Por Sebastián Hadida
Una muchedumbre de apostadores se agolpa en la rotonda de exhibición del Hipódromo de Palermo, próxima a los boxes. Allí están los burreros de ojo más incisivo, que examinan al detalle la musculatura de los caballos o la apostura de los jockeys. Casi todos son hombres mayores, que visten boina, tapados largos opacos y zapatos lustrados para la ocasión.
Entre ellos está Vicente Grillo, un viejo canoso de 70 años que no despega la visión de la revista que reparten los puesteros de la entrada de Dorrego y Libertador. “Vamos Jacinto, no se me caiga, Jacinto. Usted es un catedrático”, suelta de lleno mirando al jockey que hace su pasada formal. Entonces posterga la revista, donde figura la grilla de programación del día y todo tipo de datos sobre los competidores y sus caballos- para cifrar la esperanza en el aliento al deportista por sobre las especulaciones estadísticas.
Una base de datos descomunal es almacenada en los registros oficiales, y sólo los maestros que ofician el arte de la combinatoria logran sacar rédito de este acervo. Más allá del factor suerte, también juega su parte el escrutinio de los apostadores, como el que se observa en Vicente, pero en cualquier caso parece difícil hacer previsible lo imprevisible, porque entre quienes se señala como los sabios o "los curtidos", ninguno impone la presencia del millonario.
Por supuesto que Vicente no es uno de ellos. Hasta que se jubiló, era un comerciante de poca monta de Almagro. Ahora arriesga sus últimos ahorros en los caballos. Esto lo hace a escondidas de su mujer y de sus hijos, quienes ya vivieron cómo las apuestas en el hipódromo fueron alejando progresivamente a Vicente del hábito del trabajo, hasta que en el peor momento, una módica herencia lo salvó de la ruina total. Lejos de brindarle moderación, los años le prodigaron mayor frecuencia en el juego.
Por supuesto que Vicente no es uno de ellos. Hasta que se jubiló, era un comerciante de poca monta de Almagro. Ahora arriesga sus últimos ahorros en los caballos. Esto lo hace a escondidas de su mujer y de sus hijos, quienes ya vivieron cómo las apuestas en el hipódromo fueron alejando progresivamente a Vicente del hábito del trabajo, hasta que en el peor momento, una módica herencia lo salvó de la ruina total. Lejos de brindarle moderación, los años le prodigaron mayor frecuencia en el juego.
La previa
La campana y los altoparlantes anuncian la inminencia de la carrera. Los jockeys, esas personas de escasos kilos, con casco y antiparra, ropa ajustada de colores chillones y, casi siempre, con nariz espigada y puntiaguda (vaya a saber uno por qué) pasean al galope la pista de arena y se presentan ante el público. Vicente cierra el meñique y el anular y los vuelve a abrir. Una y otra vez. Hasta que esa misma mano hurga en el bolsillo de su saco y extrae un manojo de billetes. A Vicente, el tick nervioso le vino hace un tiempo, cuando le llegaron los problemas cree.
Los “burreros”, como se les dice a los fanáticos en la jerga del turf, vuelan a la boletería porque el murmullo y la campana parecen acelerar el buen presagio. Vicente sigue la corriente y cambia dinero por cartón. Está visiblemente animado, nada parece contrariar su buen pronóstico. Se junta con alguien que tal vez ya conoce y le canta su apuesta, dando sólidos fundamentos para dicha elección, que el compañero no comparte porque ya tomó partido por otro animal.
- Te digo que el 5 va al muere y el 2 tuvo una buena largada pero se queda, y la última vez que salió primero fue cuando le ganó a La Penitente - le asegura Vicente - El 6, el 10 y el 8 son los que están en mejor estado. Yo juego imperfecta al 6 y al 10 -
- El 5 está goloso hermano. Mirá a quien le ganó el 5 -dice el otro indicando un minúsculo dato en su revista hípica, que Vicente no se molesta en mirar- Es de buena estirpe, de buen entrenador. Tengo el pálpito del 5.
Vicente y el otro discuten en la zona detrás de la vallas de la pista. Allí conviven todo tipo de personas: gente que acude en plan familiar a pasar el domingo; hombres cincuentones con pelo blanco alisado, tez rosada y camisa o sweater a cuadros; pobres de jean sucio y zapatos ajetreados, que llegaron al hipódromo por el sólo hecho de pensarse allí más cerca de la salvación; y, como una postal del turf, hombres mayores que se adhieren a la valla para observar los últimos movimientos de los competidores y para dedicarle alguna palabra de aliento a sus candidatos.
