viernes, 18 de julio de 2014

Bombas y Bombardeos

Hoy se cumplen 20 sirenas del atentado a la AMIA, que tuvo como blanco a la comunidad judía argentina. Tenía 8 años cuando, al cortarme intempestivamente la emisión de Elefante Babar, me llegaron esas imágenes del horror que, con toda mi inocencia encima, no lograba descifrar. A los gritos llamé a mi mamá para que me explicara qué estaba pasando, por qué habían cortado los dibujitos, por qué gente revolviendo escombros. Todavía no estaba preparado para entender. Con el tiempo, fui comprendiendo el dolor sin remedio de los familiares de las víctimas, y la impunidad negociada con el poder para obturar el trabajo de la Justicia. En los últimos años se movieron algunas piezas, el Estado se hizo más presente, pero los intentos no prosperaron y la causa sigue en punto muerto. 

Y con el recuerdo vivo de semejante atentado, pensaba que “el pueblo judío” – si se puede hablar de una entidad social y cultural tan imprecisa- ha sido objeto de despiadados ataques a lo largo de la historia. La Solución Final es el más triste exponente de esta negación del hombre por el hombre. Ahora bien, también soy testigo de un fenómeno que me da pena como integrante –seguramente “lejano”, “desvinculado”- de la comunidad judía, que es esa persistencia en la victimización como rasgo de identidad, que lleva a muchos a subrayar antagonismos, a exacerbar los ánimos belicistas, a levantar muros antropológicos (y de los reales también) y por último, a justificar los más salvajes actos violatorios de los derechos humanos, como está ocurriendo en Gaza con esta escalada de violencia basada en la doctrina fascista de la “defensa preventiva” (que en plano interno se complementa con una política de apartheid étnico carente de cualquier principio humanitario). Veo que esta victimización termina disparando una reacción inmunitaria agresiva, con un sentido de alarma permanente, que aunque se base en una lógica de autodefensa, muchas veces termina por perder el control de la manera más cruel.

El conflicto no es nuevo ni es aislado. Tiene como punto de arranque un reordenamiento internacional de posguerra que entre otras efectos dio nacimiento al Estado de Israel en 1948. La inmediata declaración de guerra de los países árabes vecinos dio comienzo a la fase anexionista del incipiente Estado hebreo. Es decir que pese a que la dinámica de los acontecimientos históricos muestra focos de violencia desde los dos extremos, estamos en condiciones de identificar una agresión primera, que da por tierra con la teoría el huevo y la gallina, y hablamos sin rodeos de la ocupación ilegal de tierras más allá de la partición de Palestina aprobada por la ONU. Esto da cuenta de una escala diferenciada de responsabilidades entre uno y otro en el marco del conflicto. Claro que sería imposible hacerle entender a un ciudadano israelí que vive en una zona de riesgo, y al que le llueven misiles de grupos terroristas casi diariamente, o que conoce una familia que perdió a alguno de sus miembros en una situación de esas características, que hay una marco histórico y geopolítico determinante de esas situaciones dramáticas (que cualquier persona de bien tiene que lamentar). Es lógico que la inmediatez de la tragedia impida una análisis más macro del conflicto. Cuando se producen pérdidas humanas, ¿cómo se hace para explicar que es su propio Estado el responsable de una ocupación ilegal de tierras (que se niega a devolver), que incentiva económica y moralmente a ciudadanos israelíes a llevar adelante esas usurpaciones (utilizando a estos colonos como punta de lanza y carne de cañón, poniendo en riesgo su seguridad, tal como hacen organizaciones del fundamentalismo islámico), que niega la constitución de un Estado palestino (más allá del reconocimiento de una autoridad de difusas atribuciones), que bloquea militarmente el acceso territorial a los territorios palestinos y el aprovisionamiento por otros medios que no sean los que facilitan los propios israelíes? El Estado de Israel se jacta cínicamente de ser “solidario” y de ser el único que ayuda con provisiones a comunidades palestinas, cuando les niega cualquier forma de intercambio comerciales con otros países vecinos e internacionales. En realidad, Israel actúa como el guardia penitenciario que le alcanza un plato de comida al prisionero a través de la ranura de la celda. ¿Estamos completamente seguros que eso es "solidaridad"?

