miércoles, 13 de junio de 2012

El lado B de la entrevista en el Palacio Duhau




Convengamos que el barrio de Recoleta es de una paquetería rutilante, abarrotada de credenciales de la alta cultura. Cualquier porteño con un poco de calle y sentido común es consciente de los repertorios que rigen dentro de sus fronteras: consumos de boutique, mansiones enjauladas con guardianes celosos, descapotables importados, tribuna de doctrina y señoras de café francés y buraco vespertino.

El Palacio Duhau, sobre la Avenida Alvear, es un exceso de la misma sustancia. Es acaso el ícono más puro de una aristocracia blindada, que se ahoga en la fragancia de sus “buenas costumbres”. Fortaleza neoclásica de la Belle Époque, de esa Buenos Aires de principios de siglo que se espejaba en la Ciudad Luz, tan distante pero tan cercana a la vez. Metáfora de la resistencia frente a la chusma,  y las sucesivas mareas del inframundo que amenazaban con eclipsar el brillo de su opulencia. 

Hasta allí llegué yo, montado sobre mis propios prejuicios, en ocasión de una nota que debía hacer para el Gran Diario Argentino, acerca de un programa global de formación de líderes de la financiera internacional HSBC. El evento de cierre del programa se realizaría justamente en los salones del palacio, donde desde el 2006 funciona el Park Hyatt Hotel. Allí estarían presentes los ejecutivos de la filial argentina y ochenta empleados de gerencia media de 22 países del mundo. Estos mandos intermedios tuvieron la gracia de ser elevados filosóficamente a la categoría de “líderes del mañana”, de acuerdo a los parámetros ideológicos de HSBC. Por ese motivo, fueron convocados a trabajar en proyectos sustentables en varias localidades del interior del país, durante el lapso de una semana. Mi misión allí sería entrevistar a los organizadores y participantes del programa “Next Generation”, y sacar a la luz pública una nota “gacetillera”, explicando las bondades del costado “sustentable” de la corpo financiera. A cambio de seiscientos pesos, poco más poco menos.

Santiago, el gerente de Comunicaciones me esperaría en la puerta del lobby del hotel. Las suntuosas marcas de los automóviles aparcados frente a la puerta delataban mi condición de outsider. Si bien había tenido la precaución de calzarme mocasines y una camisa Newman, mi barbita recortada de campamento juvenil, y mi jean negro arrugado definitivamente desentonaban con el look de traje y corbata que exigía la ocasión. En todo caso, podía legítimamente echarle la culpa a mi profesión: está aceptado socialmente que los periodistas cultivamos un estilo “rotoso”, como me había dicho días atrás mi editora.

Rotoso y todo, me abrí paso a través de las escalinatas circulares hacia el encuentro de Santiago, sin poder evitar las miradas inquisitorias de los mayordomos a traje pingüino que custodiaban la entrada, atentos a cada pormenor fuera de protocolo. La voz entre reverencial y concheta de Santiago le confirió un aura de solemnidad a la bienvenida, que encendió en mi interior una lucecita de alerta. Me condujo hasta una lujosa y amplia sala de reuniones, equipada con sandwichitos de salmón y agua mineral Gota. Evián era agua de estanque en comparación con Gota, cuyo sofisticado packaging saldría posiblemente más dinero que un viaje en taxi hasta mi casa.   

En fin, el menú gastronómico me entretuvo mientras esperaba a los entrevistados. Luego, Santiago desenrolló una suerte de presentación oficial de HSBC: su cultura empresarial, su presencia en el mercado global, su política de sustentabilidad, su estrategia de formación de talentos, y continuaba la engorrosa lista. Confieso no haber podido seguir el desarrollo del acartonado discurso con genuino interés. Se debe haber notado. Sentí aún más culpa cuando me ofreció disculpas por hacerme esperar, mientras me almorzaba sus sandwichitos de salmón y me sacudía las miguitas de mi jean arrugado. En el Palacio Duhau.

Pasados unos días de la entrevista, entendí que las muestras de respeto hacia mi presencia “rotosa” me generaban incomodidad, o algo parecido. Me trajo alivio la llegada de la intérprete, quien traduciría mis preguntas y las respuestas de los angloparlantes. Una mina “del palo”. En una charla casual que tendría después con ella, me enteraría que era de Boedo, y que había venido en bicicleta con ropa deportiva. Se había “disfrazado de intérprete seria” en el toilette de un café aledaño al hotel.

Después entró en escena la directora de Recursos Humanos, seguida de un tropel de “líderes del mañana” de HSBC. Los tocados por la varita del destino. Talentos en bruto que manejarían los hilos futuros de la financiera. Tenía delante mío a diez empleados de rango medio y un sponsor, un pez gordo dentro de la compañía que guió “espiritualmente” a los herederos durante el “field challenge” del programa. El sponsor era el CEO de HSBC Malasia, quien antes de jugar en las grandes ligas de la financiera, había pasado por el mismo “bautismo de fuego” que la actual camada de “líderes del futuro”.

