viernes, 18 de julio de 2014

Bombas y Bombardeos

Hoy se cumplen 20 sirenas del atentado a la AMIA, que tuvo como blanco a la comunidad judía argentina. Tenía 8 años cuando, al cortarme intempestivamente la emisión de Elefante Babar, me llegaron esas imágenes del horror que, con toda mi inocencia encima, no lograba descifrar. A los gritos llamé a mi mamá para que me explicara qué estaba pasando, por qué habían cortado los dibujitos, por qué gente revolviendo escombros. Todavía no estaba preparado para entender. Con el tiempo, fui comprendiendo el dolor sin remedio de los familiares de las víctimas, y la impunidad negociada con el poder para obturar el trabajo de la Justicia. En los últimos años se movieron algunas piezas, el Estado se hizo más presente, pero los intentos no prosperaron y la causa sigue en punto muerto. 

Y con el recuerdo vivo de semejante atentado, pensaba que “el pueblo judío” – si se puede hablar de una entidad social y cultural tan imprecisa- ha sido objeto de despiadados ataques a lo largo de la historia. La Solución Final es el más triste exponente de esta negación del hombre por el hombre. Ahora bien, también soy testigo de un fenómeno que me da pena como integrante –seguramente “lejano”, “desvinculado”- de la comunidad judía, que es esa persistencia en la victimización como rasgo de identidad, que lleva a muchos a subrayar antagonismos, a exacerbar los ánimos belicistas, a levantar muros antropológicos (y de los reales también) y por último, a justificar los más salvajes actos violatorios de los derechos humanos, como está ocurriendo en Gaza con esta escalada de violencia basada en la doctrina fascista de la “defensa preventiva” (que en plano interno se complementa con una política de apartheid étnico carente de cualquier principio humanitario). Veo que esta victimización termina disparando una reacción inmunitaria agresiva, con un sentido de alarma permanente, que aunque se base en una lógica de autodefensa, muchas veces termina por perder el control de la manera más cruel.

El conflicto no es nuevo ni es aislado. Tiene como punto de arranque un reordenamiento internacional de posguerra que entre otras efectos dio nacimiento al Estado de Israel en 1948. La inmediata declaración de guerra de los países árabes vecinos dio comienzo a la fase anexionista del incipiente Estado hebreo. Es decir que pese a que la dinámica de los acontecimientos históricos muestra focos de violencia desde los dos extremos, estamos en condiciones de identificar una agresión primera, que da por tierra con la teoría el huevo y la gallina, y hablamos sin rodeos de la ocupación ilegal de tierras más allá de la partición de Palestina aprobada por la ONU. Esto da cuenta de una escala diferenciada de responsabilidades entre uno y otro en el marco del conflicto. Claro que sería imposible hacerle entender a un ciudadano israelí que vive en una zona de riesgo, y al que le llueven misiles de grupos terroristas casi diariamente, o que conoce una familia que perdió a alguno de sus miembros en una situación de esas características, que hay una marco histórico y geopolítico determinante de esas situaciones dramáticas (que cualquier persona de bien tiene que lamentar). Es lógico que la inmediatez de la tragedia impida una análisis más macro del conflicto. Cuando se producen pérdidas humanas, ¿cómo se hace para explicar que es su propio Estado el responsable de una ocupación ilegal de tierras (que se niega a devolver), que incentiva económica y moralmente a ciudadanos israelíes a llevar adelante esas usurpaciones (utilizando a estos colonos como punta de lanza y carne de cañón, poniendo en riesgo su seguridad, tal como hacen organizaciones del fundamentalismo islámico), que niega la constitución de un Estado palestino (más allá del reconocimiento de una autoridad de difusas atribuciones), que bloquea militarmente el acceso territorial a los territorios palestinos y el aprovisionamiento por otros medios que no sean los que facilitan los propios israelíes? El Estado de Israel se jacta cínicamente de ser “solidario” y de ser el único que ayuda con provisiones a comunidades palestinas, cuando les niega cualquier forma de intercambio comerciales con otros países vecinos e internacionales. En realidad, Israel actúa como el guardia penitenciario que le alcanza un plato de comida al prisionero a través de la ranura de la celda. ¿Estamos completamente seguros que eso es "solidaridad"?