Todo este relato descriptivo sobre los abusos y violaciones del Estado de Israel -de la cual obviamente se desprende una toma de posición personal que asumo- se basa estrictamente en un enfoque de derechos, es decir, desde una perspectiva de Derechos Humanos. No me gustaría que alguien descubra en estas palabras algún gesto de animosidad. En efecto, quería aclarar mi indisposición a caer en posturas extremas. Contrariamente a lo que promueven ciertos fundamentalismos, que plantean (cuando no lo llevan a la práctica) borrar del mapa a palestinos o a israelíes (según el enunciador), defiendo con convicción el derecho territorial de un Estado para el pueblo judío, sin correrme un centímetro de la fórmula “Dos pueblos: dos Estados”, según las fronteras dispuestas por Naciones Unidas de 1967. Varias generaciones de israelíes se han arraigado en esa tierra y sería un despropósito y una injusticia hacerles pagar el costo de las acciones de sus antepasados, o de sus gobernantes. Tampoco quiero que se identifique en estas líneas un aval a ciertos planteos absurdos que identifican a Hamas como una organización armada de "liberación nacional". Muy lejos de eso.

En este sentido, se vuelve necesario cortar con el mito de que el que se opone a las prácticas militaristas y colonialistas del Estado de Israel vendría a ser un antijudío (y el judío que se opone al Estado de Israel, un resentido, que desconoce la causa de su pueblo). Nada más falaz y ignorante que ese argumento, merecedor solamente de aquellos que no tienen ganas de ponerse a pensar por un minuto desde una óptica distinta, sea por intolerancia o porque encontró cómodo el traje a medida de víctima, como decíamos más arriba.

También quisiera hacer una crítica a la remanida idea que, desde la otra vereda, algunos esgrimen en torno a que “las víctimas son hoy los victimarios”. No me parece en absoluto que los descendientes de aquellos que fueron masacrados por el nazismo, que -vale recordar-sufrieron una de las peores persecuciones de las que tenga memoria la humanidad, tengan que ser señalados como los responsables de este nuevo genocidio. Las sociedades son complejas, no todos piensan lo mismo, y es probable que incluso muchos de los que sostienen la necesidad de atacar como “legítima defensa”, pueden estar haciéndolo sin ningún atisbo de maldad, porque creen que la guerra es la única vía para la supervivencia del Estado de Israel. Si ese razonamiento fuera cierto, quizás (sólo quizás) uno podría ponerse en su lugar, partiendo del controvertido concepto de que el "fin justifica los medios". Pero la cuestión es que creo fervientemente que están equivocados en cuanto a la necesidad de contestar con violencia, y que los equivocados dentro de la sociedad israelí son evidentemente mayoría porque no es casual que, por ejemplo, el poder en ese país esté en manos de un gobierno de ultraderecha pro-guerra. Eso, sin embargo, no los convierte en victimarios. En toda caso, podremos hablar de un grado de complicidad que la historia se encargará de revisar oportunamente.

Creo que el error sistemático en el que muchos activistas de la comunidad recaen es en el hecho de creer que un bombardeo o un ataque terrestre homicida del Estado de Israel sería representativo de los anhelos de seguridad de la comunidad judía toda, como si el Estado de Israel fuera una cristalización transparente y punto por punto del colectivo social judío, que es mucho más complejo que lo que marcan esos contornos. La heterogeidad de la comunidad judía, por suerte, excede holgadamente a aquellos que pregonan la necesidad de contrarrestar las ofensivas de organizaciones fundamentalistas utilizando la potencia tecnológica (infinitamente superior) de un Estado que aplica el terror como doctrina. Ni siquiera es válida la interpretación de la “teoría de los dos demonios”, cuando es evidente que no existe ningún tipo de equivalencias. Ni hablar cuando se justifican los "bombardeos programados", como si el mero hecho de avisar dónde y cuándo van a caer las bombas le quitara un gramo de crueldad al hecho de BOMBARDEAR territorios donde vive gente. Un delirio por dónde se lo mire. Un debate inexistente.

Cada vez que reaparece un nuevo episodio del conflicto en Medio Oriente, no es infrecuente escuchar a gente de la colectividad que defiende los ataques preventivos como salida "inevitable", planteando que las agrupaciones extremistas al "arrinconar" al Estado de Israel no le dejan otro camino para defenderse que el de atacar de forma contundente. El razonamiento actualiza una operatoria ideológica por la cual la victimización actúa como medio para legitimar lo que sea, aún cuando se trate de desparramar muerte y destrucción a una escala siniestra. Es probable que la mayoría de esas personas que adhieren a la política exterior de Israel estén teóricamente de acuerdo en la "convivencia" entre pueblos o que incluso una porción más reducida de ellos apoye el reconocimiento soberano de Palestina como Estado homólogo. Si consideramos -como suscribe quien firma estas líneas- que los ataques bélicos atraen mayor violencia, alejando cualquier opción de tregua y entendimiento, no queda más que leer hipocresía en semejante contradicción: de nada vale hablar de "paz", de "convivencia", cuando se justifican las colonias y los bombardeos por "razones de seguridad". ¿Es posible apoyar la guerra y la paz al mismo tiempo? ¿La guerra es un instrumento que apunta a "asegurar las fronteras", por lo tanto, a la paz? Hacerse esas preguntas es fundamental para tirar por la borda los fetichismos alrededor del tema.