El escenario me seguía pareciendo extravagante, y cada vez cobraba un cariz más claustrofóbico y opresivo. Estaba encerrado en una sala con sujetos de distintas partes del mundo, en un ámbito corporativo. Se jactaban de haber vivido “modestamente”, en el “mismo estilo” que las comunidades que asesoraron, de haberse alojado en hoteles de “baja categoría” (es decir, no de cinco estrellas, como ameritaría su status), mientras se regocijaban con la pompa exorbitante que les prodigaba el Park Hyatt Hotel. Pero lo más grotesco de todo el asunto es que todos ellos, absolutamente todos, se reconocieran como “líderes del futuro”, y confesaran sus apetitos de escalar en la pirámide corporativa, ahorrándose cualquier expresión de modestia (que sí habían declarado exhibir durante la convivencia en las comunidades).

A mi modo de ver las cosas, aquellos que se asumen como líderes naturales me resultan francamente sospechosos. Lo que me hace pensar que todo el despliegue corporativo en torno a los proyectos de “sustentabilidad” era una puesta en escena de la financiera para incitar las ambiciones de liderazgo de sus hombres de negocios. Con una mano de pintura de “sensibilidad” por la causa sustentable. O un lavadito de imagen. O simplemente marketing. Como sea, se olfateaba un tufillo de hipocresía en todo el asunto.

Con el correr de la entrevista múltiple, algunos líderes se fueron aflojando, y se empezaron a escuchar expresiones más sinceras, que ponían las cosas en su debido lugar, en un orden más coherente con la filosofía de una multinacional financiera. “La rentabilidad es lo que asegura que haya una continuidad de los proyectos”. “Nuestra propuesta es que dejen de producir localmente bombas de agua y empiecen a importar a menor costo”. “Convencimos a la comunidad de aborígenes Warmis que la mejor forma de desarrollar su identidad es explotar el turismo cultural”. Yo tomaba nota de todo y, por algún extraño proceso psicológico, me complacía confirmar algunos de mis prejuicios.

A medida que iba terminando las entrevistas con los líderes, éstos se iban levantando de la mesa, como si se hubieran sacado de encima un trabajo,  como si declarar lo que debían declarar a la prensa fuera su última obligación de agenda, conforme a lo programado por la organización. Ya podían volver a sus países. Me sentí un poco usado, pero tampoco es que me importaba demasiado.

Me fui  de la entrevista enredado en mis pensamientos, sin poder determinar si convertirse en líder involucra una búsqueda personal autónoma o supone cumplir con los mandatos de la sociedad capitalista. Pero también me fui con una mochila y una remera Fila bajo el brazo, cortesía de HSBC. "Capitalismo humano", le dicen.

La empleada

1) Me gusta almorzar en lo de mi abuela los sábados al mediodía. Aunque cada vez el clan reúna menos comensales alrededor de la mesa, hay algo de ritual que permanece, evocando un orden familiar que en los últimos tiempos viene sufriendo algunos cimbronazos. Lo que se mantiene intacto es el pollo a la almoronía, manjar sefaradí digno de tantas estrellas Michelin como existan en el cosmos culinario.

Párrafo aparte, merece una escena que me inocula una fuerte dosis de vergüenza ajena. Un mes atrás me encontraba tocando el timbre del departamento de mi abuela. Mientras aguardaba la respuesta del portero eléctrico, salió presurosa una señora muy paqueta, vestida con un llamativo tapado animal print. Emitía un denso olor a perfume de free shop. Como era de prever, me cerró la puerta en la cara. Mis zapatillas Topper o mi barbita de varios días configuraban un perfil poco confiable para ella.  No la vamos a condenar por eso. Después de todo, cualquiera habría actuado del mismo modo. Ahora bien, el tufo concentrado a perfume que dejó a su paso merecía, por lo menos, una carta documento.

Bajó a abrirme Margarita, la señora que ayuda a mi abuela con los quehaceres domésticos. Sin pensarlo dos veces, me dirigí al ascensor principal. En ese momento Moisés partió el mar en dos: Margarita no me siguió y encaró hacia el elevador de servicio. Y no precisamente porque me desafiara a una carrera por ver quién llegaría primero al séptimo.


Mientras se alejaba, la llamé con la intención de compartir viaje en el ascensor principal. “Somos todos flacos”, le solté clásicamente, pero no había modo. La prohibición de utilizar el ascensor principal es una norma no escrita, pero probablemente con mayor peso vinculante y coercitivo que el estatuto de convivencia del edificio. Para ella era tan natural ocultar su presencia “de servicio” como lo es para mí cruzar la calle por la mitad de la cuadra.