Todo este relato descriptivo sobre los abusos y violaciones del Estado de Israel -de la cual obviamente se desprende una toma de posición personal que asumo- se basa estrictamente en un enfoque de derechos, es decir, desde una perspectiva de Derechos Humanos. No me gustaría que alguien descubra en estas palabras algún gesto de animosidad. En efecto, quería aclarar mi indisposición a caer en posturas extremas. Contrariamente a lo que promueven ciertos fundamentalismos, que plantean (cuando no lo llevan a la práctica) borrar del mapa a palestinos o a israelíes (según el enunciador), defiendo con convicción el derecho territorial de un Estado para el pueblo judío, sin correrme un centímetro de la fórmula “Dos pueblos: dos Estados”, según las fronteras dispuestas por Naciones Unidas de 1967. Varias generaciones de israelíes se han arraigado en esa tierra y sería un despropósito y una injusticia hacerles pagar el costo de las acciones de sus antepasados, o de sus gobernantes. Tampoco quiero que se identifique en estas líneas un aval a ciertos planteos absurdos que identifican a Hamas como una organización armada de "liberación nacional". Muy lejos de eso.

En este sentido, se vuelve necesario cortar con el mito de que el que se opone a las prácticas militaristas y colonialistas del Estado de Israel vendría a ser un antijudío (y el judío que se opone al Estado de Israel, un resentido, que desconoce la causa de su pueblo). Nada más falaz y ignorante que ese argumento, merecedor solamente de aquellos que no tienen ganas de ponerse a pensar por un minuto desde una óptica distinta, sea por intolerancia o porque encontró cómodo el traje a medida de víctima, como decíamos más arriba.

También quisiera hacer una crítica a la remanida idea que, desde la otra vereda, algunos esgrimen en torno a que “las víctimas son hoy los victimarios”. No me parece en absoluto que los descendientes de aquellos que fueron masacrados por el nazismo, que -vale recordar-sufrieron una de las peores persecuciones de las que tenga memoria la humanidad, tengan que ser señalados como los responsables de este nuevo genocidio. Las sociedades son complejas, no todos piensan lo mismo, y es probable que incluso muchos de los que sostienen la necesidad de atacar como “legítima defensa”, pueden estar haciéndolo sin ningún atisbo de maldad, porque creen que la guerra es la única vía para la supervivencia del Estado de Israel. Si ese razonamiento fuera cierto, quizás (sólo quizás) uno podría ponerse en su lugar, partiendo del controvertido concepto de que el "fin justifica los medios". Pero la cuestión es que creo fervientemente que están equivocados en cuanto a la necesidad de contestar con violencia, y que los equivocados dentro de la sociedad israelí son evidentemente mayoría porque no es casual que, por ejemplo, el poder en ese país esté en manos de un gobierno de ultraderecha pro-guerra. Eso, sin embargo, no los convierte en victimarios. En toda caso, podremos hablar de un grado de complicidad que la historia se encargará de revisar oportunamente.

Creo que el error sistemático en el que muchos activistas de la comunidad recaen es en el hecho de creer que un bombardeo o un ataque terrestre homicida del Estado de Israel sería representativo de los anhelos de seguridad de la comunidad judía toda, como si el Estado de Israel fuera una cristalización transparente y punto por punto del colectivo social judío, que es mucho más complejo que lo que marcan esos contornos. La heterogeidad de la comunidad judía, por suerte, excede holgadamente a aquellos que pregonan la necesidad de contrarrestar las ofensivas de organizaciones fundamentalistas utilizando la potencia tecnológica (infinitamente superior) de un Estado que aplica el terror como doctrina. Ni siquiera es válida la interpretación de la “teoría de los dos demonios”, cuando es evidente que no existe ningún tipo de equivalencias. Ni hablar cuando se justifican los "bombardeos programados", como si el mero hecho de avisar dónde y cuándo van a caer las bombas le quitara un gramo de crueldad al hecho de BOMBARDEAR territorios donde vive gente. Un delirio por dónde se lo mire. Un debate inexistente.

Cada vez que reaparece un nuevo episodio del conflicto en Medio Oriente, no es infrecuente escuchar a gente de la colectividad que defiende los ataques preventivos como salida "inevitable", planteando que las agrupaciones extremistas al "arrinconar" al Estado de Israel no le dejan otro camino para defenderse que el de atacar de forma contundente. El razonamiento actualiza una operatoria ideológica por la cual la victimización actúa como medio para legitimar lo que sea, aún cuando se trate de desparramar muerte y destrucción a una escala siniestra. Es probable que la mayoría de esas personas que adhieren a la política exterior de Israel estén teóricamente de acuerdo en la "convivencia" entre pueblos o que incluso una porción más reducida de ellos apoye el reconocimiento soberano de Palestina como Estado homólogo. Si consideramos -como suscribe quien firma estas líneas- que los ataques bélicos atraen mayor violencia, alejando cualquier opción de tregua y entendimiento, no queda más que leer hipocresía en semejante contradicción: de nada vale hablar de "paz", de "convivencia", cuando se justifican las colonias y los bombardeos por "razones de seguridad". ¿Es posible apoyar la guerra y la paz al mismo tiempo? ¿La guerra es un instrumento que apunta a "asegurar las fronteras", por lo tanto, a la paz? Hacerse esas preguntas es fundamental para tirar por la borda los fetichismos alrededor del tema.

