jueves, 21 de mayo de 2015

La hora de lanzar propuestas

"Lanzar propuestas" fue el exhorto que ayer Cristina Fernández les arrojó a los dos precandidatos que quedaron en carrera. Ocurrió durante el anuncio de promulgación de la ley que crea la empresa estatal de ferrocarriles, días después de la lluvia torrencial de "humildad" que la Jefa de Estado dejó caer sobre los otros tres precandidatos, que quedaron fuera de pista. Tanto Scioli como Randazzo vienen eludiendo la responsabilidad de decir qué piensan hacer en un hipotético gobierno conducido por ellos. Apenas redundan en definiciones ambiguas sobre la "continuidad del proyecto nacional" pero sin explicitar con qué medidas concretas continuarían el rumbo. Habrá que ver si con el tirón de orejas de la Presidenta, toman la lapicera y se reciben de buenos alumnos, o si seguirán jugando a las escondidas.

El kirchnerismo tuvo, como marca de nacimiento, la ambición de ir corriendo la frontera de lo posible, con reformas en distintos campos que le valieron fuertes reprimendas de parte de los sectores de poder. Tal vez los Kirchner no imaginaron en 2003 que iban a producir un cambio de época tan radical, pero el fragor del proceso político los fue llevando a endurecer algunas posiciones y a tomar el toro por las astas, afectando intereses concretos. Las reacciones no tardarían en llegar. Por momentos, las embestidas de los factores de poder, en particular las corridas financieras, econtraron a un gobierno agazapado, a la defensiva. Sin embargo, tras el aturdimiento incial, el oficialismo tuvo la cintura suficiente y el envión necesario para fugar hacia adelante. Sin ir más lejos, luego del ajuste devaluatorio producto de presiones de los actores financieros, y la declaración de guerra de los fondos buitres, el gobierno volvió a volantear hacia la heterodoxia con un menú que incluyó medidas de impacto concreto como la Ley de Abastecimiento, el Plan Progresar, la Ley de Agricultura familiar y la estatización del sistema ferroviario. Más allá de retrocesos coyunturales, la decisión del gobierno nacional siempre estuvo orientada a la "profundización".

A diferencia de lo que ocurrió en tiempos de Néstor y Cristina, más allá de las connotaciones positivas o negativas que cada uno quiera cargarle, la palabra "profundización" no pareciera estar en la hoja de ruta de sus dos potenciales sucesores. Al menos no lo verbalizan. En el caso de Scioli, una estrella de la motonáutica manoteada en los 90 por Carlos Menem, tal vez sea más sencillo intuir el rumbo de un eventual gobierno, a la luz de su gestión al frente de la Provincia y por el tenor de las declaraciones públicas de su entorno más íntimo. Si hay algo en lo que Scioli no miente es en su "previsibildiad". Nadie duda que Scioli continuaría con la política de mano dura en la Provincia, o que mantendría con menos vidriera las políticas de Derechos Humanos. Tampoco a nadie le sorprendería que vaya soltando gradualmente el tipo de cambio hasta lograr un nivel de convergencia con las expectativas del mercado (sin terapia de shock pero con una aceleración devaluatoria mayor a la de la actual gestión) o que rebajaría la presión tributaria a los exportadores de algunos granos, porque es lo que vienen planteando sus asesores económicos, como Mario Blejer y Miguel Bein. Y no sería descabellado pensar en un refuerzo de los canales de diálogo con Estados Unidos y los países de la Alianza del Pacífico, sin descuidar el Mercosur (aunque borrando del mapa a Venezuela). Esto se encuentra en la plataforma de gobierno que viene diseñando la Fundación Desarrollo Argentino de Pepe Scioli. La no aplicación de las cláusulas antimonopólicas que establece la Ley de Medios es casi una obviedad si se tiene en cuenta los denodados esfuerzos de Daniel por exhibir su empatía con el ecosistema de negocios del Grupo Clarín. También es esperable que se mantengan los planes sociales y los servicios reestatizados, sin avanzar en nuevas nacionalizaciones. Por todo esto, la opción de Scioli 2015 es la más "previsible", como a él le gusta decir, planteando una suerte de equilibrio entre continuidad y cambio. La propaganda "Scioli para la Victoria" es maquillaje que sólo puede entenderse en el marco de una campaña política, y al calor de las encuestas que marcan una popularidad inédita de la Presidenta y un liderazgo a prueba de balas en las filas peronistas. Pero en definitiva, Scioli es Scioli, y ha dado muestras sobradas de autonomía del cristinismo como para dejarse llevar de las narices en caso de arribar al sillón de Balcarce 50.

Lo de Randazzo es más enigmático. Si bien es evidente que es el precandidato, de los dos que quedan, más cercano al cristinismo, lo cierto es que no perteneció nunca al núcleo duro que la Presidenta armó alrededor de la Cámpora y las organizaciones que participan del sello Unidos y Organizados. Por marca generacional, no pertenece ni a la camada de cuadros de los años 70 ("la generación diezmada" de Néstor y Cirstina), ni tampoco a los "pibes para la liberación" que florecieron a partir del conflicto de la l25, por más flores que el Ministro quiera arrastrar hacia su "Florería". Sus años de formación coinciden con otras etapas de la historia del peronismo. Así como Aníbal Fernández, ya en funciones como ministro designado por Kirchner, se definió a sí mismo con el oxímoron "duhaldista portador sano", podría decirse que una hormona similar es la que regula el metabolismo político del Flaco de Chivilcoy. A favor del ministro, hay que decir que muy dificilmente pudo haber atravesado todos estos años en la primera fila de la gestión kirchnerista, con la intensidad de debates que generó el gobierno, sin haber sufrido una transmutación de muchos de sus valores originales. De hecho, fue uno de los primeros dirigentes peronistas que se animaron a abandonar el barco del "zabeca de Banfield" para ir a parar a la toldería pinguina. Seguramente, Randazzo ya no es el mismo dirigente que antes de la experiencia K y es muy probable que quiera continuar con el legado, a su estilo.

El problema es que nunca, hasta ahora, dejó caer un sólo indicio de cómo podría dar cauce a esa continuidad, más allá de conservar las conquistas alcanzadas. Nadie sabe realmente cómo piensa Randazzo hacer frente a los problemas del medio ambiente, qué lugar le dará a la economía social, cómo abordará el tema del aborto, qué solución plantea frente a la concentración del comercio exterior, o del mercado de telecomunicaciones en manos privadas. Tampoco clarificó si cree necesario modificar la ley de Entidades financieras de la Dictadura y si está a favor de implementar una reforma impositiva integral, tal cual sugirió el ministro Kicillof. Ninguno de esos ejes se incrusta en la campaña electoral del ministro. Se muestra confrontativo, pero sólo le muestra los dientes a Scioli y a Clarín, sin confrontar con el resto de las corporaciones.

Evidentemente, Cristina dejó su flanco izquierdo huérfano de representación al sacar fuera del juego a Taiana y Urribarri, quienes no medían. Tampoco le interesó fogonear a ninguna figura de su círculo de confianza. Su sucesor natural podría haber sido Axel Kicillof, a quien definió ayer como su "mano derecha y mejor asistente", pero no se animó a exponer al ministro públicamente en medio de las batallas cotidianas que debe librar contra los fondos buitre y los grupos de poder internos. Seguramente el ministro, que no goza de buena salud en términos de imagen (si bien viene creciendo) será moneda de negociación en las fórmulas o en algún lugar de relevancia institucional. No le alcanzó la nafta para más. En materia de candidaturas, la Presidenta optó por no "profundizar". Y no en estos meses preelectorales, sino que a lo largo de todo su mandato no tuvo intención de preparar el terreno para llegar al final del camino con candidaturas puras consolidadas en la opinión pública, teniendo en cuenta las restricciones constitucionales por todos conocidas. Esto quedará como tarea de reflexión para el futuro.

En lo inmediato, tanto Scioli como Randazzo están a tiempo de exponer explícitamente su programa de gobierno. Scioli tiene más aire para especular, ya que está sentado sobre un caudal enorme de votos independientes. Pero Randazzo, si quiere acortar distancia y quedar tiro a tiro en esta carrera contra el reloj, no le alcanzará con presentarse como el único candidato kirchnerista y con dedicarle munición gruesa a quien considera un infiltrado. La victimización mediática es un arte que el sciolismo domina como pocos. Ya se vio en los conflictos docentes, en las reiteradas peleas del sciolismo con el gobierno en 2012 y 2013, y también con Karina Rabolini sobreactuando congoja y llanto en la pantalla de Fantino. La devoción cristinista no será la llave que abra el cofre de la victoria para Randazzo. Tal vez sea hora de "lanzar propuestas" a la sociedad, como instruyó la Presidenta. Por ahora, en el terreno de los programas, los dos precandidatos no se sacan demasiadas diferencias.    

domingo, 5 de abril de 2015

Ezequiel Adamovvsky: “El porcentaje de argentinos que se autoperciben de clase media es más alto que en países de Europa"

* La versión original de este reportaje se publicó en el día de hoy (05/04/2015) en el Buenos Aires Herald, en inglés. Por razones de espacio, la versión disponible en el matutino es más reducida. Acá publico la entrevista completa y en castellano.