Las palabras bienintencionadas -sin llevarlas a la práctica- se las lleva el viento si no van acompañadas de actos concretos (concesiones) que apunten a la paz como horizonte. Para darle una oportunidad a la paz, el Estado de Israel tiene que asumir el riesgo de devolver las tierras. La pelota está de su lado. Las pretendidas "garantías" de seguridad de las fronteras no van a llegar nunca. Eso es un riesgo que hay que asumir, porque es cierto que un escenario no del todo descabellado podría ser que al día siguiente de declarar el retorno a las fronteras de 1967, Hamas le declare la guerra a Israel, como ya ha ocurrido en otras crisis. Pero postergar indefinidamente la iniciativa es la mejor forma justificar la perpetuidad del statu quo. El mensaje que hasta ahora llega es desesperanzador, porque nadie parece dispuesto a asumir ese riesgo.

Aunque a esta altura de los acontecimientos parezca ingenuo, creo que sería un paso monumental correr el eje del debate, para dejar de pensar en clave Israel vs Hamas, y empezar a ubicar el conflicto como un conflicto entre dos pueblos y dos Estados: Israel y Palestina (el segundo negado por el primero), donde hasta ahora la idea de la convivencia pacífica no ha tenido la suficiente fuerza como para imponerse. De ninguna manera se sugiere a partir de lo dicho justificar el accionar nefasto de los grupos fundamentalistas, con métodos absolutamente condenables. Lejos de eso, se propone hacer el esfuerzo de entender el conflicto como un todo histórico, en el que la ocupación, como toda ocupación ilegítima (y como pecado original), genera resistencias, que en algunos casos no se canalizan por la vía pacífica, sino que asume lamentablemente la peor de las caras en el contexto de una guerra. Esas resistencias, a su vez, atraen represalias desmesuradas por parte de quienes dominan los resortes tecnológico-militares del Estado, cuya ideología maniquea y perversa los conduce a excitar el sentimiento patrioteril chauvinista de su población a través de la vía bélica, como ocurrió en nuestro país en 1982 con algunos generales trasnochados que necesitaban un golpe de efecto que resucitara a un régimen en plena agonía.

Termino con un pensamiento que a muchos les puede resultar provocador, pero que no me deja de dar vueltas por la cabeza: los que interrumpieron la emisión de Babar, volando la mutual de AMIA, aún fatalmente equivocados, también se sentían víctimas de algo. Y no por eso dejaban de ser unos asesinos hijos de puta. 

Linchamientos: la noticia que segrega

¿Cómo se hace para matar todos los días un poquito más, imperceptiblemente, a una sociedad herida por la marginación social?

Canales de televisión, periódicos y revistas, estaciones de radio, todos consustanciados con una polémica que duele tanto como que vende titulares, propagando una visión miserable, clasista, de que los sectores medios deben cerrar filas para atacar al hostil que viene tomar lo ajeno. El "pibe chorro" es ese otro perteneciente al escalafón más vulnerable de la pirámide social, condicionado en su comportamiento por la violencia simbólica y real de una cultura que se rinde al consumismo como única vía de realización, y que condena a los que "no tienen" a una existencia que sólo es entendida como carencia. Si salen a arrebatar carteras o no es secundario, son "pibes chorros" antes de salir a robar, porque lo que realmente perturba a esos pibes es tener marcada en la frente un destino que no eligieron para sí mismos. Y es esperable que ante semejante violencia cotidiana, en un intento desesperado por "pertenecer", y por borrar esta etiqueta perversa que le calaron en la piel cuando nacieron, algunos de ellos opten por la vía delictiva. El problema es anterior al linchamiento, que es una forma de canalizar el odio de clase por parte de un colectivo social que todos los días elige mirar para otro lado. Incluso el origen del problema es previo a la tentativa de robo. La sociedad merece, en este sentido, un profundo ejercicio de introspección sobre las causas culturales y estructurales que llevan al penoso desenlace de que un pibe se levante a la mañana con la determinación de salir a robar, utilizando los medios de coacción física a su alcance.

