro indicando un minúsculo dato en su revista hípica, que Vicente no se molesta en mirar- Es de buena estirpe, de buen entrenador. Tengo el pálpito del 5.

Vicente y el otro discuten en la zona detrás de la vallas de la pista. Allí conviven todo tipo de personas: gente que acude en plan familiar a pasar el domingo; hombres cincuentones con pelo blanco alisado, tez rosada y camisa o sweater a cuadros; pobres de jean sucio y zapatos ajetreados, que llegaron al hipódromo por el sólo hecho de pensarse allí más cerca de la salvación; y, como una postal del turf, hombres mayores que se adhieren a la valla para observar los últimos movimientos de los competidores y para dedicarle alguna palabra de aliento a sus candidatos.

La conversación de Vicente con el otro dura unos minutos. No había necesidad de ponerse de acuerdo en el pronóstico, la apuesta ya había sido efectuada. Sólo sirven las palabras vacuas que, como torrente, tapaban la ansiedad del vicio. Se separan sin decirse nada, como si la charla hubiera sido indistintamente útil con cualquier otro. Vicente se va a ubicar a las plateas. El meñique y el angular se abren y se cierran incesantemente.

Vicente toma asiento en la zona de plateas interiores (de libre acceso, al igual que las tribunas de afuera), techadas y con un gran cristal a través del que se contemplan los 2400 metros de pista. Llega justo cuando toma la batuta Miguel, un hombre sesentón que quedó aparentemente mortificado por presuntas irregularidades en la carrera anterior. Asegura que fue un “asalto”, que el marcador no funcionaba, que el jockey no estaba bien preparado y que por eso no puede ser sino un “delincuente buscado por la Interpol”. Agrega además que era de esperarse “el mismo tongo” en la siguiente carrera. Pese a la retórica tenaz del denunciante, casi nadie le hace caso porque tienen la mirada fija en los caballos que se alistan para la largada. Su veredicto vendría después.

Viento en contra

El 6 y el 10 son los que menos pagan, los favoritos: 3,10 y 3,75 respectivamente. Vicente está conforme. Dice que esta vez está seguro, que se juega la última a ganador y segundo porque se quiere retirar “con la buena leche” pero enseguida explica que, pase lo que pase, se vuelve a casa, puesto que ya no se banca más a “los marranos de abajo que nada saben y se llenan de chismes y habladurías, ni tampoco a los vejetes del palco, que esos sí que están enfermos”. Aclarada la cosa.

La televisión de la esquina de la sala de plateas relata la carrera y los apostadores se exaltan. Unos se toman la cabeza, otros prenden cigarrillos. Algunos levantan altares a sus candidatos antes de tiempo, al tiempo que otros ya los están defenestrando. Vicente despunta su tick, pero con mayor brusquedad.

“Larga el 6 a la cabeza por el centro de la pista. A los costados y a ¾ de cuerpo lo siguen el 10 y el 1. En cuarto puesto aparece el 4”.

En este punto de la carrera una voz familiar se desembucha: “Vamos Jacinto, no se me caiga Jacinto”. Jacinto es el número 6 y va primero. Vicente no se queda atrás: “¡Vamos el 6 carajo! ¿Quién va segundo?”, pregunta a un viejo que ya sabe que perdió y que no le contesta. “¿Quién va segundo?”, insiste.

“...Sale el 1 a toda marcha y queda segundo a medio cuerpo del 6. El 4 avanza a toda velocidad, deja atrás al 10. 400 metros del disco...”.

Un coro de quejidos, palmas e insultos restalla en el ambiente. Son los últimos instantes y todos quieren saber que está pasando. Ya nadie mira a la pista por la ventana, tienen los ojos clavados en la pantalla de TV, donde las cámaras logran una mejor captura de los competidores en el tramo final de la carrera. 