La ideología irrumpe en la escena del ascensor de forma nítida. Por un lado, “la razón cínica” que propone el filósofo Sloterdijk se expresa en el aval de los propietarios a la distinción social: “ellos saben lo que hacen, pero aún así lo hacen”. Es decir, ellos entienden la lógica de distinción por clase que opera a través de las dos categorías de ascensores, pero aun conociendo este dispositivo de discriminación, lo fomentan, y no les temblaría el pulso para llamar la atención de la “sirvienta” que osara pervertir las reglas de facto, haciéndose pasar por lo que no es. El edificio es un laboratorio donde se ensayan las jerarquías del ordenamiento social, con ciudadanos Premium y de los otros.   
Un segundo nivel es que Marx resumió en la idea de que “no saben lo que hacen, pero lo hacen”. No quisiera ser tan concluyente, pero apostaría a que Margarita tiene asumido su lugar dentro un mundo donde las reglas las ponen los demás. Está tan sumida en la ideología que no se cuestiona si esos códigos avasallan la dignidad de su persona.

La batalla cultural estará perdida en cuanto no asome en las víctimas conciencia de la segregación que sufren, en cuanto sigan confundiendo una costumbre deshonrosa con “el” orden natural e inmutable de las cosas.

2) Una imagen que anduvo circulando esta semana en las redes sociales. Una señora de la burguesía porteña sosteniendo del brazo a su empleada, y ésta golpeando maquinalmente una cacerola de teflón, acaso cumpliendo con horas extra. Sospecho que la foto debe de haber sido tomada en las movilizaciones del 2008, cuando el conflicto por la 125. En todo caso, el significante funciona del mismo modo, porque la referencia de fondo sobre la que ancla el sentido reproduce casi nostálgicamente aquellas tormentosas jornadas en que una parte de la sociedad protestó contra una medida de gobierno que afectaba los intereses económicos de unos cuantos poderosos. Y una clase media servil que aunque no se vea afectada, se acopla al concierto de indignados VIP, con apetito de formar parte alguna vez de la orquesta estable.

La señora podría salir a sacudir la cacerola sin ayuda de nadie, pero no se lo permite. La cacerola es un exotismo discordante con su ADN. La señora tiene problemas más urgentes que los de llenar la cacerola, como recuperar la libertad para empapelar el dormitorio de billetes verdes, pero al menos sí es consciente de algo: que la cacerola pertenece a ese tan poco explorado territorio de su casa: la cocina. El lugar de la empleada.

La señora no tiene tiempo de poner en blanco a la empleada, pero sí de sacarla a pasear a Plaza de Mayo para demostrarle al régimen que no hay lucha de clases cuando están en juego los valores morales de la república.

Esa es la imagen del país que gente honrada como la señora quiere comunicar: un país donde los que siempre tuvieron nunca se rebajen a sostener una cacerola por el mango, y una sociedad “de servicio” disciplinada, que acepte que la rutina de su condición biológica es aguantar el llanto de las cacerolas vacías.


3) Si hubiera que relatar lo sucedido de acuerdo a las normas tácitas del edificio de mi abuela, entonces yo habría “aceptado la invitación” de “acompañar” a Margarita, la empleada de mi abuela, a subir al séptimo por el ascensor de servicio.

Margarita debe haber captado que no me hace gracia utilizar ascensores distintos para llegar al mismo lugar, como si hubiera necesidad de subrayar la frontera entre dos clases de personas.

Me arriesgo a suponer que Margarita se debe haber sentido a gusto con que yo haya querido compartir el viaje en ascensor con ella, accediendo a incursionar en esa parte hermética del edificio que ella siente más propia, menos ajena. En realidad, no era eso, sino que me parece absurdo y vergonzoso que la humanidad haya llegado al punto de diseñar un acceso alternativo para los empleados de servicio.       

“A la señora del tercero le desvalijaron todo el departamento. Fue la empleada, que es peruana. Se fue con todo y no volvió”, me dijo Margarita, como para sacar un tema cualquiera de conversación. Pero no era cualquier tema. Ella pensaría sinceramente que yo me sentiría cómodo con la explicación de que el delito puede comprenderse a partir de la nacionalidad de los sujetos, y que a partir de esa base teórica podríamos entendernos. Ello buscó conformidad donde no lo había, acaso convencida de que alguien de mi “clase” debería pensar la sociedad en esos términos.

Me molesté, pero no con ella. Más bien  me asaltó una suerte de culpa de clase. El prejuicio de Margarita no podía encasillarse dentro de los borrosos marcos de la casualidad. Si ella me identificaba dentro del colectivo que abonaba el estereotipo del “chorro extranjero”, sería porque efectivamente observó que muchos de los de “mi clase” cultivan ese sentido común, tan nocivo culturalmente. La repetición del prejuicio -también en estratos medios-bajos como el de Margarita- genera un espiral de violencia simbólica alrededor de la figura del extranjero, que queda inevitablemente atrapado en el estereotipo.