El linchamiento desnuda las peores miserias del género humano, porque se instala sobre la asunción de una comunidad que ha perdido cualquier tipo de lazo afectivo con el otro. Ahora bien, estos actos punitivos “espontáneos”, que pueden terminar en homicidios agravados como ocurrió tristemente en Rosario, no surgen de la nada, sino que se producen sobre un terreno ideológico que se va preparando a través de una confluencia de elementos, entre los cuales lo mediático ocupa un papel preponderante, por el nivel de difusión  y circulación de sentidos sociales sobre amplios sectores de la sociedad.

La repetición de dos o tres casos de “ajusticiamientos” (eufemismo de homicidios o tentativa de homicidio), de fuerte impacto mediático, genera un efecto de naturalización y generalización que es transmitido como sentido común a la audiencia. Aunque no suscribamos a la teoría de la omnipotencia del emisor, sabemos que la reiteración de un mensaje genera efectos sobre la opinión pública. En este caso, podemos hablar de un estado de alarma social que se activa frente al mensaje remanido de que hay un Estado ausente, con lo cual la única alternativa viable sería tomar la Justicia en las propias manos, reventándole los sesos a quienes son señalados como los tomadores de lo ajeno.

Sabemos que allí hay una construcción argumental que es propicia a la legitimación de ciertos discursos de las clases dominantes (y de las expresiones político-partidarias que las representan), que entienden que es en la exacerbación del miedo y el rechazo de una parte de la sociedad a los sectores más empobrecidos donde se cifran sus posibilidades de éxito. Y esto resulta bastante evidente cuando notamos que los llamados “ajusticiamientos de pobres contra pobres” (que son aquellos que se producen en los barrios humildes y villas de emergencia cuando vecinos enfurecidos salen a escrachar y apedrear a, por ejemplo, presuntos violadores, o a policías volcados al gatillo fácil) no tienen pantalla, o al menos no merecen la misma atención ni despiertan el mismo afán de reflexión y debate público. Tampoco son secuenciados como una “ola”, sino que emergen en pantalla de forma esporádica desde hace años, sin un elemento visible de concatenación. La razón es simple: la clase media está ausente en estos episodios de violencia. En los “ajusticiamientos de pobres contra pobres”, las “víctimas coinciden exactamente con el esterotipo de “pibe chorro”. Bien podría referirse a una “ola” de linchamientos, pero no se hace porque no pone en escena un peligro a la seguridad de los sectores medios.  Y eso no vende, o al menos podemos afirmar que vende mucho menos. De la misma forma que la violación y asesinato de Ángeles Rawson en Palermo vende mucho más que episodios similares ocurridos todos los meses en distintas villas de emergencia del país.

Dicho esto, es preciso aclarar que la mayoría de los comunicadores tomaron un discurso “políticamente correcto” en relación a la barbarie de los ataques de los linchadores, destacando la falta de sujeciones morales y la cobardía de estos actos. Por eso, el análisis que se desprende de esta crítica de medios se encauza en otro eje, que pasa por señalar el carácter clasista en el criterio de noticiabilidad y de agenda setting de los medios, en tanto y en cuanto no reflejan con la misma intensidad los casos de “ajusticiamamientos” que se suscitan todas las semanas en las barriadas más carenciadas, precisamente porque no afectan la integridad física y jurídica de quienes son los destinatarios privilegiados del mensaje mediático: las clases medias. El corolario es la naturalización de la desigualdad simbólica entre clases, ya que parecería que los sujetos populares no merecieran el mismo interés y preocupación por parte de la prensa dominante. Esto pone en evidencia la necesidad de pensar nuevos paradigmas de comunicación popular y alternativa, pero ese es otro dilema.

Para terminar, una pregunta retórica. Quienes nos ubicamos en una posición crítica frente a los discursos dominantes que circulan en los medios acerca de la “inseguridad”, y en particular frente al drama de los linchamientos, ¿estamos contribuyendo a la paz social cuando nosotros también seguimos dando de comer a una polémica cuya continuidad en el centro del debate público favorece asimismo la continuidad por contagio de estos brotes de violencia contra los excluidos sociales? ¿No estaremos echando más leña al fuego? Mi primera reacción frente a esta autopregunta es que así como la palabra tiene una potencialidad negativa en cuanto a los efectos que acarrea sobre lo real, también puede abrigar una capacidad sanadora, en la medida en que se pongan al servicio de deconstruir las lógicas de los discursos hegemónicos que atraviesan a la opinión pública.