“La identidad de clase media se construye a partir de la frontera que trazan con el mundo de los de abajo”, explica el Doctor en Historia Ezequiel Adamovsky. En una entrevista con BAE Negocios, el autor de “Historia de la clase media en Argentina” señala que la formación de esta identidad, que termina de cobrar forma durante la etapa peronista, estuvo asociado a ciertas narrativas nacionales que asociaban el progreso con los nuevos sectores medios descendientes de inmigrantes. La contracara “irracional” e “incivilizada”: el bajo pueblo, plebeyo, criollo y mestizado. En espejo a este prejuicio, el académico destaca que ciertas minorías vinculadas al peronismo y la izquierda durante los 60 y 70 construyeron un estereotipo de “clase media” refractaria a los intereses populares, invariablemente retrógrada en sus apreciaciones políticas. 

Desde el conflicto abierto con las patronales del campo en 2008, el kirchnerismo –afirma Adamovsky- incurre en el mismo error de considerar a los sectores medios como si fueran un bloque homogéneo enfrentado a las causas del Pueblo, cuando una mirada más adecuada de la serie histórica revela que en rigor siempre existieron lazos de solidaridad entre sectores de la clase media y las clases trabajadores, con mayor o menor intensidad según el contexto. Por si fuera poco –agrega-, el kirchnerismo cosecha un buen número de adhesiones entre los sectores medios, si bien su base social es mayoritariamente de extracción popular.  “La polarización actual es política pero no coincide con un corte de clase, a diferencia de lo que sucedía con el peronismo histórico”, señala. 

Una de sus tesis principales es que la clase media no existe en términos materiales…

No es que no existe la clase media sino que lo que llamamos clase media no es en verdad una clase, es decir, un grupo de personas que tengan la suficiente homogeneidad en su vida económica como para agruparse como clase a partir de esos intereses materiales. Lo que identifica a los sectores medios, que son muy heterogéneos no es el plano de los intereses materiales sino la identidad que asumieron en un momento particular en la Argentina. Yo cuestiono la teoría de que desde el momento en que existe un empleado, un médico, un almacenero y un maestro ya estamos en presencia de una clase media. Cada uno de estos grupos tiene una historia propia y solo confluyeron a partir del surgimiento de la identidad de clase media que yo sitúo como un proceso que comienza alrededor de 1920 y termina de cristalizar en la época del peronismo.

¿El uso del plural para hablar de los sectores medios sirve para pensar la heterogeneidad de esa clase social?

Ese es el problema de los que investigamos el tema de los sectores medios: las diferencias entre cada sector son enormes. Uno podría usar el plural y hablar de clases medias, en lugar de distinguir clase media-alta, media-media, media-baja, media profesional, media asalariada, y demás. El tema es que aun haciendo eso se las está unificando como parte de las clases medias, y lo que uno ve históricamente en Argentina es que hay sectores de los empleados que han estado asociados desde todo punto de vista con los trabajadores, más que con un abogado exitoso de Puerto Madero. Cuando uno los mete a todos dentro de la bolsa de la clase media está forzando relaciones de clase que empíricamente no se comprueban.

No obstante, las encuestas dicen que el 80% de la gente se autopercibe de clase media, por más que al desglosar esa “clase” las diferencias sean abismales.

Sí. Curiosamente, con un sueldo un poco por encima del mínimo y con vivir en una casa que no esté en una villa, un trabajador manual se considera dentro de ese 80%.  Lo que marcan las encuestas de autopercepción es que el porcentaje de la población que cree que es de clase media en Argentina es comparativamente bastante más alto que lo habitual en otros países. Inclusive, es más alto que en países europeos, donde desde el punto de vista material hay mucha más gente en condición no pobre que en Argentina.

¿Cómo se fue construyendo la identidad de clase media en Argentina?

Todas las identidades se construyen por oposición. La identidad de clase media se construye por diferenciación tanto de las clases bajas como de las altas, pero lo fundamental es la frontera que traza respecto del mundo de los de abajo. En la mayoría de los países, esa distinción se expresa en un sentido de superioridad cultural y moral. La decencia y la respetabilidad de la clase media y el sentirse ser superior respecto a la clase baja es algo común en todo el mundo, pero en Argentina se sumaron algunos elementos particulares. Uno es que la identidad de clase media se entretejió muy fuertemente con ciertas narrativas de la historia argentina, y que parte centralmente de la idea de que somos un país de inmigrantes europeos, quienes trajeron el progreso.

Sin embargo en su trabajo, usted hace referencia a un discurso que pronuncia Joaquín V.  González en 1920 en la Cámara de Senadores, en el cual hace un llamado a sus colegas a “ocuparse” de la clase media. Ese discurso era representativo del interés de un sector del establishment intelectual por instigar un “orgullo de clase media” para delimitarse del extranjero de acababa de llegar a suelo argentino, y que comenzaba a enrolarse en los primeros movimientos anarquistas y socialistas.

En la elite que convocó a los extranjeros en el periodo de la reorganización nacional hubo una gran ambivalencia en ese sentido. Estaba claro que era deseable que vinieran inmigrantes y particularmente europeos. La Constitución nacional lo decía explícitamente. Sin embargo, hay una contradicción entre ese tipo ideal con respecto a los inmigrantes que llegaron, que no eran los que Sarmiento soñaba. Él estaba pensando en inmigrantes del norte europeo. Muchos de los que llegaron, además de trabajar, se sumaron a huelgas y manifestaciones. Por eso hubo una gran ambivalencia y ciertas expresiones de desprecio de la elite respecto de los inmigrantes. Había una preocupación manifiesta por frenar la insurgencia obrera y el contagio de las ideas revolucionarias hacia sectores medios. De todos modos, lo que terminó de cuajar como rasgo dominante en la cultura argentina es la idea sarmientina de que lo europeo fue una contribución positiva y central en la Nación, porque traía el progreso. Esas narrativas nacionales tienen implícita una mirada racista, porque suponen que lo criollo y lo nativo es una rémora para ese progreso. La idea de que la clase media es descendiente de europeos trae aparejado una mirada discriminatoria respecto del bajo pueblo al cual se concibe como mestizado, negro y con carencias políticas y mentales de todo tipo.

Muchos dicen que la Unión Cívica Radical surgió como el partido de las clases medias. Aún hoy el radicalismo se alimenta de esa creencia.

Eso es un mito instalado entre otros por Gino Gemrani que no resiste el análisis empírico. Antes de que surgiera el peronismo, tenía un voto obrero muy importante y no recibía votos en particular de sectores medios. Además, los creadores del Partido Radical eran miembros de las clases altas, al igual que los conservadores.

Usted afirma que esa identidad de clase media termina de cristalizar durante el peronismo. ¿Fue una reacción a la amenaza que suponía el ascenso y movilización de la clase trabajadora?

El mejoramiento socio económico de los sectores bajos durante la época de Perón perjudicó concretamente a una serie de sectores que por esa razón estuvieron descontentos. A otros no los perjudicó, pero por una cuestión de jerarquías les molestaba estar ganando lo mismo que obreros. Desde el punto de vista simbólico, Perón colocó al trabajador como el centro de la Nación argentina, como el ciudadano ideal de la Nación y núcleo de su proyecto político. Hasta ese momento, el núcleo eran las llamadas “fuerzas vivas”, que eran los sectores medios y altos, los supuestos motores del progreso nacional. Al colocar al trabajador en el centro, generó una reacción de rechazo que ayudó a galvanizar a los sectores medios que hasta ese momento no estaban unificados como clase.

El peronismo fue un constructor de clase media, al menos desde el punto de vista de la movilidad social. Sin embargo, en el discurso oficial se vectorizaban mensajes ofensivos contra la identidad de los sectores medios. ¿Cómo se explica esta paradoja?

En realidad, muy tardíamente el gobierno peronista empieza a despreciar y atacar a la clase media. Inicialmente, esto no estaba presente, ni siquiera respecto del empresariado. Se hacía referencia al pueblo trabajador, pero esto incluía a los sectores medios. El pueblo peronista era la totalidad de los habitantes del país menos la oligarquía antipatria. Además, tuvo políticas que beneficiaron bastantes a diversos sectores medios. Dentro del peronismo empieza a haber una actitud de desprecio respecto de la clase media más bien hacia el final del gobierno cuando el campo antiperonista ya estaba movilizando una identidad de clase media como ariete contra el peronismo.

Más allá de que en doctrina justicialista prevalece la idea de la colaboración entre clases, ¿la cultura del peronismo de base no pone en juego un elemento clasista?

Es ambivalente. En el discurso de Perón y Evita siempre primó la visión contraria, de armonía de clases. Pero es cierto que el movimiento peronista, a nivel de bases, tuvo componentes clasistas muy fuertes, a pesar de sus líderes.

En los años 60, ciertas franjas juveniles de clase media empiezan a experimentar una izquierdización de sus creencias políticas y generan lazos organizativos fuertes con sectores populares. ¿Cómo analizás estas experiencias de solidaridad entre sectores medios y trabajadores en función de proyectos políticos de cambio social?