La conversación de Vicente con el otro dura unos minutos. No había necesidad de ponerse de acuerdo en el pronóstico, la apuesta ya había sido efectuada. Sólo sirven las palabras vacuas que, como torrente, tapaban la ansiedad del vicio. Se separan sin decirse nada, como si la charla hubiera sido indistintamente útil con cualquier otro. Vicente se va a ubicar a las plateas. El meñique y el angular se abren y se cierran incesantemente.
Vicente toma asiento en la zona de plateas interiores (de libre acceso, al igual que las tribunas de afuera), techadas y con un gran cristal a través del que se contemplan los 2400 metros de pista. Llega justo cuando toma la batuta Miguel, un hombre sesentón que quedó aparentemente mortificado por presuntas irregularidades en la carrera anterior. Asegura que fue un “asalto”, que el marcador no funcionaba, que el jockey no estaba bien preparado y que por eso no puede ser sino un “delincuente buscado por la Interpol ”. Agrega además que era de esperarse “el mismo tongo” en la siguiente carrera. Pese a la retórica tenaz del denunciante, casi nadie le hace caso porque tienen la mirada fija en los caballos que se alistan para la largada. Su veredicto vendría después.
Viento en contra
El 6 y el 10 son los que menos pagan, los favoritos: 3,10 y 3,75 respectivamente. Vicente está conforme. Dice que esta vez está seguro, que se juega la última a ganador y segundo porque se quiere retirar “con la buena leche” pero enseguida explica que, pase lo que pase, se vuelve a casa, puesto que ya no se banca más a “los marranos de abajo que nada saben y se llenan de chismes y habladurías, ni tampoco a los vejetes del palco, que esos sí que están enfermos”. Aclarada la cosa.
La televisión de la esquina de la sala de plateas relata la carrera y los apostadores se exaltan. Unos se toman la cabeza, otros prenden cigarrillos. Algunos levantan altares a sus candidatos antes de tiempo, al tiempo que otros ya los están defenestrando. Vicente despunta su tick, pero con mayor brusquedad.
“Larga el 6 a la cabeza por el centro de la pista. A los costados y a ¾ de cuerpo lo siguen el 10 y el 1. En cuarto puesto aparece el 4” .
En este punto de la carrera una voz familiar se desembucha: “Vamos Jacinto, no se me caiga Jacinto”. Jacinto es el número 6 y va primero. Vicente no se queda atrás: “¡Vamos el 6 carajo! ¿Quién va segundo?”, pregunta a un viejo que ya sabe que perdió y que no le contesta. “¿Quién va segundo?”, insiste.
“...Sale el 1 a toda marcha y queda segundo a medio cuerpo del 6. El 4 avanza a toda velocidad, deja atrás al 10. 400 metros del disco...”.
Un coro de quejidos, palmas e insultos restalla en el ambiente. Son los últimos instantes y todos quieren saber que está pasando. Ya nadie mira a la pista por la ventana, tienen los ojos clavados en la pantalla de TV, donde las cámaras logran una mejor captura de los competidores en el tramo final de la carrera.
“Últimos 200 metros , el 6 y el 1 a la vanguardia. Los competidores no se sacan ventaja. Les sigue el 10 a un cuerpo. El 1 toma la delantera. Ingresan a la zona de tiro y cruzaron el disco”
Vicente pone el grito en el cielo contra la mala suerte. Se le escapó estando cerca. La mayoría insulta de lo lindo. Los menos festejan el resultado. “Acá está el campeón”, se autoproclama uno alzando el billete. “Qué hijo de puta el 10, ¿no?. Se cansó antes que Riquelme a los treinta metros ”, bromea alborozado, mientras los demás lo miran con desprecio.
Miguel está de rabiar. Para él, las sospechas de corrupción se confirmaron, no tiene dudas de que “los chanchullos” están a la orden del día. Los perdedores asienten.
Vicente se levanta como para irse pero se demora ante el anuncio de una nueva carrera. “Me juego un numerito más”, se despacha con resignación, poniendo énfasis en el diminutivo.






