En la Escuela Agropecuaria de la UBA, los estudiantes aprenden en contacto con la naturaleza. Es la única secundaria de la ciudad orientada a la producción agrícola y ganadera. Sus alumnos dicen que tiene una “mística” propia.
Sebastián Hadida Especial para Clarín
Un oasis verde en medio del desierto gris de la ciudad. Así podría describirse la primera secundaria agropecuaria porteña, que funciona en el predio de la Facultad de Ciencias Veterinarias de la UBA, en el barrio de Agronomía.
Lo primero que llama la atención es el marco agreste. En sus tiempos libres, los estudiantes –casi siempre vestidos con chomba blanca y bombacha de campo– se dispersan en el parque, toman mate o almuerzan en el pasto. El entorno contrasta con la sensación de encierro tan típica de algunos colegios de la ciudad de Buenos Aires. Es que la afinidad por el medio ambiente forma parte de la “mística” de esta escuela, según explica Miguel Brihuega, su director.
“Esa mística tiene que ver con el perfil de los alumnos, que se define por ciertos valores: la convivencia en la naturaleza, el aprecio por el trabajo y el respeto por el medio ambiente”, señala Brihuega.
Otro rasgo de identidad que busca inculcar la escuela es el compromiso solidario. De ese compromiso surgieron iniciativas como un centro multiplicador de aves en el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) de Castelar, para entregar gallinas ponedoras, en el marco del proyecto Pro Huerta del INTA. “En vez de tener una producción que se cierra en sí misma, la articulamos con un fin solidario”, dice Brihuega. En vacaciones, los alumnos no se desvinculan de la institución. En enero y febrero se implementan las guardias de verano: los chicos dedican una semana a distintas actividades agropecuarias en la escuela. De esta manera, se asegura la continuidad de las tareas productivas.
“Nosotros solemos decir que los animales no se toman vacaciones, ni tampoco las plantas. Por lo tanto, esta escuela funciona todo el año, inclusive sábados, domingos y feriados”, asegura el director.
Tal vez sea por el ambiente natural o por el entusiasmo que generan las actividades productivas, muchos de los estudiantes se apropian de la escuela más allá de las horas de clase. Ryan Sharpin, alumno de 2º año, cuenta: “La escuela no es solamente la escuela en sí. Es también todo el predio de Veterinarias, que para nosotros es un punto de reunión varios fines de semana y feriados”. Y aunque a veces la doble jornada puede hacerse pesada, Tobías Más, también de 2°, dice que no es tan grave: “A la tarde no estás encerrado en el aula, sino afuera”, explica.
Lo primero que llama la atención es el marco agreste. En sus tiempos libres, los estudiantes –casi siempre vestidos con chomba blanca y bombacha de campo– se dispersan en el parque, toman mate o almuerzan en el pasto. El entorno contrasta con la sensación de encierro tan típica de algunos colegios de la ciudad de Buenos Aires. Es que la afinidad por el medio ambiente forma parte de la “mística” de esta escuela, según explica Miguel Brihuega, su director.
“Esa mística tiene que ver con el perfil de los alumnos, que se define por ciertos valores: la convivencia en la naturaleza, el aprecio por el trabajo y el respeto por el medio ambiente”, señala Brihuega.
Otro rasgo de identidad que busca inculcar la escuela es el compromiso solidario. De ese compromiso surgieron iniciativas como un centro multiplicador de aves en el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) de Castelar, para entregar gallinas ponedoras, en el marco del proyecto Pro Huerta del INTA. “En vez de tener una producción que se cierra en sí misma, la articulamos con un fin solidario”, dice Brihuega. En vacaciones, los alumnos no se desvinculan de la institución. En enero y febrero se implementan las guardias de verano: los chicos dedican una semana a distintas actividades agropecuarias en la escuela. De esta manera, se asegura la continuidad de las tareas productivas.
“Nosotros solemos decir que los animales no se toman vacaciones, ni tampoco las plantas. Por lo tanto, esta escuela funciona todo el año, inclusive sábados, domingos y feriados”, asegura el director.
Tal vez sea por el ambiente natural o por el entusiasmo que generan las actividades productivas, muchos de los estudiantes se apropian de la escuela más allá de las horas de clase. Ryan Sharpin, alumno de 2º año, cuenta: “La escuela no es solamente la escuela en sí. Es también todo el predio de Veterinarias, que para nosotros es un punto de reunión varios fines de semana y feriados”. Y aunque a veces la doble jornada puede hacerse pesada, Tobías Más, también de 2°, dice que no es tan grave: “A la tarde no estás encerrado en el aula, sino afuera”, explica.
Producción de vegetales en la huerta, cunicultura (cría de conejos), sedicultura (producción de gusanos de seda), avicultura (aves), cría de cerdos, producción de quesos y dulce de leche... En esta escuela, única en su tipo en la ciudad, los chicos aprenden haciendo, en contacto con la naturaleza. Muchos sueñan con ser agrónomos, otros no. Mientras tanto, disfrutan cada recreo con el mate bajo los árboles, refugiados de los bocinazos en plena Buenos Aires.

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