A pesar de los estereotipos que dicen que la clase media siempre es antipopular y siempre mira hacia arriba, si hay un rasgo que caracteriza la historia argentina es precisamente el contrario: el hecho de que durante todo el siglo XX han habido movimientos de base popular que han adquirido poder porque consiguieron ganarse una porción importante de los sectores medios. Los grandes movimientos populares argentinos, incluyendo los movimientos insurgentes de finales de los 60 y 70, tanto marxistas como peronistas, eran movimientos donde confluían sectores bajos y medios. La insistencia en fortalecer una identidad de clase media tiene que ver con quebrar esas solidaridades. Hay momentos donde la identidad de clase media funciona en un sentido de separar a los sectores medios de los bajos, como el 55 con el derrocamiento de Perón y el 83 con la victoria de Alfonsín. Hay muchos otros momentos donde más bien prima la solidaridad entre sectores medios y bajos. No solamente durante los años 60 y 70, sino también los años 20 y 30, y el 2001. Eso es un rasgo permanente de la política argentina en el siglo XX.

¿Cómo se resuelve la dinámica entre el poder político y los sectores medios durante el alfonsinismo?

El alfonsinismo fue leído en su momento como una victoria de la clase media, y por eso como una restauración del “país normal”. Las encuestas de la época muestran que hubo un relativo debilitamiento del orgullo obrero debido a los efectos de la dictadura que minaron la base obrera, pero también por el descrédito del peronismo después de la experiencia de los 70 y por cómo se reorganizó en los 80 con la figura de Herminio Iglesias que despertaba rechazos incluso en sectores trabajadores. Hay que recordar que en el 83, el peronismo perdió incluso en su bastión tradicional de la Provincia de Buenos Aires. Lo que podemos inferir es que en esa época la identidad de la clase media penetró hacia abajo a expensas del orgullo obrero que acompañó al peronismo en décadas anteriores.

¿En los 90 qué sucede?

Si los 80 fueron leídos políticamente como la victoria de la clase media, los 90 pueden ser leídos como la victoria de la clase alta, en el sentido de que por primera vez en la historia argentina, los proyectos políticos promovidos por las clases más altas fueron validados por el voto libre y voluntario, sin golpes de Estado ni coerciones de ningún tipo. El PJ durante los 90 fue expresión de los sectores de mayor poder económico, a pesar de su origen popular. En los 90, esta victoria política de las clases altas fue posible porque anteriormente se habían quebrado las solidaridades políticas entre los sectores medios y bajos. Contrariamente al prejuicio extendido, los sectores medios no apoyaron a Menem más que otros sectores, y de hecho fueron los primeros en retirarle el apoyo. El voto más fiel a Menem fue de las clases altas y las bajas. El menemismo fue muy disruptivo para la identidad de clase media, no sólo por el estilo chabacano que asumió la política sino también porque la cultura del neoliberalismo colisionaba con algunos valores de clase media, como por ejemplo que el dinero se hacía con el trabajo paciente, que el estudio era una condición sine qua non para el progreso en la vida. El menemismo fue más bien la época del dinero fácil y el individualismo más extremo. Los valores más asociados a lo culto tuvieron poco lugar en la época menemista, lo cual explica que los sectores medios hayan sido los primeros en abandonar la fantasía menemista.

El descontento social sumado a la acumulación de tensiones económicas implosionaron en 2001. Ahí se da la famosa comunión entre “el piquete y la cacerola”.

Esa solidaridad tiene una historia previa. La punta de lanza de resistencia al neoliberalismo en la Argentina fue motorizada por gremios nucleados en la CTA con origen principal en sectores medios, como los gremios docentes y estatales. No es que en 2001 hay un encuentro inesperado sino que hay una historia de resistencia que comienza alrededor de 1994.

¿Qué diferencias hay entre el peronismo clásico y el kirchnerismo en la relación que cada uno estableció con los sectores populares?

En los 40 y 50, prácticamente la totalidad de las clases populares y trabajadoras se identificaban con el peronismo. Era una identidad encarnada con una fuerza tal que pasara lo que pasara, la gente apoyaba a ese grupo político. En el momento actual, eso no se verifica. A pesar de que el kirchnerismo tiene apoyo mayoritario dentro de las clases populares, está lejos de ser unánime. Por otro lado, el tipo de identificación política en las clases populares del kirchnerismo no tiene la solidez que había en la época del peronismo histórico. No va de suyo hoy que una persona de clases populares vaya a ser kirchnerista durante toda su vida, contra viento y marea. Una porción del voto se fue con De Narváez en 2009 y con Massa en 2013. El voto puede irse a esos lugares y después volver. No es un compromiso de por vida como solía ser con el voto peronista en otras épocas.

En su libro “Orden y Progresismo, Martín Rodríguez afirma que el kirchnerismo es un movimiento de clase media y en ese sentido una continuidad del alfonsinismo.

En varios autores leí la idea de que el kirchnerismo encarna un movimiento de clase media. No veo de qué manera se puede sostener eso. A nivel del voto, es policlasista pero con una base muy fuerte en sectores bajos. Desde el 2008, el discurso se identifica muy fuertemente con las clases bajas. Los cuadros militantes son en general de clase media, pero eso es un rasgo de todos los grupos políticos de todas las épocas, incluso del peronismo histórico. No coincido con esa apreciación.

La sensación es que el kirchnerismo promueve mensajes contradictorios con respecto a la clase media. Por un lado, despliega un fuerte dispositivo comunicacional para ganar la adhesión de esos sectores, en lo que algunos gramsceanos K definen como la “batalla cultural”. Pero al mismo tiempo, el gobierno es muy crítico de los posicionamientos políticos de los sectores medios de las grandes urbes que adhieren a los cacerolazos y manifestaciones de tinte opositor.

En la relación con las clases medias del kirchnerismo hay un quiebre en 2008. En los discursos de campaña de Néstor Kirchner del 2003 hasta el 2008, las expresiones públicas respecto de la clase media eran muy elogiosas. Néstor insistió mucho con todo el imaginario tradicional de la Argentina de clase media, la movilidad social, los abuelos inmigrantes. Esto cambió muy fuertemente en 2008 por la dinámica política que se abrió entonces. Se retomaron conceptos y formas de pensar el país que eran más propias de la década del 60 y 70. Vuelven las denuncias contra la oligarquía, contra la antipatria. Como parte de ese repertorio vuelve el discurso de escarnio a la clase media propio de los ensayistas de los años 60, como el joven Sebreli, Jauretche y otros. A pesar de los prejuicios del gobierno y de su discurso, hay una porción muy importante de sectores medios –si bien no mayoritaria- que vota al gobierno. No hay polarización social. La polarización k vs antik que hay es política pero no coincide con un corte de clase.

¿Qué consecuencias tiene ese prejuicio del kirchnerismo respecto de la clase media?

Si uno ve las campañas presidenciales en Europa y Estados Unidos están plagadas de referencias elogiosas a la clase media y de hecho ni se habla de la clase baja. Es muy llamativo el caso argentino: que una Presidenta gane unas elecciones fustigando de esa manera las clases medias. Eso da la pauta que el discurso de desprecio a la clase media ha sido asumido por buena parte de los sectores medios, que también creen que la clase media es invevitablemente un grupo reaccionario, a pesar de que la evidencia histórica en Argentina más bien marca lo contrario. Ese discurso anti clase media surgió con mucha fuerza en los 60 y 70 justamente como parte del reencuentro de sectores medios con bajos sobretodo en la juventud, a través del peronismo y también a través del marxismo. El odio a la clase media era para desmarcarse de esa identidad con características tan antiplebeyas, y de esa manera  poder motorizar proyectos políticos de rencuentro con los sectores bajos. Ese discurso tiene resonancia en la actualidad.

Horacio Verbitsky afirmó el 18F y los cacerolazos previos acusan la misma composición social que la Marcha de la Constitución y la Libertad del 45 y la marcha del 2008 convocado por la Mesa de Enlace.

Es cierto que estas últimas manifestaciones están compuesta por gente de clase media-alta y sectores medios, pero eso no quiere decir que los sectores medios en su conjunto estén en esa marcha, porque políticamente no es un sujeto unificado. Me parece importante la aclaración. Es cierto que en estas manifestaciones se notó la poca presencia de la clase baja.

Algunos dicen que los sectores medios que se suman a convocatorias donde convergen los intereses del poder económico están proyectando cierta cuestión aspiracional.

Lo aspiracional es otro mito que yo trato de combatir. ¿Qué significa lo aspiracional? ¿Querer estar mejor? Si eso es aspiracional, la totalidad de la sociedad argentina quiere estar mejor y eso no tiene nada de malo. La cuestión es si querer estar mejor significa aplastar al pobre o no. Pero no hay en lo aspiracional una marca política inevitable.

¿Ese estereotipo peyorativo que tiene la izquierda y sectores del peronismo respecto de las clases medias no es un obstáculo para pensar en un proyecto político de cambio social?