“Últimos 200 metros, el 6 y el 1 a la vanguardia. Los competidores no se sacan ventaja. Les sigue el 10 a un cuerpo. El 1 toma la delantera. Ingresan a la zona de tiro y cruzaron el disco”

Vicente pone el grito en el cielo contra la mala suerte. Se le escapó estando cerca. La mayoría insulta de lo lindo. Los menos festejan el resultado. “Acá está el campeón”, se autoproclama uno alzando el billete. “Qué hijo de puta el 10, ¿no?. Se cansó antes que Riquelme a los treinta metros”, bromea alborozado, mientras los demás lo miran con desprecio. 

Miguel está de rabiar. Para él, las sospechas de corrupción se confirmaron, no tiene dudas de que “los chanchullos” están a la orden del día. Los perdedores asienten.

Vicente se levanta como para irse pero se demora ante el anuncio de una nueva carrera. “Me juego un numerito más”, se despacha con resignación, poniendo énfasis en el diminutivo.

Masacre Patagónica

Alrededor de 1500 huelguistas fueron fusilados en el marco de los sucesos de la "Patagonia Trágica", que comenzaron con un conflicto entre hacendados y peones, a causa de despidos y magras condiciones laborales.





En algunas zonas de la Patagonia, aún es posible convocar los bramidos de los fusilamientos de los peones díscolos de la década del 20’. Una acústica macabra, que no deja de recordar uno de los episodios que marcaron a fuego la historia del movimiento de trabajadores en Argentina.

"La Patagonia Trágica": una fábrica de cadáveres, previa degradación humana que hace difícil llamar a la muerte por su nombre. Porque las eliminaciones hechas por las tropas que respondían al gobierno radical fueron encomendadas contra peones desposeídos, que trabajaban en turnos de 15 horas, arriando majadas con 18º bajo cero a cambio de salarios insignificantes. No tenían tiempo ni de ver a sus familias y dormían apiñados en piezas diminutas.

Hasta que un día se declararon en resistencia. Les costó caro. La Ley estaba del otro lado, con los hacendados: alrededor de 1500 huelguistas fueron cruelmente asesinados.  

Todo comenzó a partir de una crisis económica. El precio de la lana después de la Primera Guerra Mundial se había desbarrancado, los estancieros latifundistas ya no producían ganancia, y acumulaban ingentes stocks de producción que no podían colocar por falta de compradores. Naturalmente, los primeros que padecerían los efectos de la crisis serían los asalariados. Gran cantidad de despidos sumados a las humillantes condiciones de trabajo detonaron las protestas.

La Sociedad Obrera de Río Gallegos y la Federación Obrera (FORA), de tendencia anarquista, comenzaron a actuar con celeridad. Impulsaron una intensa campaña de sindicalización de peones. Difundieron literatura libertaria y pronunciaron la organización obrera antioligárquica. Aparecieron las huelgas y con ello comenzaron las detenciones, allanamientos policiales y clausura de locales obreros en algunas ciudades de la Patagonia. Entraron en escena los parapoliciales escuadrones “blancos” de la Liga Patriótica que, al margen de la ley pero sin un límite de hecho, perseguían a huelguistas y colaboraban con comerciantes y terratenientes de la zona.

Mientras tanto, las negociaciones entre trabajadores y hacendados fracasaban porque los últimos se negaban a aceptar el petitorio con exigencias módicas que presentaron los huelguistas para reanudar su actividad. Se reclamaba un sueldo mínimo de cien pesos, comida en buen estado, dignas condiciones de higiene, velas para alumbrar en la noche y que las instrucciones de los botiquines sanitarios estuvieran en español en lugar de inglés.

Enterado de la crisis y presionado por Gran Bretaña, que estaba preocupada por las difíciles circunstancias de los compatriotas hacendados en Patagonia, el presidente radical Hipólito Yrigoyen envió en enero de 1921 a Santa Cruz a tropas del ejército al mando del teniente coronel Héctor Benigno Varela con la orden de normalizar la situación.