Las palabras bienintencionadas -sin llevarlas a la práctica- se las lleva el viento si no van acompañadas de actos concretos (concesiones) que apunten a la paz como horizonte. Para darle una oportunidad a la paz, el Estado de Israel tiene que asumir el riesgo de devolver las tierras. La pelota está de su lado. Las pretendidas "garantías" de seguridad de las fronteras no van a llegar nunca. Eso es un riesgo que hay que asumir, porque es cierto que un escenario no del todo descabellado podría ser que al día siguiente de declarar el retorno a las fronteras de 1967, Hamas le declare la guerra a Israel, como ya ha ocurrido en otras crisis. Pero postergar indefinidamente la iniciativa es la mejor forma justificar la perpetuidad del statu quo. El mensaje que hasta ahora llega es desesperanzador, porque nadie parece dispuesto a asumir ese riesgo.

Aunque a esta altura de los acontecimientos parezca ingenuo, creo que sería un paso monumental correr el eje del debate, para dejar de pensar en clave Israel vs Hamas, y empezar a ubicar el conflicto como un conflicto entre dos pueblos y dos Estados: Israel y Palestina (el segundo negado por el primero), donde hasta ahora la idea de la convivencia pacífica no ha tenido la suficiente fuerza como para imponerse. De ninguna manera se sugiere a partir de lo dicho justificar el accionar nefasto de los grupos fundamentalistas, con métodos absolutamente condenables. Lejos de eso, se propone hacer el esfuerzo de entender el conflicto como un todo histórico, en el que la ocupación, como toda ocupación ilegítima (y como pecado original), genera resistencias, que en algunos casos no se canalizan por la vía pacífica, sino que asume lamentablemente la peor de las caras en el contexto de una guerra. Esas resistencias, a su vez, atraen represalias desmesuradas por parte de quienes dominan los resortes tecnológico-militares del Estado, cuya ideología maniquea y perversa los conduce a excitar el sentimiento patrioteril chauvinista de su población a través de la vía bélica, como ocurrió en nuestro país en 1982 con algunos generales trasnochados que necesitaban un golpe de efecto que resucitara a un régimen en plena agonía.

Termino con un pensamiento que a muchos les puede resultar provocador, pero que no me deja de dar vueltas por la cabeza: los que interrumpieron la emisión de Babar, volando la mutual de AMIA, aún fatalmente equivocados, también se sentían víctimas de algo. Y no por eso dejaban de ser unos asesinos hijos de puta. 

Linchamientos: la noticia que segrega

¿Cómo se hace para matar todos los días un poquito más, imperceptiblemente, a una sociedad herida por la marginación social?

Canales de televisión, periódicos y revistas, estaciones de radio, todos consustanciados con una polémica que duele tanto como que vende titulares, propagando una visión miserable, clasista, de que los sectores medios deben cerrar filas para atacar al hostil que viene tomar lo ajeno. El "pibe chorro" es ese otro perteneciente al escalafón más vulnerable de la pirámide social, condicionado en su comportamiento por la violencia simbólica y real de una cultura que se rinde al consumismo como única vía de realización, y que condena a los que "no tienen" a una existencia que sólo es entendida como carencia. Si salen a arrebatar carteras o no es secundario, son "pibes chorros" antes de salir a robar, porque lo que realmente perturba a esos pibes es tener marcada en la frente un destino que no eligieron para sí mismos. Y es esperable que ante semejante violencia cotidiana, en un intento desesperado por "pertenecer", y por borrar esta etiqueta perversa que le calaron en la piel cuando nacieron, algunos de ellos opten por la vía delictiva. El problema es anterior al linchamiento, que es una forma de canalizar el odio de clase por parte de un colectivo social que todos los días elige mirar para otro lado. Incluso el origen del problema es previo a la tentativa de robo. La sociedad merece, en este sentido, un profundo ejercicio de introspección sobre las causas culturales y estructurales que llevan al penoso desenlace de que un pibe se levante a la mañana con la determinación de salir a robar, utilizando los medios de coacción física a su alcance.

El linchamiento desnuda las peores miserias del género humano, porque se instala sobre la asunción de una comunidad que ha perdido cualquier tipo de lazo afectivo con el otro. Ahora bien, estos actos punitivos “espontáneos”, que pueden terminar en homicidios agravados como ocurrió tristemente en Rosario, no surgen de la nada, sino que se producen sobre un terreno ideológico que se va preparando a través de una confluencia de elementos, entre los cuales lo mediático ocupa un papel preponderante, por el nivel de difusión  y circulación de sentidos sociales sobre amplios sectores de la sociedad.