Los estereotipos que plantean que la clase media es un grupo que políticamente unificado y con ideas inevitablemente pro clase alta y anti clase baja son un obstáculo para pensar la realidad políticamente, porque impiden ver la potencia que hay en la solidaridad entre al menos una porción de los sectores medios y las clases bajas. No conozco movimientos históricos de cambio social en ningún país que hayan podido ir lejos sin construir algún lazo de solidaridad entre sectores bajos y medios.



Último libro

Junto con los antropólogos Sergio Visacovsky y Patrica Vargas, Adamovsky viene de publicar hace unos meses el libro “Clases Medias. Nuevos Enfoques desde la Sociología, la Historia y la Antropología”. La publicación da cuenta del estado del arte del campo de investigaciones sobre sectores medios. “Desde un enfoque interdisciplinario, el libro pone en circulación en Argentina una serie de debates muy interesantes que se están desarrollando a nivel internacional, y que en nuestro país son poco conocidos”, explica Adamovsky. Una de las premisas de las que parten los investigadores es que no existe una clase media dada a priori “desde el momento en que hay médicos, empleados, maestros y comerciantes”, sino que la idea es pensar en qué condiciones sociales e históricas “esos grupos se conforman como clase media”.

La Historia en la sangre

“A los 15 o 16 ya sabía que quería ser historiador”, asegura Adamovsky, que fue el primero de su familia en terminar estudios universitarios. Si bien no se crió en un hogar de intelectuales, sí viene de una familia con una sostenida militancia política de izquierda, y ese factor –sospecha- fue decisivo a la hora de entender que a través de los relatos de la historia es posible en posible intervenir para cambiar la realidad. “Entre las múltiples variables que arman el mundo en el que vivimos, una de ellas son las historias que nos contamos acerca de quiénes somos y quiénes son los demás, y eso tiene una influencia directa sobre el modo en el que nos entendemos y, por ello, en el modo en que interactuamos”. Además de reivindicar su profesión, el historiador hace una defensa explícita de la política como herramienta de transformación, y  recuerda que desde que estaba en el secundario siempre tuvo participación en espacios de militancia social no partidaria. “Nunca dudé. Siempre supe que era historiador”. Ahora bien, el académico confiesa que siempre tuvo la fantasía de “tener otras vidas” y poder dedicarse a actividades artísticas, como música, cine, y escritura de ficción. “Pero la verdad es que todos los días elijo lo que hago, que me encanta”, remata.



viernes, 18 de julio de 2014

Bombas y Bombardeos

Hoy se cumplen 20 sirenas del atentado a la AMIA, que tuvo como blanco a la comunidad judía argentina. Tenía 8 años cuando, al cortarme intempestivamente la emisión de Elefante Babar, me llegaron esas imágenes del horror que, con toda mi inocencia encima, no lograba descifrar. A los gritos llamé a mi mamá para que me explicara qué estaba pasando, por qué habían cortado los dibujitos, por qué gente revolviendo escombros. Todavía no estaba preparado para entender. Con el tiempo, fui comprendiendo el dolor sin remedio de los familiares de las víctimas, y la impunidad negociada con el poder para obturar el trabajo de la Justicia. En los últimos años se movieron algunas piezas, el Estado se hizo más presente, pero los intentos no prosperaron y la causa sigue en punto muerto. 

Y con el recuerdo vivo de semejante atentado, pensaba que “el pueblo judío” – si se puede hablar de una entidad social y cultural tan imprecisa- ha sido objeto de despiadados ataques a lo largo de la historia. La Solución Final es el más triste exponente de esta negación del hombre por el hombre. Ahora bien, también soy testigo de un fenómeno que me da pena como integrante –seguramente “lejano”, “desvinculado”- de la comunidad judía, que es esa persistencia en la victimización como rasgo de identidad, que lleva a muchos a subrayar antagonismos, a exacerbar los ánimos belicistas, a levantar muros antropológicos (y de los reales también) y por último, a justificar los más salvajes actos violatorios de los derechos humanos, como está ocurriendo en Gaza con esta escalada de violencia basada en la doctrina fascista de la “defensa preventiva” (que en plano interno se complementa con una política de apartheid étnico carente de cualquier principio humanitario). Veo que esta victimización termina disparando una reacción inmunitaria agresiva, con un sentido de alarma permanente, que aunque se base en una lógica de autodefensa, muchas veces termina por perder el control de la manera más cruel.

El conflicto no es nuevo ni es aislado. Tiene como punto de arranque un reordenamiento internacional de posguerra que entre otras efectos dio nacimiento al Estado de Israel en 1948. La inmediata declaración de guerra de los países árabes vecinos dio comienzo a la fase anexionista del incipiente Estado hebreo. Es decir que pese a que la dinámica de los acontecimientos históricos muestra focos de violencia desde los dos extremos, estamos en condiciones de identificar una agresión primera, que da por tierra con la teoría el huevo y la gallina, y hablamos sin rodeos de la ocupación ilegal de tierras más allá de la partición de Palestina aprobada por la ONU. Esto da cuenta de una escala diferenciada de responsabilidades entre uno y otro en el marco del conflicto. Claro que sería imposible hacerle entender a un ciudadano israelí que vive en una zona de riesgo, y al que le llueven misiles de grupos terroristas casi diariamente, o que conoce una familia que perdió a alguno de sus miembros en una situación de esas características, que hay una marco histórico y geopolítico determinante de esas situaciones dramáticas (que cualquier persona de bien tiene que lamentar). Es lógico que la inmediatez de la tragedia impida una análisis más macro del conflicto. Cuando se producen pérdidas humanas, ¿cómo se hace para explicar que es su propio Estado el responsable de una ocupación ilegal de tierras (que se niega a devolver), que incentiva económica y moralmente a ciudadanos israelíes a llevar adelante esas usurpaciones (utilizando a estos colonos como punta de lanza y carne de cañón, poniendo en riesgo su seguridad, tal como hacen organizaciones del fundamentalismo islámico), que niega la constitución de un Estado palestino (más allá del reconocimiento de una autoridad de difusas atribuciones), que bloquea militarmente el acceso territorial a los territorios palestinos y el aprovisionamiento por otros medios que no sean los que facilitan los propios israelíes? El Estado de Israel se jacta cínicamente de ser “solidario” y de ser el único que ayuda con provisiones a comunidades palestinas, cuando les niega cualquier forma de intercambio comerciales con otros países vecinos e internacionales. En realidad, Israel actúa como el guardia penitenciario que le alcanza un plato de comida al prisionero a través de la ranura de la celda. ¿Estamos completamente seguros que eso es "solidaridad"?

Todo este relato descriptivo sobre los abusos y violaciones del Estado de Israel -de la cual obviamente se desprende una toma de posición personal que asumo- se basa estrictamente en un enfoque de derechos, es decir, desde una perspectiva de Derechos Humanos. No me gustaría que alguien descubra en estas palabras algún gesto de animosidad. En efecto, quería aclarar mi indisposición a caer en posturas extremas. Contrariamente a lo que promueven ciertos fundamentalismos, que plantean (cuando no lo llevan a la práctica) borrar del mapa a palestinos o a israelíes (según el enunciador), defiendo con convicción el derecho territorial de un Estado para el pueblo judío, sin correrme un centímetro de la fórmula “Dos pueblos: dos Estados”, según las fronteras dispuestas por Naciones Unidas de 1967. Varias generaciones de israelíes se han arraigado en esa tierra y sería un despropósito y una injusticia hacerles pagar el costo de las acciones de sus antepasados, o de sus gobernantes. Tampoco quiero que se identifique en estas líneas un aval a ciertos planteos absurdos que identifican a Hamas como una organización armada de "liberación nacional". Muy lejos de eso.

En este sentido, se vuelve necesario cortar con el mito de que el que se opone a las prácticas militaristas y colonialistas del Estado de Israel vendría a ser un antijudío (y el judío que se opone al Estado de Israel, un resentido, que desconoce la causa de su pueblo). Nada más falaz y ignorante que ese argumento, merecedor solamente de aquellos que no tienen ganas de ponerse a pensar por un minuto desde una óptica distinta, sea por intolerancia o porque encontró cómodo el traje a medida de víctima, como decíamos más arriba.

También quisiera hacer una crítica a la remanida idea que, desde la otra vereda, algunos esgrimen en torno a que “las víctimas son hoy los victimarios”. No me parece en absoluto que los descendientes de aquellos que fueron masacrados por el nazismo, que -vale recordar-sufrieron una de las peores persecuciones de las que tenga memoria la humanidad, tengan que ser señalados como los responsables de este nuevo genocidio. Las sociedades son complejas, no todos piensan lo mismo, y es probable que incluso muchos de los que sostienen la necesidad de atacar como “legítima defensa”, pueden estar haciéndolo sin ningún atisbo de maldad, porque creen que la guerra es la única vía para la supervivencia del Estado de Israel. Si ese razonamiento fuera cierto, quizás (sólo quizás) uno podría ponerse en su lugar, partiendo del controvertido concepto de que el "fin justifica los medios". Pero la cuestión es que creo fervientemente que están equivocados en cuanto a la necesidad de contestar con violencia, y que los equivocados dentro de la sociedad israelí son evidentemente mayoría porque no es casual que, por ejemplo, el poder en ese país esté en manos de un gobierno de ultraderecha pro-guerra. Eso, sin embargo, no los convierte en victimarios. En toda caso, podremos hablar de un grado de complicidad que la historia se encargará de revisar oportunamente.