Los sindicalistas esperaban a los militares de la nación con gran optimismo porque confiaban en que se pondrían de su lado. El tiempo les demostraría lo equivocados que estaban.

Inicialmente se impuso la vía del diálogo y, con la mediación del gobernador Izza, se llegó a un acuerdo por el cual los terratenientes se comprometían a cumplir con las exigencias de los peones.

Varela y sus hombres volvieron a Buenos Aires, pero el quebrantamiento del convenio meses más tarde por parte de los hacendados hizo que el conflicto estallara con mayor virulencia. Se decretó paro general y se ocuparon haciendas. La organización obrera se fortaleció y se proveyó de armas para la autodefensa. Los principales líderes del movimiento libertario eran el español Antonio Soto y el entrerriano José Font, conocido como el noble gaucho "Facón Grande".

En respuesta a esta situación, en octubre de 1921 volvieron las tropas de Varela, esta vez con el objetivo preciso de acabar con las huelgas y revueltas a sangre y fuego.

Tomando como excusa un episodio confuso de enfrentamiento con balas entre un estanciero y vándalos comunes que nada tenían que ver con la protesta, Varela interpretó que se trataba de un caso de insurrección armada y, amparándose en el Código Militar, declaró la ley Marcial. Así se dispararía una escalada cruenta de violencia y represión que liquidaría las huelgas al compás de fusilamientos masivos de anarquistas y peones rurales.

Una de las situaciones más sangrientas se vivió en la Estancia La Anita, donde centenares de obreros cayeron abatidos frente a pelotones de fusilamiento. También se produjo un episodio trágico en los campos del establecimiento ganadero Bella Vista. Los cadáveres de los 200 peones que resultaron asesinados allí fueron trasladados a una fosa común en lo que hoy se conoce como el Cañadón de los Muertos, cerca de la localidad de Gobernador Gregores.

Entre las 1500 víctimas que aproximadamente dejó el accionar militar en el sur argentino, se encontraban Hugo Soto y Facón Grande.

Las huelgas y fusilamientos concluyeron, pero las pasiones que dejó atrás el genocidio no quedarían a la deriva. Kurt Gustav Wilckens, un anarquista alemán que había sufrido el fusilamiento de su hermano, iniciaría la cadena de venganzas, un año después de la masacre. Llegó a Buenos Aires con la misión precisa de matar a Varela. Lo siguió cerca de su casa en el barrio de Palermo, le arrojo una bomba y luego lo liquidó a balazos. Un centinela mató a Wilckens al encoñanarlo por la mirilla del calabozo donde la víctima cumplía arresto. Finalmente, la secuencia de revanchas llegó a su fin con el homicidio del centinela por parte de un antiguo huelguista patagónico.

Publicado en Patagonia-Argentina
http://www.patagonia-argentina.com/e/content/patatragica.php

El enigma Nahuelito

¿Realidad o ficción? ¿Observación fehaciente o rumor sin sustento? Una vez más nos vemos enfrentados al dilema de tomar partido en un caso que, históricamente, ha suscitado controversia. ¿Existe o existió en el Lago Nahuel Huapi la criatura acuática conocida como Nahuelito? 





Por momentos nos sentimos inclinados a pensar que se trata de un relato marketinero. Pero la reiteración de los comentarios a favor de la existencia de esta versión doméstica del monstruo del lago Ness, la considerable cantidad de expediciones consagradas a encontrarlo, y el hecho de que el 50 % de los habitantes de Bariloche crea en Nahuelito (según una encuesta) nos impone, al menos, el deber de abordar el asunto con un grado de seriedad.
         
Es claro, pese a las enérgicas afirmaciones de la existencia de Nahuelito, que el caso presenta todos los signos de una leyenda. Repasemos las distintas hipótesis, a favor y en contra de la veracidad de la historia:

Nahuelito es un dinosaurio: es la teoría más popular. Enuncia que el origen de la criatura se remontaría a tiempos prehistóricos. El Nahuelito vendría a ser una variante del plesiosaurio. Esta hipótesis se presenta a priori como la más sensata. No obstante, no resiste el hecho comprobado de que los lagos en los que moraría el mítico animal se formaron en una etapa geológica posterior a la extinción de la especie señalada.

