¿Cómo se hace para matar todos los días un poquito más, imperceptiblemente,
a una sociedad herida por la marginación social?
Canales de televisión, periódicos y revistas, estaciones de
radio, todos consustanciados con una polémica que duele tanto como que vende
titulares, propagando una visión miserable, clasista, de que los sectores
medios deben cerrar filas para atacar al hostil que viene tomar lo ajeno. El
"pibe chorro" es ese otro perteneciente al escalafón más vulnerable
de la pirámide social, condicionado en su comportamiento por la violencia
simbólica y real de una cultura que se rinde al consumismo como única vía de
realización, y que condena a los que "no tienen" a una existencia que
sólo es entendida como carencia. Si salen a arrebatar carteras o no es
secundario, son "pibes chorros" antes de salir a robar, porque lo que
realmente perturba a esos pibes es tener marcada en la frente un destino que no
eligieron para sí mismos. Y es esperable que ante semejante violencia cotidiana,
en un intento desesperado por "pertenecer", y por borrar esta
etiqueta perversa que le calaron en la piel cuando nacieron, algunos de ellos
opten por la vía delictiva. El problema es anterior al linchamiento, que es una
forma de canalizar el odio de clase por parte de un colectivo social que todos
los días elige mirar para otro lado. Incluso el origen del problema es previo a
la tentativa de robo. La sociedad merece, en este sentido, un profundo
ejercicio de introspección sobre las causas culturales y estructurales que
llevan al penoso desenlace de que un pibe se levante a la mañana con la
determinación de salir a robar, utilizando los medios de coacción física a su
alcance.
El linchamiento desnuda las peores miserias del género humano, porque se instala sobre la asunción de una comunidad que ha perdido cualquier tipo de lazo afectivo con el otro. Ahora bien, estos actos punitivos “espontáneos”, que pueden terminar en homicidios agravados como ocurrió tristemente en Rosario, no surgen de la nada, sino que se producen sobre un terreno ideológico que se va preparando a través de una confluencia de elementos, entre los cuales lo mediático ocupa un papel preponderante, por el nivel de difusión y circulación de sentidos sociales sobre amplios sectores de la sociedad.
La repetición de dos o tres casos de “ajusticiamientos” (eufemismo de homicidios o tentativa de homicidio), de fuerte impacto mediático, genera un efecto de naturalización y generalización que es transmitido como sentido común a la audiencia. Aunque no suscribamos a la teoría de la omnipotencia del emisor, sabemos que la reiteración de un mensaje genera efectos sobre la opinión pública. En este caso, podemos hablar de un estado de alarma social que se activa frente al mensaje remanido de que hay un Estado ausente, con lo cual la única alternativa viable sería tomar la Justicia en las propias manos, reventándole los sesos a quienes son señalados como los tomadores de lo ajeno.
Sabemos que allí hay una construcción argumental que es
propicia a la legitimación de ciertos discursos de las clases dominantes (y de
las expresiones político-partidarias que las representan), que entienden que es
en la exacerbación del miedo y el rechazo de una parte de la sociedad a los
sectores más empobrecidos donde se cifran sus posibilidades de éxito. Y esto resulta
bastante evidente cuando notamos que los llamados “ajusticiamientos de pobres
contra pobres” (que son aquellos que se producen en los barrios humildes y
villas de emergencia cuando vecinos enfurecidos salen a escrachar y apedrear a,
por ejemplo, presuntos violadores, o a policías volcados al gatillo fácil) no
tienen pantalla, o al menos no merecen la misma atención ni despiertan el mismo
afán de reflexión y debate público. Tampoco son secuenciados como una “ola”,
sino que emergen en pantalla de forma esporádica desde hace años, sin un
elemento visible de concatenación. La razón es simple: la clase media está
ausente en estos episodios de violencia. En los “ajusticiamientos de pobres
contra pobres”, las “víctimas coinciden exactamente con el esterotipo de “pibe
chorro”. Bien podría referirse a una “ola” de linchamientos, pero no se hace porque
no pone en escena un peligro a la seguridad de los sectores medios. Y eso no vende, o al menos podemos afirmar
que vende mucho menos. De la misma forma que la violación y asesinato de
Ángeles Rawson en Palermo vende mucho más que episodios similares ocurridos
todos los meses en distintas villas de emergencia del país.El linchamiento desnuda las peores miserias del género humano, porque se instala sobre la asunción de una comunidad que ha perdido cualquier tipo de lazo afectivo con el otro. Ahora bien, estos actos punitivos “espontáneos”, que pueden terminar en homicidios agravados como ocurrió tristemente en Rosario, no surgen de la nada, sino que se producen sobre un terreno ideológico que se va preparando a través de una confluencia de elementos, entre los cuales lo mediático ocupa un papel preponderante, por el nivel de difusión y circulación de sentidos sociales sobre amplios sectores de la sociedad.
La repetición de dos o tres casos de “ajusticiamientos” (eufemismo de homicidios o tentativa de homicidio), de fuerte impacto mediático, genera un efecto de naturalización y generalización que es transmitido como sentido común a la audiencia. Aunque no suscribamos a la teoría de la omnipotencia del emisor, sabemos que la reiteración de un mensaje genera efectos sobre la opinión pública. En este caso, podemos hablar de un estado de alarma social que se activa frente al mensaje remanido de que hay un Estado ausente, con lo cual la única alternativa viable sería tomar la Justicia en las propias manos, reventándole los sesos a quienes son señalados como los tomadores de lo ajeno.
Dicho esto, es preciso aclarar que la mayoría de los comunicadores tomaron un discurso “políticamente correcto” en relación a la barbarie de los ataques de los linchadores, destacando la falta de sujeciones morales y la cobardía de estos actos. Por eso, el análisis que se desprende de esta crítica de medios se encauza en otro eje, que pasa por señalar el carácter clasista en el criterio de noticiabilidad y de agenda setting de los medios, en tanto y en cuanto no reflejan con la misma intensidad los casos de “ajusticiamamientos” que se suscitan todas las semanas en las barriadas más carenciadas, precisamente porque no afectan la integridad física y jurídica de quienes son los destinatarios privilegiados del mensaje mediático: las clases medias. El corolario es la naturalización de la desigualdad simbólica entre clases, ya que parecería que los sujetos populares no merecieran el mismo interés y preocupación por parte de la prensa dominante. Esto pone en evidencia la necesidad de pensar nuevos paradigmas de comunicación popular y alternativa, pero ese es otro dilema.
Para terminar, una pregunta retórica. Quienes nos ubicamos en una posición crítica frente a los discursos dominantes que circulan en los medios acerca de la “inseguridad”, y en particular frente al drama de los linchamientos, ¿estamos contribuyendo a la paz social cuando nosotros también seguimos dando de comer a una polémica cuya continuidad en el centro del debate público favorece asimismo la continuidad por contagio de estos brotes de violencia contra los excluidos sociales? ¿No estaremos echando más leña al fuego? Mi primera reacción frente a esta autopregunta es que así como la palabra tiene una potencialidad negativa en cuanto a los efectos que acarrea sobre lo real, también puede abrigar una capacidad sanadora, en la medida en que se pongan al servicio de deconstruir las lógicas de los discursos hegemónicos que atraviesan a la opinión pública.

No hay comentarios:
Publicar un comentario