Creo que el error sistemático en el que muchos activistas de la comunidad recaen es en el hecho de creer que un bombardeo o un ataque terrestre homicida del Estado de Israel sería representativo de los anhelos de seguridad de la comunidad judía toda, como si el Estado de Israel fuera una cristalización transparente y punto por punto del colectivo social judío, que es mucho más complejo que lo que marcan esos contornos. La heterogeidad de la comunidad judía, por suerte, excede holgadamente a aquellos que pregonan la necesidad de contrarrestar las ofensivas de organizaciones fundamentalistas utilizando la potencia tecnológica (infinitamente superior) de un Estado que aplica el terror como doctrina. Ni siquiera es válida la interpretación de la “teoría de los dos demonios”, cuando es evidente que no existe ningún tipo de equivalencias. Ni hablar cuando se justifican los "bombardeos programados", como si el mero hecho de avisar dónde y cuándo van a caer las bombas le quitara un gramo de crueldad al hecho de BOMBARDEAR territorios donde vive gente. Un delirio por dónde se lo mire. Un debate inexistente.

Cada vez que reaparece un nuevo episodio del conflicto en Medio Oriente, no es infrecuente escuchar a gente de la colectividad que defiende los ataques preventivos como salida "inevitable", planteando que las agrupaciones extremistas al "arrinconar" al Estado de Israel no le dejan otro camino para defenderse que el de atacar de forma contundente. El razonamiento actualiza una operatoria ideológica por la cual la victimización actúa como medio para legitimar lo que sea, aún cuando se trate de desparramar muerte y destrucción a una escala siniestra. Es probable que la mayoría de esas personas que adhieren a la política exterior de Israel estén teóricamente de acuerdo en la "convivencia" entre pueblos o que incluso una porción más reducida de ellos apoye el reconocimiento soberano de Palestina como Estado homólogo. Si consideramos -como suscribe quien firma estas líneas- que los ataques bélicos atraen mayor violencia, alejando cualquier opción de tregua y entendimiento, no queda más que leer hipocresía en semejante contradicción: de nada vale hablar de "paz", de "convivencia", cuando se justifican las colonias y los bombardeos por "razones de seguridad". ¿Es posible apoyar la guerra y la paz al mismo tiempo? ¿La guerra es un instrumento que apunta a "asegurar las fronteras", por lo tanto, a la paz? Hacerse esas preguntas es fundamental para tirar por la borda los fetichismos alrededor del tema.

Las palabras bienintencionadas -sin llevarlas a la práctica- se las lleva el viento si no van acompañadas de actos concretos (concesiones) que apunten a la paz como horizonte. Para darle una oportunidad a la paz, el Estado de Israel tiene que asumir el riesgo de devolver las tierras. La pelota está de su lado. Las pretendidas "garantías" de seguridad de las fronteras no van a llegar nunca. Eso es un riesgo que hay que asumir, porque es cierto que un escenario no del todo descabellado podría ser que al día siguiente de declarar el retorno a las fronteras de 1967, Hamas le declare la guerra a Israel, como ya ha ocurrido en otras crisis. Pero postergar indefinidamente la iniciativa es la mejor forma justificar la perpetuidad del statu quo. El mensaje que hasta ahora llega es desesperanzador, porque nadie parece dispuesto a asumir ese riesgo.

Aunque a esta altura de los acontecimientos parezca ingenuo, creo que sería un paso monumental correr el eje del debate, para dejar de pensar en clave Israel vs Hamas, y empezar a ubicar el conflicto como un conflicto entre dos pueblos y dos Estados: Israel y Palestina (el segundo negado por el primero), donde hasta ahora la idea de la convivencia pacífica no ha tenido la suficiente fuerza como para imponerse. De ninguna manera se sugiere a partir de lo dicho justificar el accionar nefasto de los grupos fundamentalistas, con métodos absolutamente condenables. Lejos de eso, se propone hacer el esfuerzo de entender el conflicto como un todo histórico, en el que la ocupación, como toda ocupación ilegítima (y como pecado original), genera resistencias, que en algunos casos no se canalizan por la vía pacífica, sino que asume lamentablemente la peor de las caras en el contexto de una guerra. Esas resistencias, a su vez, atraen represalias desmesuradas por parte de quienes dominan los resortes tecnológico-militares del Estado, cuya ideología maniquea y perversa los conduce a excitar el sentimiento patrioteril chauvinista de su población a través de la vía bélica, como ocurrió en nuestro país en 1982 con algunos generales trasnochados que necesitaban un golpe de efecto que resucitara a un régimen en plena agonía.

Termino con un pensamiento que a muchos les puede resultar provocador, pero que no me deja de dar vueltas por la cabeza: los que interrumpieron la emisión de Babar, volando la mutual de AMIA, aún fatalmente equivocados, también se sentían víctimas de algo. Y no por eso dejaban de ser unos asesinos hijos de puta. 

Linchamientos: la noticia que segrega

¿Cómo se hace para matar todos los días un poquito más, imperceptiblemente, a una sociedad herida por la marginación social?

Canales de televisión, periódicos y revistas, estaciones de radio, todos consustanciados con una polémica que duele tanto como que vende titulares, propagando una visión miserable, clasista, de que los sectores medios deben cerrar filas para atacar al hostil que viene tomar lo ajeno. El "pibe chorro" es ese otro perteneciente al escalafón más vulnerable de la pirámide social, condicionado en su comportamiento por la violencia simbólica y real de una cultura que se rinde al consumismo como única vía de realización, y que condena a los que "no tienen" a una existencia que sólo es entendida como carencia. Si salen a arrebatar carteras o no es secundario, son "pibes chorros" antes de salir a robar, porque lo que realmente perturba a esos pibes es tener marcada en la frente un destino que no eligieron para sí mismos. Y es esperable que ante semejante violencia cotidiana, en un intento desesperado por "pertenecer", y por borrar esta etiqueta perversa que le calaron en la piel cuando nacieron, algunos de ellos opten por la vía delictiva. El problema es anterior al linchamiento, que es una forma de canalizar el odio de clase por parte de un colectivo social que todos los días elige mirar para otro lado. Incluso el origen del problema es previo a la tentativa de robo. La sociedad merece, en este sentido, un profundo ejercicio de introspección sobre las causas culturales y estructurales que llevan al penoso desenlace de que un pibe se levante a la mañana con la determinación de salir a robar, utilizando los medios de coacción física a su alcance.

El linchamiento desnuda las peores miserias del género humano, porque se instala sobre la asunción de una comunidad que ha perdido cualquier tipo de lazo afectivo con el otro. Ahora bien, estos actos punitivos “espontáneos”, que pueden terminar en homicidios agravados como ocurrió tristemente en Rosario, no surgen de la nada, sino que se producen sobre un terreno ideológico que se va preparando a través de una confluencia de elementos, entre los cuales lo mediático ocupa un papel preponderante, por el nivel de difusión  y circulación de sentidos sociales sobre amplios sectores de la sociedad.

La repetición de dos o tres casos de “ajusticiamientos” (eufemismo de homicidios o tentativa de homicidio), de fuerte impacto mediático, genera un efecto de naturalización y generalización que es transmitido como sentido común a la audiencia. Aunque no suscribamos a la teoría de la omnipotencia del emisor, sabemos que la reiteración de un mensaje genera efectos sobre la opinión pública. En este caso, podemos hablar de un estado de alarma social que se activa frente al mensaje remanido de que hay un Estado ausente, con lo cual la única alternativa viable sería tomar la Justicia en las propias manos, reventándole los sesos a quienes son señalados como los tomadores de lo ajeno.

Sabemos que allí hay una construcción argumental que es propicia a la legitimación de ciertos discursos de las clases dominantes (y de las expresiones político-partidarias que las representan), que entienden que es en la exacerbación del miedo y el rechazo de una parte de la sociedad a los sectores más empobrecidos donde se cifran sus posibilidades de éxito. Y esto resulta bastante evidente cuando notamos que los llamados “ajusticiamientos de pobres contra pobres” (que son aquellos que se producen en los barrios humildes y villas de emergencia cuando vecinos enfurecidos salen a escrachar y apedrear a, por ejemplo, presuntos violadores, o a policías volcados al gatillo fácil) no tienen pantalla, o al menos no merecen la misma atención ni despiertan el mismo afán de reflexión y debate público. Tampoco son secuenciados como una “ola”, sino que emergen en pantalla de forma esporádica desde hace años, sin un elemento visible de concatenación. La razón es simple: la clase media está ausente en estos episodios de violencia. En los “ajusticiamientos de pobres contra pobres”, las “víctimas coinciden exactamente con el esterotipo de “pibe chorro”. Bien podría referirse a una “ola” de linchamientos, pero no se hace porque no pone en escena un peligro a la seguridad de los sectores medios.  Y eso no vende, o al menos podemos afirmar que vende mucho menos. De la misma forma que la violación y asesinato de Ángeles Rawson en Palermo vende mucho más que episodios similares ocurridos todos los meses en distintas villas de emergencia del país.