Nahuelito surge de una mutación: esta versión, un tanto insólita, sugiere que Nahuelito es el resultado inesperado de una misteriosa mutación producida a partir de experimentos nucleares realizados en la década del 50´ en la Isla Huemul.

Nahuelito es, en realidad, un submarino: esta explicación atribuye las apariciones a una pequeña nave submarina de origen desconocido perseguida en los 60´ por la armada argentina. La fisonomía de este ejemplar mecánico habría sido confundida por su aspecto con una criatura acuática.

Finalmente, otras hipótesis explican que lo que ojos fantasiosos identificaron como Nahuelito, correspondería en realidad a troncos a la deriva, materia orgánica acumulada en estado de putrefacción, burbujas de gas que se agitaban en la superficie o hasta rebaños de ovejas que cruzaban el lago a nado por su parte más baja en busca de mejores pasturas (las cuales vistas en conjunto parecían un gran animal nadando). ¡Sí, señores, es probable que a esta altura el Nahuelito tenga conflictos de identidad! 

Las teorías que abonan la existencia de Nahuelito, evidentemente, continúan bajo el velo de la ambigüedad. Jamás han sido científicamente demostradas y probablemente no lo vayan a ser, pero es curioso que la gran mayoría de los relatos coinciden en describirlo como un animal de aproximadamente 10-15 metros, dos jorobas, piel de cuero y, en ocasiones, un cuello en forma de cisne. Resulta llamativo que esta caracterización se asemeje a las descripciones que hicieron los mapuches doscientos años antes.

El legado de las leyendas aborígenes acerca de un animal acuático (los mapuches lo llamaban “cuero”) retozando en las aguas del Nahuel Huapi fue recuperado a comienzos del siglo XX. En 1910, George Garret se desempeñaba como gerente en una compañía que navegaba por el lago Nahuel Huapi. Un día de aquel año avistó un animal que, de acuerdo a su testimonio, "parecía tener entre 15 o 20 pies de diámetro, sobresalía quizás 6 pies por encima del agua y estuvo 15 minutos a la vista". Esta experiencia recién salió a la luz pública en 1922 en un artículo publicado por el periódico Toronto Globe. En aquella época, las historias acerca de la existencia de monstruos acuáticos estaban en boga a partir de la gran consideración mediática que tenía Nessie, la bestia del lago Ness.

La primera expedición para encontrar a Nahuelito se llevó a cabo ese año. Fue capitaneada por el superintendente del zoológico de Buenos Aires José Chiagi, luego de que el insigne buscador de oro norteamericano y ex sheriff Martín Sheffield informara acerca de huellas al director del zoológico Dr. Clemente Onelli. Sheffield había arribado a la Patagonia tras la pista de los célebres bandidos Butch Cassidy y Sundance Kid.

A partir de entonces, las expediciones para capturar a Nahuelito no cesaron, a pesar de las permanentes quejas de las asociaciones protectoras de animales que se oponían a las incursiones de grupos de caza en las costas del Nahuel Huapi.

Que estas empresas de búsqueda nunca hayan obtenido resultados positivos, no significa que las creencias que avalan la existencia de Nahuelito hubieran caducado. Éstas se basan en los avistamientos de muchas personas y en documentos fotográficos no concluyentes. El misterio sigue en pie.

Ya sea objeto de conocimiento o de la imaginación, el enigma Nahuelito es una sana excusa para mantener en estado de vigilia la curiosidad del hombre. Las aguas del Nahuel Huapi nos invitan a explorar sus secretos.

Publicado en Patagonia-Argentina
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martes, 13 de marzo de 2012

Los desaparecidos del astillero

El 24 de marzo de 1976, un operativo militar secuestró a sesenta obreros de la naviera Astarsa, en Tigre. 17 de ellos forman parte de la triste nómina de desaparecidos de la dictadura. Este año podría desarrollarse el juicio por esta causa, que descorrería el velo de complicidades civiles con los represores.




