jueves, 15 de marzo de 2012

Hechura




“Hechura de la ley”, se escucha esporádicamente en boca del algún sinvergüenza con ínfulas intelectuales. El uso de la palabra “hechura” siempre me resultó  un acto sospechoso, inherente a una personalidad estrafalaria, que busca toscamente producir una impresión acústica viscosa, de difícil remoción. En dicho gesto reside su (horrorosa) eficacia.
El acento en la “u” de “hechura” es repugnante y ciertamente corrosivo. No sólo los oídos son víctimas de su prepotencia. Está fisiológicamente comprobado que una inadecuada sonoridad (una sonoridad vulgar, apócrifa, como la que nos ocupa) repercute en las zonas más viscerales del organismo. Asoma como una vaga provocación, un débil desafío que genera un temblor en las puertas del buen gusto. Nada que de qué preocuparse aún: la situación es controlable. Pero lo que parecía un simple error de la naturaleza, un mero desapego por la elegancia, un desvío desafortunado en sentido contrario a las sanas lenguas, comienza paulatinamente a precipitar sus efectos en el organismo.
Imaginemos por un momento que ese murmullo sórdido, pero inerme, se vuelve más intenso, más penetrante. Que después de un tiempo de incubación del ruido, logra retumbar con desaforado vigor en las amígdalas. Imaginemos que a fuerza de repetición subjetiva, la desagradable tensión se traslada a las papilas gustativas. Náuseas. Imaginemos que "HECHURA” es ahora un agrio sabor tallado en la garganta con letras mayúsculas. Y no sólo eso, porque tampoco es cuestión de reducir el fenómeno asignándole un valor de cambio meramente lingüístico. No quiero ser grosero, pero ese sabor rancio en la boca, ese escozor amargo y persistente en la garganta, que desciende y se revuelve en las tripas, dejando a su paso inconfesables sensaciones estomacales, transmite fielmente el espíritu de la Mismísima Mierda. Un honor inmundo del que pocos pueden jactarse. Imaginémoslo.
Ni que hablar de la vulgaridad de la palabra. No propongo en estas líneas el destierro aristocrático del lenguaje, pero convengamos que “hechura” –su exposición a oídos ajenos- es too much. Basta con salir a la caza de una posible familia de palabras para dar cuenta de tamaño despropósito del término. Hechura: primogénita del Emperador Lechuga, criada por su madre Doña Lechuza, se enfrentó en el campo de batalla a las huestes rebeldes de su primo hermano, el coronel Achura, dispuesto a usurpar el trono de su Majestad Lechuga. Murió envenenada por su hermano Pechuga, quien tras el crimen quedó como único heredero.
“Elaboración” de una ley. “Realización”, “confección”, “diseño”. Cuántas otras formas de nombrar una misma cosa. O cómo es posible que una misma cosa se mantenga prácticamente idéntica a sí misma aún cuando la materia significante varía. Pero no…hace falta incitar a terceros, hace falta despertar los más bajos prejuicios del otro.    
Dicho esto, paso a señalar que la persona que profiere ese sonido insultante –“hechura”- es muy posiblemente un embustero, un Señor Embustero, que va por la vida vendiendo humo, para disimular sus propias miserias. Es un miserable zángano humano que quiere demostrarse a sí mismo que pertenece a este mundo, que no es un inmundo infeliz como los demás dicen -cómo él se dice que los demás dicen-, y para demostrarlo practica la avaricia, el cálculo y el desdén. Es, con una alta probabilidad, alguien que revisa la cotización del dólar todos los días, que raciona la cerveza en las cenas con amigos o colegas, que responde con sorna cadenas de mails. Y es alguien que claro…intenta llamar constantemente la atención con palabras agraviantes como “hechura”.  
O será que uno es demasiado sensible al pedo, y lo ignora. O hace que lo ignora. O no lo ignora un carajo y por eso escribe lo que escribe.

No hay comentarios:

Publicar un comentario