Dicho esto, es preciso aclarar que la mayoría de los comunicadores tomaron un discurso “políticamente correcto” en relación a la barbarie de los ataques de los linchadores, destacando la falta de sujeciones morales y la cobardía de estos actos. Por eso, el análisis que se desprende de esta crítica de medios se encauza en otro eje, que pasa por señalar el carácter clasista en el criterio de noticiabilidad y de agenda setting de los medios, en tanto y en cuanto no reflejan con la misma intensidad los casos de “ajusticiamamientos” que se suscitan todas las semanas en las barriadas más carenciadas, precisamente porque no afectan la integridad física y jurídica de quienes son los destinatarios privilegiados del mensaje mediático: las clases medias. El corolario es la naturalización de la desigualdad simbólica entre clases, ya que parecería que los sujetos populares no merecieran el mismo interés y preocupación por parte de la prensa dominante. Esto pone en evidencia la necesidad de pensar nuevos paradigmas de comunicación popular y alternativa, pero ese es otro dilema.

Para terminar, una pregunta retórica. Quienes nos ubicamos en una posición crítica frente a los discursos dominantes que circulan en los medios acerca de la “inseguridad”, y en particular frente al drama de los linchamientos, ¿estamos contribuyendo a la paz social cuando nosotros también seguimos dando de comer a una polémica cuya continuidad en el centro del debate público favorece asimismo la continuidad por contagio de estos brotes de violencia contra los excluidos sociales? ¿No estaremos echando más leña al fuego? Mi primera reacción frente a esta autopregunta es que así como la palabra tiene una potencialidad negativa en cuanto a los efectos que acarrea sobre lo real, también puede abrigar una capacidad sanadora, en la medida en que se pongan al servicio de deconstruir las lógicas de los discursos hegemónicos que atraviesan a la opinión pública.

miércoles, 13 de junio de 2012

El lado B de la entrevista en el Palacio Duhau




Convengamos que el barrio de Recoleta es de una paquetería rutilante, abarrotada de credenciales de la alta cultura. Cualquier porteño con un poco de calle y sentido común es consciente de los repertorios que rigen dentro de sus fronteras: consumos de boutique, mansiones enjauladas con guardianes celosos, descapotables importados, tribuna de doctrina y señoras de café francés y buraco vespertino.

El Palacio Duhau, sobre la Avenida Alvear, es un exceso de la misma sustancia. Es acaso el ícono más puro de una aristocracia blindada, que se ahoga en la fragancia de sus “buenas costumbres”. Fortaleza neoclásica de la Belle Époque, de esa Buenos Aires de principios de siglo que se espejaba en la Ciudad Luz, tan distante pero tan cercana a la vez. Metáfora de la resistencia frente a la chusma,  y las sucesivas mareas del inframundo que amenazaban con eclipsar el brillo de su opulencia. 

Hasta allí llegué yo, montado sobre mis propios prejuicios, en ocasión de una nota que debía hacer para el Gran Diario Argentino, acerca de un programa global de formación de líderes de la financiera internacional HSBC. El evento de cierre del programa se realizaría justamente en los salones del palacio, donde desde el 2006 funciona el Park Hyatt Hotel. Allí estarían presentes los ejecutivos de la filial argentina y ochenta empleados de gerencia media de 22 países del mundo. Estos mandos intermedios tuvieron la gracia de ser elevados filosóficamente a la categoría de “líderes del mañana”, de acuerdo a los parámetros ideológicos de HSBC. Por ese motivo, fueron convocados a trabajar en proyectos sustentables en varias localidades del interior del país, durante el lapso de una semana. Mi misión allí sería entrevistar a los organizadores y participantes del programa “Next Generation”, y sacar a la luz pública una nota “gacetillera”, explicando las bondades del costado “sustentable” de la corpo financiera. A cambio de seiscientos pesos, poco más poco menos.

Santiago, el gerente de Comunicaciones me esperaría en la puerta del lobby del hotel. Las suntuosas marcas de los automóviles aparcados frente a la puerta delataban mi condición de outsider. Si bien había tenido la precaución de calzarme mocasines y una camisa Newman, mi barbita recortada de campamento juvenil, y mi jean negro arrugado definitivamente desentonaban con el look de traje y corbata que exigía la ocasión. En todo caso, podía legítimamente echarle la culpa a mi profesión: está aceptado socialmente que los periodistas cultivamos un estilo “rotoso”, como me había dicho días atrás mi editora.

Rotoso y todo, me abrí paso a través de las escalinatas circulares hacia el encuentro de Santiago, sin poder evitar las miradas inquisitorias de los mayordomos a traje pingüino que custodiaban la entrada, atentos a cada pormenor fuera de protocolo. La voz entre reverencial y concheta de Santiago le confirió un aura de solemnidad a la bienvenida, que encendió en mi interior una lucecita de alerta. Me condujo hasta una lujosa y amplia sala de reuniones, equipada con sandwichitos de salmón y agua mineral Gota. Evián era agua de estanque en comparación con Gota, cuyo sofisticado packaging saldría posiblemente más dinero que un viaje en taxi hasta mi casa.   

En fin, el menú gastronómico me entretuvo mientras esperaba a los entrevistados. Luego, Santiago desenrolló una suerte de presentación oficial de HSBC: su cultura empresarial, su presencia en el mercado global, su política de sustentabilidad, su estrategia de formación de talentos, y continuaba la engorrosa lista. Confieso no haber podido seguir el desarrollo del acartonado discurso con genuino interés. Se debe haber notado. Sentí aún más culpa cuando me ofreció disculpas por hacerme esperar, mientras me almorzaba sus sandwichitos de salmón y me sacudía las miguitas de mi jean arrugado. En el Palacio Duhau.

Pasados unos días de la entrevista, entendí que las muestras de respeto hacia mi presencia “rotosa” me generaban incomodidad, o algo parecido. Me trajo alivio la llegada de la intérprete, quien traduciría mis preguntas y las respuestas de los angloparlantes. Una mina “del palo”. En una charla casual que tendría después con ella, me enteraría que era de Boedo, y que había venido en bicicleta con ropa deportiva. Se había “disfrazado de intérprete seria” en el toilette de un café aledaño al hotel.

Después entró en escena la directora de Recursos Humanos, seguida de un tropel de “líderes del mañana” de HSBC. Los tocados por la varita del destino. Talentos en bruto que manejarían los hilos futuros de la financiera. Tenía delante mío a diez empleados de rango medio y un sponsor, un pez gordo dentro de la compañía que guió “espiritualmente” a los herederos durante el “field challenge” del programa. El sponsor era el CEO de HSBC Malasia, quien antes de jugar en las grandes ligas de la financiera, había pasado por el mismo “bautismo de fuego” que la actual camada de “líderes del futuro”.

El escenario me seguía pareciendo extravagante, y cada vez cobraba un cariz más claustrofóbico y opresivo. Estaba encerrado en una sala con sujetos de distintas partes del mundo, en un ámbito corporativo. Se jactaban de haber vivido “modestamente”, en el “mismo estilo” que las comunidades que asesoraron, de haberse alojado en hoteles de “baja categoría” (es decir, no de cinco estrellas, como ameritaría su status), mientras se regocijaban con la pompa exorbitante que les prodigaba el Park Hyatt Hotel. Pero lo más grotesco de todo el asunto es que todos ellos, absolutamente todos, se reconocieran como “líderes del futuro”, y confesaran sus apetitos de escalar en la pirámide corporativa, ahorrándose cualquier expresión de modestia (que sí habían declarado exhibir durante la convivencia en las comunidades).

A mi modo de ver las cosas, aquellos que se asumen como líderes naturales me resultan francamente sospechosos. Lo que me hace pensar que todo el despliegue corporativo en torno a los proyectos de “sustentabilidad” era una puesta en escena de la financiera para incitar las ambiciones de liderazgo de sus hombres de negocios. Con una mano de pintura de “sensibilidad” por la causa sustentable. O un lavadito de imagen. O simplemente marketing. Como sea, se olfateaba un tufillo de hipocresía en todo el asunto.

Con el correr de la entrevista múltiple, algunos líderes se fueron aflojando, y se empezaron a escuchar expresiones más sinceras, que ponían las cosas en su debido lugar, en un orden más coherente con la filosofía de una multinacional financiera. “La rentabilidad es lo que asegura que haya una continuidad de los proyectos”. “Nuestra propuesta es que dejen de producir localmente bombas de agua y empiecen a importar a menor costo”. “Convencimos a la comunidad de aborígenes Warmis que la mejor forma de desarrollar su identidad es explotar el turismo cultural”. Yo tomaba nota de todo y, por algún extraño proceso psicológico, me complacía confirmar algunos de mis prejuicios.

A medida que iba terminando las entrevistas con los líderes, éstos se iban levantando de la mesa, como si se hubieran sacado de encima un trabajo,  como si declarar lo que debían declarar a la prensa fuera su última obligación de agenda, conforme a lo programado por la organización. Ya podían volver a sus países. Me sentí un poco usado, pero tampoco es que me importaba demasiado.

