1) Me gusta almorzar en lo de mi abuela los sábados al
mediodía. Aunque cada vez el clan reúna menos comensales alrededor de la mesa,
hay algo de ritual que permanece, evocando un orden familiar que en los últimos
tiempos viene sufriendo algunos cimbronazos. Lo que se mantiene intacto es el pollo
a la almoronía, manjar sefaradí digno de tantas estrellas Michelin como existan
en el cosmos culinario.
Párrafo aparte, merece una escena que me inocula una fuerte dosis de vergüenza ajena. Un mes atrás me encontraba tocando el timbre del departamento de mi abuela. Mientras aguardaba la respuesta del portero eléctrico, salió presurosa una señora muy paqueta, vestida con un llamativo tapado animal print. Emitía un denso olor a perfume de free shop. Como era de prever, me cerró la puerta en la cara. Mis zapatillas Topper o mi barbita de varios días configuraban un perfil poco confiable para ella. No la vamos a condenar por eso. Después de todo, cualquiera habría actuado del mismo modo. Ahora bien, el tufo concentrado a perfume que dejó a su paso merecía, por lo menos, una carta documento.
Bajó a abrirme Margarita, la señora que ayuda a mi abuela con los quehaceres domésticos. Sin pensarlo dos veces, me dirigí al ascensor principal. En ese momento Moisés partió el mar en dos: Margarita no me siguió y encaró hacia el elevador de servicio. Y no precisamente porque me desafiara a una carrera por ver quién llegaría primero al séptimo.
Mientras se alejaba, la llamé con la intención de compartir viaje en el ascensor principal. “Somos todos flacos”, le solté clásicamente, pero no había modo. La prohibición de utilizar el ascensor principal es una norma no escrita, pero probablemente con mayor peso vinculante y coercitivo que el estatuto de convivencia del edificio. Para ella era tan natural ocultar su presencia “de servicio” como lo es para mí cruzar la calle por la mitad de la cuadra.
La ideología irrumpe en la escena del ascensor de forma nítida. Por un lado, “la razón cínica” que propone el filósofo Sloterdijk se expresa en el aval de los propietarios a la distinción social: “ellos saben lo que hacen, pero aún así lo hacen”. Es decir, ellos entienden la lógica de distinción por clase que opera a través de las dos categorías de ascensores, pero aun conociendo este dispositivo de discriminación, lo fomentan, y no les temblaría el pulso para llamar la atención de la “sirvienta” que osara pervertir las reglas de facto, haciéndose pasar por lo que no es. El edificio es un laboratorio donde se ensayan las jerarquías del ordenamiento social, con ciudadanos Premium y de los otros.
Párrafo aparte, merece una escena que me inocula una fuerte dosis de vergüenza ajena. Un mes atrás me encontraba tocando el timbre del departamento de mi abuela. Mientras aguardaba la respuesta del portero eléctrico, salió presurosa una señora muy paqueta, vestida con un llamativo tapado animal print. Emitía un denso olor a perfume de free shop. Como era de prever, me cerró la puerta en la cara. Mis zapatillas Topper o mi barbita de varios días configuraban un perfil poco confiable para ella. No la vamos a condenar por eso. Después de todo, cualquiera habría actuado del mismo modo. Ahora bien, el tufo concentrado a perfume que dejó a su paso merecía, por lo menos, una carta documento.
Bajó a abrirme Margarita, la señora que ayuda a mi abuela con los quehaceres domésticos. Sin pensarlo dos veces, me dirigí al ascensor principal. En ese momento Moisés partió el mar en dos: Margarita no me siguió y encaró hacia el elevador de servicio. Y no precisamente porque me desafiara a una carrera por ver quién llegaría primero al séptimo.
Mientras se alejaba, la llamé con la intención de compartir viaje en el ascensor principal. “Somos todos flacos”, le solté clásicamente, pero no había modo. La prohibición de utilizar el ascensor principal es una norma no escrita, pero probablemente con mayor peso vinculante y coercitivo que el estatuto de convivencia del edificio. Para ella era tan natural ocultar su presencia “de servicio” como lo es para mí cruzar la calle por la mitad de la cuadra.
La ideología irrumpe en la escena del ascensor de forma nítida. Por un lado, “la razón cínica” que propone el filósofo Sloterdijk se expresa en el aval de los propietarios a la distinción social: “ellos saben lo que hacen, pero aún así lo hacen”. Es decir, ellos entienden la lógica de distinción por clase que opera a través de las dos categorías de ascensores, pero aun conociendo este dispositivo de discriminación, lo fomentan, y no les temblaría el pulso para llamar la atención de la “sirvienta” que osara pervertir las reglas de facto, haciéndose pasar por lo que no es. El edificio es un laboratorio donde se ensayan las jerarquías del ordenamiento social, con ciudadanos Premium y de los otros.
Un
segundo nivel es que Marx resumió en la idea de que “no saben lo que hacen,
pero lo hacen”. No quisiera ser tan concluyente, pero apostaría a que Margarita
tiene asumido su lugar dentro un mundo donde las reglas las ponen los demás.
Está tan sumida en la ideología que no se cuestiona si esos códigos avasallan
la dignidad de su persona.