El próximo sábado 24 de marzo, calles y avenidas de todo el país recibirán los rituales masivos de memoria colectiva que cada año se repiten para sumergir la conciencia en las macabras secuelas del golpe de Estado de 1976. El mismo día en que se produjo el quiebre en el orden consititucional democrático, hace 36 años, comandos militares tomaron por asalto los establecimientos de la naviera Astarsa con un fusil y una orden bajo el brazo: secuestrar a los insurgentes obreros que habían doblegado a la patronal mediante la toma del control de la fábrica.

2012 parece ser el año en que la Justicia comienza un derrotero virtuoso de reconstrucción y juzgamiento de las complicidades civiles de la dictadura.
Hace pocos días, en un fallo histórico, los hermanos Emilio y Julio Méndez fueron condenados con penas de 15 y 11 años por haber prestado su chacra como centro clandestino de detención. El Tribunal Oral Federal reunido en el aula magna de la Universidad del Centro de Tandil definió a la dictadura como "cívico-militar" y ordenó investigar al directorio de la cementera Loma Negra por haber "inducido" el delito de privación de libertad del abogado laboralista Carlos Moreno.

Se espera que este año se trate también el postergado juicio por los desaparecidos de los astilleros. El abogado Pablo Llonto, querellante en muchas causas por crímenes de la dictadura, explicó -el sábado pasado, durante el festival por la Memoria y los Derechos Humanos del espacio kirchnerista Nuevo Encuentro- que las causas de zona norte vienen demoradas por "una combinatoria de trabas burocráticas, lentitud de ciertos jueces para acelerar los procesos y la falta de un lugar acondicionado para dar curso a los juicios orales". Sin embargo, aseguró que ya se consiguió una sala en San Martín que está a la espera de licitaciones.

La causa de los astilleros también desnudaría una trama en la que estarían implicados actores civiles que facilitaron la tarea de los uniformados. Ahora bien, ¿cuál es la historia de Astarsa?
 

Astilleros Argentinos Río de La Plata S.A. (ASTARSA) estaba conformada principalmente por capitales de la familia Braun Menéndez y llegó a ser uno de los astilleros más importantes del país. La planta ubicada en la zona costera de Tigre empleaba a 1500 obreros, de los cuales 700 eran navieros y 800 metalúrgicos. Además de reparar y construir barcos, arreglaban locomotoras, máquinas industriales y tractores.

Las condiciones de explotación laboral antes del control obrero eran infrahumanas. Se realizaban turnos de doce horas por reglamento, y era una certeza que por cada barco que se fabricaba (alrededor de catorce meses), se llevaba la vida de un obrero. La situación era vergonzosamente consentida por el Sindicato de Obreros de la Industria Naval, conducido por sectores del vandorismo.

La tensión fue in crescendo, y estalló cuando se produjo la muerte de José María Alesio, a principios de 1973. La indignación por el fallecimiento del obrero provocó la huelga general, que se montó sobre la consigna “Queremos un astillero, no un matadero”. Las asambleas obreras llegaban a convocar a 3500 trabajadores, que discutían las formas de encarar el conflicto.

Para entonces, la organización obrera comenzaba a recibir el influjo de nuevas camadas de jóvenes trabajadores vinculados a la Juventud Sindical de Montoneros, lo cual explica el sesgo combativo que adquirió la lucha.

El sindicato, pese a sus esfuerzos por disolver la lucha, no pudo frenar la recuperación obrera de Astarsa, que duró tres años. Las conquistas de esta experiencia fueron importantísimas: turnos de seis horas y 45 minutos, y la reincorporación de trabajadores despedidos por motivos políticos y gremiales desde 1965.  