Me fui  de la entrevista enredado en mis pensamientos, sin poder determinar si convertirse en líder involucra una búsqueda personal autónoma o supone cumplir con los mandatos de la sociedad capitalista. Pero también me fui con una mochila y una remera Fila bajo el brazo, cortesía de HSBC. "Capitalismo humano", le dicen.

La empleada

1) Me gusta almorzar en lo de mi abuela los sábados al mediodía. Aunque cada vez el clan reúna menos comensales alrededor de la mesa, hay algo de ritual que permanece, evocando un orden familiar que en los últimos tiempos viene sufriendo algunos cimbronazos. Lo que se mantiene intacto es el pollo a la almoronía, manjar sefaradí digno de tantas estrellas Michelin como existan en el cosmos culinario.

Párrafo aparte, merece una escena que me inocula una fuerte dosis de vergüenza ajena. Un mes atrás me encontraba tocando el timbre del departamento de mi abuela. Mientras aguardaba la respuesta del portero eléctrico, salió presurosa una señora muy paqueta, vestida con un llamativo tapado animal print. Emitía un denso olor a perfume de free shop. Como era de prever, me cerró la puerta en la cara. Mis zapatillas Topper o mi barbita de varios días configuraban un perfil poco confiable para ella.  No la vamos a condenar por eso. Después de todo, cualquiera habría actuado del mismo modo. Ahora bien, el tufo concentrado a perfume que dejó a su paso merecía, por lo menos, una carta documento.

Bajó a abrirme Margarita, la señora que ayuda a mi abuela con los quehaceres domésticos. Sin pensarlo dos veces, me dirigí al ascensor principal. En ese momento Moisés partió el mar en dos: Margarita no me siguió y encaró hacia el elevador de servicio. Y no precisamente porque me desafiara a una carrera por ver quién llegaría primero al séptimo.


Mientras se alejaba, la llamé con la intención de compartir viaje en el ascensor principal. “Somos todos flacos”, le solté clásicamente, pero no había modo. La prohibición de utilizar el ascensor principal es una norma no escrita, pero probablemente con mayor peso vinculante y coercitivo que el estatuto de convivencia del edificio. Para ella era tan natural ocultar su presencia “de servicio” como lo es para mí cruzar la calle por la mitad de la cuadra.

La ideología irrumpe en la escena del ascensor de forma nítida. Por un lado, “la razón cínica” que propone el filósofo Sloterdijk se expresa en el aval de los propietarios a la distinción social: “ellos saben lo que hacen, pero aún así lo hacen”. Es decir, ellos entienden la lógica de distinción por clase que opera a través de las dos categorías de ascensores, pero aun conociendo este dispositivo de discriminación, lo fomentan, y no les temblaría el pulso para llamar la atención de la “sirvienta” que osara pervertir las reglas de facto, haciéndose pasar por lo que no es. El edificio es un laboratorio donde se ensayan las jerarquías del ordenamiento social, con ciudadanos Premium y de los otros.   
Un segundo nivel es que Marx resumió en la idea de que “no saben lo que hacen, pero lo hacen”. No quisiera ser tan concluyente, pero apostaría a que Margarita tiene asumido su lugar dentro un mundo donde las reglas las ponen los demás. Está tan sumida en la ideología que no se cuestiona si esos códigos avasallan la dignidad de su persona.

La batalla cultural estará perdida en cuanto no asome en las víctimas conciencia de la segregación que sufren, en cuanto sigan confundiendo una costumbre deshonrosa con “el” orden natural e inmutable de las cosas.

2) Una imagen que anduvo circulando esta semana en las redes sociales. Una señora de la burguesía porteña sosteniendo del brazo a su empleada, y ésta golpeando maquinalmente una cacerola de teflón, acaso cumpliendo con horas extra. Sospecho que la foto debe de haber sido tomada en las movilizaciones del 2008, cuando el conflicto por la 125. En todo caso, el significante funciona del mismo modo, porque la referencia de fondo sobre la que ancla el sentido reproduce casi nostálgicamente aquellas tormentosas jornadas en que una parte de la sociedad protestó contra una medida de gobierno que afectaba los intereses económicos de unos cuantos poderosos. Y una clase media servil que aunque no se vea afectada, se acopla al concierto de indignados VIP, con apetito de formar parte alguna vez de la orquesta estable.

La señora podría salir a sacudir la cacerola sin ayuda de nadie, pero no se lo permite. La cacerola es un exotismo discordante con su ADN. La señora tiene problemas más urgentes que los de llenar la cacerola, como recuperar la libertad para empapelar el dormitorio de billetes verdes, pero al menos sí es consciente de algo: que la cacerola pertenece a ese tan poco explorado territorio de su casa: la cocina. El lugar de la empleada.

La señora no tiene tiempo de poner en blanco a la empleada, pero sí de sacarla a pasear a Plaza de Mayo para demostrarle al régimen que no hay lucha de clases cuando están en juego los valores morales de la república.

Esa es la imagen del país que gente honrada como la señora quiere comunicar: un país donde los que siempre tuvieron nunca se rebajen a sostener una cacerola por el mango, y una sociedad “de servicio” disciplinada, que acepte que la rutina de su condición biológica es aguantar el llanto de las cacerolas vacías.


3) Si hubiera que relatar lo sucedido de acuerdo a las normas tácitas del edificio de mi abuela, entonces yo habría “aceptado la invitación” de “acompañar” a Margarita, la empleada de mi abuela, a subir al séptimo por el ascensor de servicio.

Margarita debe haber captado que no me hace gracia utilizar ascensores distintos para llegar al mismo lugar, como si hubiera necesidad de subrayar la frontera entre dos clases de personas.

Me arriesgo a suponer que Margarita se debe haber sentido a gusto con que yo haya querido compartir el viaje en ascensor con ella, accediendo a incursionar en esa parte hermética del edificio que ella siente más propia, menos ajena. En realidad, no era eso, sino que me parece absurdo y vergonzoso que la humanidad haya llegado al punto de diseñar un acceso alternativo para los empleados de servicio.       

“A la señora del tercero le desvalijaron todo el departamento. Fue la empleada, que es peruana. Se fue con todo y no volvió”, me dijo Margarita, como para sacar un tema cualquiera de conversación. Pero no era cualquier tema. Ella pensaría sinceramente que yo me sentiría cómodo con la explicación de que el delito puede comprenderse a partir de la nacionalidad de los sujetos, y que a partir de esa base teórica podríamos entendernos. Ello buscó conformidad donde no lo había, acaso convencida de que alguien de mi “clase” debería pensar la sociedad en esos términos.

Me molesté, pero no con ella. Más bien  me asaltó una suerte de culpa de clase. El prejuicio de Margarita no podía encasillarse dentro de los borrosos marcos de la casualidad. Si ella me identificaba dentro del colectivo que abonaba el estereotipo del “chorro extranjero”, sería porque efectivamente observó que muchos de los de “mi clase” cultivan ese sentido común, tan nocivo culturalmente. La repetición del prejuicio -también en estratos medios-bajos como el de Margarita- genera un espiral de violencia simbólica alrededor de la figura del extranjero, que queda inevitablemente atrapado en el estereotipo.


jueves, 15 de marzo de 2012

Malvinization






Algunos analistas de la oposición mediática atribuyen la “malvinización” de la agenda pública a una presunta obstinación del oficialismo por reabrir una herida del pasado en clave populista, para distraer la atención acerca de otros temas más relevantes de la arena nacional.

Por ejemplo, Jorge Lanata calificó como una “una locura” y un “sin sentido” la política del gobierno en relación a las Islas Malvinas. Con un mensaje provocador, incluso para muchos de sus camaradas del antikirchnerismo mediático, el periodista refirió a Malvinas como parte del territorio británico: “Tenemos que afrontar el hecho de que hemos perdido la guerra. Malvinas no es parte de Argentina, es parte de nuestra imaginación. Estamos tan cegados por años de retórica que no podemos ver la realidad".

En el mismo sentido se expresó Sylvina Walger, en una columna para la tribuna de doctrina mitrista: “Sorprende que la actual dirigencia argentina no conozca la diferencia entre ganar o perder una guerra. Las guerras se ganan o se pierden, no hay intermedio. Al vencedor no le importa si el que la desató fue Calígula o los kirchneristas. Al perdedor no le caben las protestas sino someterse”.

Para estos escribas de los medios dominantes, la reivindicación de la soberanía sobre las islas no sería otra cosa que un ejercicio hipócrita de imaginación, el producto de una negación histórica, de una derrota no reconocida. Como si el sentido de justicia pudiera dirimirse fácticamente al fragor de una guerra. O como si la justicia no debiera importar cuando el oponente se muestra infranqueable en el campo de batalla. La visión de no cuestionar los factores de poder (se propugna como contrapartida “someterse”) es compartida por muchos de los conspicuos editorialistas de la prensa nacional. 