La batalla cultural estará perdida en cuanto no asome en las víctimas conciencia de la segregación que sufren, en cuanto sigan confundiendo una costumbre deshonrosa con “el” orden natural e inmutable de las cosas.
La batalla cultural estará perdida en cuanto no asome en las víctimas conciencia de la segregación que sufren, en cuanto sigan confundiendo una costumbre deshonrosa con “el” orden natural e inmutable de las cosas.
2) Una imagen que anduvo circulando esta semana en las redes sociales.
Una señora de la burguesía porteña sosteniendo del brazo a su empleada, y ésta golpeando
maquinalmente una cacerola de teflón, acaso cumpliendo con horas extra.
Sospecho que la foto debe de haber sido tomada en las movilizaciones del 2008,
cuando el conflicto por la 125. En todo caso, el significante funciona del
mismo modo, porque la referencia de fondo sobre la que ancla el sentido
reproduce casi nostálgicamente aquellas tormentosas jornadas en que una parte
de la sociedad protestó contra una medida de gobierno que afectaba los
intereses económicos de unos cuantos poderosos. Y una clase media servil que
aunque no se vea afectada, se acopla al concierto de indignados VIP, con
apetito de formar parte alguna vez de la orquesta estable.
La señora podría salir a sacudir la cacerola sin ayuda de nadie, pero no se lo permite. La cacerola es un exotismo discordante con su ADN. La señora tiene problemas más urgentes que los de llenar la cacerola, como recuperar la libertad para empapelar el dormitorio de billetes verdes, pero al menos sí es consciente de algo: que la cacerola pertenece a ese tan poco explorado territorio de su casa: la cocina. El lugar de la empleada.
La señora no tiene tiempo de poner en blanco a la empleada, pero sí de sacarla a pasear a Plaza de Mayo para demostrarle al régimen que no hay lucha de clases cuando están en juego los valores morales de la república.
Esa es la imagen del país que gente honrada como la señora quiere comunicar: un país donde los que siempre tuvieron nunca se rebajen a sostener una cacerola por el mango, y una sociedad “de servicio” disciplinada, que acepte que la rutina de su condición biológica es aguantar el llanto de las cacerolas vacías.
3) Si hubiera que relatar
lo sucedido de acuerdo a las normas tácitas del edificio de mi abuela, entonces
yo habría “aceptado la invitación” de “acompañar” a Margarita, la empleada de
mi abuela, a subir al séptimo por el ascensor de servicio. La señora podría salir a sacudir la cacerola sin ayuda de nadie, pero no se lo permite. La cacerola es un exotismo discordante con su ADN. La señora tiene problemas más urgentes que los de llenar la cacerola, como recuperar la libertad para empapelar el dormitorio de billetes verdes, pero al menos sí es consciente de algo: que la cacerola pertenece a ese tan poco explorado territorio de su casa: la cocina. El lugar de la empleada.
La señora no tiene tiempo de poner en blanco a la empleada, pero sí de sacarla a pasear a Plaza de Mayo para demostrarle al régimen que no hay lucha de clases cuando están en juego los valores morales de la república.
Esa es la imagen del país que gente honrada como la señora quiere comunicar: un país donde los que siempre tuvieron nunca se rebajen a sostener una cacerola por el mango, y una sociedad “de servicio” disciplinada, que acepte que la rutina de su condición biológica es aguantar el llanto de las cacerolas vacías.
Margarita debe haber captado que no me hace gracia utilizar ascensores distintos para llegar al mismo lugar, como si hubiera necesidad de subrayar la frontera entre dos clases de personas.
Me arriesgo a suponer que Margarita se debe haber sentido a gusto con que yo haya querido compartir el viaje en ascensor con ella, accediendo a incursionar en esa parte hermética del edificio que ella siente más propia, menos ajena. En realidad, no era eso, sino que me parece absurdo y vergonzoso que la humanidad haya llegado al punto de diseñar un acceso alternativo para los empleados de servicio.
“A la señora del tercero le desvalijaron todo el departamento. Fue la empleada, que es peruana. Se fue con todo y no volvió”, me dijo Margarita, como para sacar un tema cualquiera de conversación. Pero no era cualquier tema. Ella pensaría sinceramente que yo me sentiría cómodo con la explicación de que el delito puede comprenderse a partir de la nacionalidad de los sujetos, y que a partir de esa base teórica podríamos entendernos. Ello buscó conformidad donde no lo había, acaso convencida de que alguien de mi “clase” debería pensar la sociedad en esos términos.
Me molesté, pero no con ella. Más bien me asaltó una suerte de culpa de clase. El prejuicio de Margarita no podía encasillarse dentro de los borrosos marcos de la casualidad. Si ella me identificaba dentro del colectivo que abonaba el estereotipo del “chorro extranjero”, sería porque efectivamente observó que muchos de los de “mi clase” cultivan ese sentido común, tan nocivo culturalmente. La repetición del prejuicio -también en estratos medios-bajos como el de Margarita- genera un espiral de violencia simbólica alrededor de la figura del extranjero, que queda inevitablemente atrapado en el estereotipo.

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