La noche se vino el mismo día del golpe militar. El 24 de marzo de 1976 a las 6:30 de la mañana, tres camiones se estacionaron en la entrada a la fábrica, mientras helicópteros vigilaban desde el cielo todos los movimientos, según testimonios de sobrevivientes. Los uniformados comenzaron a pedir documentos a todos los obreros que entraban y salían de la planta, comparando los nombres con la lista que la patronal les había suministrado.

Como saldo de ese operativo hubo sesenta secuestrados (que se sumaba a las detenciones en Mestrina, otra de las navieras de la zona). Todos ellos pasaron por la comisaría de Tigre. Una parte de ese grupo fue liberada y otra fue trasladada a Campo de Mayo. Allí es donde la historia se ensombrece. Lo concreto es que al día de hoy se desconoce el destino de 17 obreros de Astarsa succionados por la dictadura militar. Entre Astarsa y Mestrina suman treinta los obreros navales desaparecidos.

La experiencia de la recuperación de Astarsa
 en manos de los trabajadores y la cruenta represión militar que sufrieron tres años después marcaron a fuego la historia del movimiento obrero combativo durante la década del setenta.


*Publicado en Lugar - Digital

Robin Hood Digital

Cuevana.tv ofrece a los usuarios la posibilidad de recibir en el hogar contenidos de cine y televisión, sin gastar un solo peso. Una avalancha de recursos judiciales encendió la polémica.




Hasta hace dos años, Tomás Escobar  jamás se hubiera imaginado que iba a convertirse en una suerte de Robin Hood digital, poniendo al alcance de quince millones de usuarios mensuales de internet todo tipo de contenidos de la industria audiovisual.
 

Comenzó casi como un juego para este estudiante de ingeniería en Sistemas de 22 años oriundo de San Juan. Al principio, él sólo quería crear una plataforma para compartir películas y series con sus amigos, pero ese pequeño proyecto fue creciendo y hoy Cuevana es la peor pesadilla del negocio de las corporaciones audiovisuales.

La polémica está instalada, sobretodo porque existe unlimbo legal respecto de la reglamentación de contenidos digitales. La añeja Ley de Propiedad Intelectual de 1933, en la que se refugian los quijotes de la industria, no puede dar cuenta de las nuevas tecnologías digitales.

Tomás Escobar se defiende argumentando que su sitio de streaming es un simple intermediario que ofrece enlaces a servidores de otras páginas, de manera que no es responsable de la eventual afectación de derechos de terceros.

Lo cierto es que Cuevana debió resistir en las últimas semanas todo tipo de embates de carácter judicial. Primero fue HBO el que le inició a Escobar una causa penal por violación de la ley de propiedad Intelectual. Luego Turner Argentina obtuvo una medida cautelar para bloquear el acceso de los usuarios para las series Falling Skies, BRIC y 26 personas para salvar al mundo. Hace unos días, la empresa proveedora de internet Telecentro decidió bloquear el ingreso de sus clientes a Cuevana.

Frente a este panorama, Escobar está pergeñando nuevas estrategias para seguir adelante con un modelo de negocios sustentable en el tiempo. El joven ya está realizando movimientos en ese sentido. Por ejemplo, llegó a un acuerdo con el INCAA para que todos los productores o autores de películas nacionales puedan publicar sus obras en Cuevana, y así tener un canal de visualización por fuera de las salas comerciales de cine (donde es difícil competir con los estrenos de Hollywood). Los ingresos por publicidad servirían para pagar las licencias de las distribuidoras.

Más allá de lo que depare el futuro, es indudable que Cuevana reconfiguró en un sentido democratizador la experiencia de ver cine y tv en el hogar. El método de streaming digital permite visualizar gratuitamente un contenido online sin necesidad de esperar la descarga. Además, uno puede ver series o películas en cualquier momento, sin tener que adaptarse a los horarios de la televisión por cable, y sin tener que soportar las tandas publicitarias.

Cuevana resiste. ¿Hasta cuándo?


Publicado en Lugar-Digital