La postura de Lanata y Walger en contra de reclamar la soberanía es paradójica, ya que la posición de Argentina es asistida por el derecho internacional (Resolución 1514 de las Naciones Unidas sobre la concesión de la independencia a países y pueblos coloniales, y Resolución 2065 del mismo organismo que insta a las autoridades de ambos países en entablar una mesa de negociaciones para discutir la soberanía). Tampoco es fruto de ensoñación el hecho de que las Malvinas se encuentren dentro de la zona del Atlántico Sur, a tan sólo 464 km al este del suelo continental argentino.

Para ciertos paladines de la inteligentzia argentina, como para los británicos, no son aquellos fundamentos válidos para declamar la potestad argentina sobre el archipiélago. Hace unos días, salió a la luz un documento titulado “Malvinas: una visión alternativa”, firmado por 17 intelectuales entre los que se destacan Beatriz Sarlo, Fernando Iglesias, Pepe Eliaschev, Juan José Sebreli, Hilda Sábato, Luis Alberto Romero, Roberto Gargarella, Daniel Sabsay y el propio Jorge Lanata, entre otros. En la misiva, sostienen con llamativa vehemencia el derecho a la autodeterminación de los isleños.

Uno podría preguntarles por qué motivos no defienden con el mismo ímpetu militante los derechos de los pueblos originarios, que sufren las consecuencias de una política histórica de excusión y exterminio. O bien, estos patriotas podrían imaginar dónde se pararían si la comunidad galesa de Gaiman decidiera, tras un plebiscito popular, fundar formalmente una nación en la Patagonia.

Más allá del oportunismo de ciertas plumas que buscan anidar en las primeras planas nacionales tocando una fibra sensible de la memoria popular como Malvinas, habrá que reconocer que la apelación al derecho a la autodeterminación de los kelpers podría ser una carta negociable para los británicos en una eventual mesa de diálogo (que vienen sistemáticamente retaceando pese a las reiteradas recomendaciones de los organismos internacionales).

El Reino Unido invadió las islas en 1833, y desde entonces pasaron a formar parte del botín de conquista del Commonwealth. Posteriormente a dicho pecado original, varias generaciones de colonos echaron raíces en suelo isleño y desarrollaron un estilo de vida que tributa a los usos y costumbres británicos. Podrá alegarse legítimamente que esas nuevas generaciones no tienen responsabilidad sobre las prácticas colonialistas de sus antepasados, como tampoco podría objetarse la identidad estadounidense de los habitantes de California, provincia que perteneciera al Estado mexicano hasta 1948, cuando fue anexado tras una guerra entre los dos países fronterizos.

Sin embargo, el argumento deja al descubierto un flanco débil, explicitado por la presidenta tras anunciar la desclasificación del informe Rattenbach. Si la soberanía de las Malvinas fuera transferida, nadie exigiría a los kelpers la tramitación compulsiva de la documentación de identidad argentina, ni tampoco se les impondría un plazo para migrar a otros países. Se sabe que Argentina tiene históricamente una política migratoria de puertas abiertas, avalada por su Constitución y legislación vigente.

En segundo lugar, resulta un tanto controvertido invocar el derecho a la autodeterminación cuando es a favor de los intereses de una potencia imperial. Históricamente, este derecho es reclamado por los pueblos de origen –y no transplantados como es el caso- que buscan liberarse del yugo imperial. El nivel de hipocresía se torna más palpable si se considera que la Corona británica no concede a los isleños la potestad de elegir a sus autoridades. El gobernador es señalado por el dedo monárquico. Resulta no menos que dudosa la apelación a escuchar el deseo de los kelpers, cuando éstos no reciben de parte de su “patria” ni siquiera el grado de sujetos de derecho. Sin mencionar el hecho de que uno de cada tres habitantes de Malvinas fue trasladado desde Inglaterra para efectuar ejercicios militares.

La estrategia del Reino Unido consiste en remarcar permanentemente que el estado de conflicto deriva de la decisión de la dictadura de Galtieri de embarcarse en un conflicto bélico. El lobo se viste de cordero recordando la temeraria decisión de la Junta Militar argentina en 1982, cuando ésta resolvió intempestivamente iniciar una conflagración con resultados desgarradores para la memoria colectiva de nuestro país. De ese modo, Gran Bretaña explica su prepotencia militar en el Atlántico Sur como la aplicación de criterios de estricta defensa de sus posesiones de ultramar.

En este contexto, la decisión del gobierno argentino de divulgar las consideraciones del informe Rattenbach, una feroz autocrítica militar acerca de las operaciones militares que derivaron en la guerra de Malvinas, resulta una medida acertada en lo táctico.

A través de la condena pública de la actitud de los militares que ordenaron la ocupación de Puerto Argentino, el gobierno nacional viene a expresar que la disposición de un régimen de facto no puede ser tomada como antecedente institucional que deba cargar el pueblo argentino, precisamente por la falta de representatividad de un gobierno de tales características. La ocupación de las Malvinas no fue un instrumento plebiscitado, no se erigió como emergente de la soberanía popular, sino por obra trágica de la inspiración providencial de un grupo de generales (más allá del consenso que la iniciativa bélica supo despertar en una parte de la población).   

La maniobra de victimización del Reino Unido tiene como telón de fondo una puja de intereses en torno al control de los recursos naturales
(pesqueros, petrolíferos y carburíferos) y el dominio de un enclave de gran valor estratégico militar en el Atlántico Sur. Eso explica que Londres asigne una desproporcionada parte de su presupuesto a tonificar la economía de este dominio territorial tan distante de sus costas.

Tanto el arribo previsto de un potente buque destructor a las costas del archipiélago como la reciente visita del príncipe William con atuendo castrense, en ocasión de un sobreactuado entrenamiento militar fueron leídos tanto por funcionarios como por la opinión pública argentina en general como una provocación directa, en el marco de los esfuerzos argentinos por encauzar el conflicto por la vía del diálogo y la negociación diplomática. “El pueblo argentino lamenta que el heredero real arribe a suelo patrio con el uniforme del conquistador y no con la sabiduría del estadista que trabaja al servicio de la paz y el diálogo entre las Naciones”, rezaba un comunicado oficial de cancillería.

La reacción del gobierno argentino no se hizo esperar. Una de las primeras medidas fue decretar la prohibición del tránsito naval entre Malvinas y el continente argentino, al tiempo que se consiguió el apoyo de la mayoría de los países sudamericanos para impedir que los buques con bandera de Malvinas atraquen en sus puertos. También se giró al Senado un proyecto que prevé sanciones económicas para las empresas que operen en Argentina y que estén participando de emprendimientos petroleros en el archipiélago. La ministra de Industria Débora Giorgi se encargó personalmente de exigir a empresarios de firmas nacionales y multinacionales que reemplacen insumos importados de Gran Bretaña. La gobernadora de Tierra del Fuego, por su parte, sigue vedando el ingreso de buques con bandera británica en el puerto de Ushuaia.

La escalada verbal entre Argentina y Gran Bretaña trepó a alturas imprevistas cuando Cristina Fernández de Kirchner fue notificada de las operaciones de exploración y perforación sobre yacimientos de petróleo en plataformas offshore por parte de compañías como Desire Petroleum, Rockhopper y Falkland Oil and Gas. Fue entonces cuando el ministro de Relaciones Exteriores Héctor Timerman denunció la presencia de armamento nuclear en submarinos ingleses que patrullan las costas de Malvinas.

En el acto de apertura de sesiones ordinarias del Congreso Nacional, la presidenta instruyó al canciller para renegociar los acuerdos suscriptos por Argentina y Reino Unido en 1998, con el objeto de elevar de dos a tres vuelos semanales entre las Malvinas y el continente americano. El proyecto de la jefa de Estado es que dichos vuelos sean operados por la aerolínea de bandera nacional desde Buenos Aires, y no por LAN desde Punta Arenas.

La ofensiva argentina en lo comercial para afectar los intereses británicos parece entrar en una zona de contradicción con el gesto integracionista de Cristina de aumentar la cantidad de vuelos. Este cronista juzga que tanto el integracionismo como el aislacionismo pueden constituir estrategias válidas, pero superpuestas generan un efecto de confusión.

Como fuere, el ofrecimiento del Estado argentino fue raudamente desestimado por el gobernador de Malvinas Nigel Haywood
: "Preferiríamos mirar hacia otros lados, hacia otros países que no sean tan hostiles hacia nosotros".

En este clima viciado de tensión, la estrategia argentina de “give peace a chance” sale airosa, al plantarse en la vereda de la racionalidad y la propuesta pacífica, al tiempo que Londres se abroquela en la altanera misión de clausurar todo canal de debate acerca de la soberanía de las islas.

Mientras Argentina legitima su posición concitando el apoyo de una lista cada vez más abultada de organismos y países (incluso por algunas naciones de la región que en otras épocas le eran esquivas, como Chile y Brasil), que le permitirán difundir su visión en cada uno de los foros internacionales con mayor autoridad y prestigio, Inglaterra juega en solitario a los soldados y mueve sus fichas en el Atlántico Sur con animosidad militarista.

Aunque no siempre la historia bendiga la mano de los justos, soplan vientos de dignidad cuando los representantes interpretan el mandato de la soberanía popular, sin servir a otros intereses.