La repetición de dos o tres casos de “ajusticiamientos” (eufemismo de homicidios o tentativa de homicidio), de fuerte impacto mediático, genera un efecto de naturalización y generalización que es transmitido como sentido común a la audiencia. Aunque no suscribamos a la teoría de la omnipotencia del emisor, sabemos que la reiteración de un mensaje genera efectos sobre la opinión pública. En este caso, podemos hablar de un estado de alarma social que se activa frente al mensaje remanido de que hay un Estado ausente, con lo cual la única alternativa viable sería tomar la Justicia en las propias manos, reventándole los sesos a quienes son señalados como los tomadores de lo ajeno.

Sabemos que allí hay una construcción argumental que es propicia a la legitimación de ciertos discursos de las clases dominantes (y de las expresiones político-partidarias que las representan), que entienden que es en la exacerbación del miedo y el rechazo de una parte de la sociedad a los sectores más empobrecidos donde se cifran sus posibilidades de éxito. Y esto resulta bastante evidente cuando notamos que los llamados “ajusticiamientos de pobres contra pobres” (que son aquellos que se producen en los barrios humildes y villas de emergencia cuando vecinos enfurecidos salen a escrachar y apedrear a, por ejemplo, presuntos violadores, o a policías volcados al gatillo fácil) no tienen pantalla, o al menos no merecen la misma atención ni despiertan el mismo afán de reflexión y debate público. Tampoco son secuenciados como una “ola”, sino que emergen en pantalla de forma esporádica desde hace años, sin un elemento visible de concatenación. La razón es simple: la clase media está ausente en estos episodios de violencia. En los “ajusticiamientos de pobres contra pobres”, las “víctimas coinciden exactamente con el esterotipo de “pibe chorro”. Bien podría referirse a una “ola” de linchamientos, pero no se hace porque no pone en escena un peligro a la seguridad de los sectores medios.  Y eso no vende, o al menos podemos afirmar que vende mucho menos. De la misma forma que la violación y asesinato de Ángeles Rawson en Palermo vende mucho más que episodios similares ocurridos todos los meses en distintas villas de emergencia del país.

Dicho esto, es preciso aclarar que la mayoría de los comunicadores tomaron un discurso “políticamente correcto” en relación a la barbarie de los ataques de los linchadores, destacando la falta de sujeciones morales y la cobardía de estos actos. Por eso, el análisis que se desprende de esta crítica de medios se encauza en otro eje, que pasa por señalar el carácter clasista en el criterio de noticiabilidad y de agenda setting de los medios, en tanto y en cuanto no reflejan con la misma intensidad los casos de “ajusticiamamientos” que se suscitan todas las semanas en las barriadas más carenciadas, precisamente porque no afectan la integridad física y jurídica de quienes son los destinatarios privilegiados del mensaje mediático: las clases medias. El corolario es la naturalización de la desigualdad simbólica entre clases, ya que parecería que los sujetos populares no merecieran el mismo interés y preocupación por parte de la prensa dominante. Esto pone en evidencia la necesidad de pensar nuevos paradigmas de comunicación popular y alternativa, pero ese es otro dilema.

Para terminar, una pregunta retórica. Quienes nos ubicamos en una posición crítica frente a los discursos dominantes que circulan en los medios acerca de la “inseguridad”, y en particular frente al drama de los linchamientos, ¿estamos contribuyendo a la paz social cuando nosotros también seguimos dando de comer a una polémica cuya continuidad en el centro del debate público favorece asimismo la continuidad por contagio de estos brotes de violencia contra los excluidos sociales? ¿No estaremos echando más leña al fuego? Mi primera reacción frente a esta autopregunta es que así como la palabra tiene una potencialidad negativa en cuanto a los efectos que acarrea sobre lo real, también puede abrigar una capacidad sanadora, en la medida en que se pongan al servicio de deconstruir las lógicas de los discursos hegemónicos que atraviesan a la opinión pública.

miércoles, 13 de junio de 2012

El lado B de la entrevista en el Palacio Duhau




Convengamos que el barrio de Recoleta es de una paquetería rutilante, abarrotada de credenciales de la alta cultura. Cualquier porteño con un poco de calle y sentido común es consciente de los repertorios que rigen dentro de sus fronteras: consumos de boutique, mansiones enjauladas con guardianes celosos, descapotables importados, tribuna de doctrina y señoras de café francés y buraco vespertino.

El Palacio Duhau, sobre la Avenida Alvear, es un exceso de la misma sustancia. Es acaso el ícono más puro de una aristocracia blindada, que se ahoga en la fragancia de sus “buenas costumbres”. Fortaleza neoclásica de la Belle Époque, de esa Buenos Aires de principios de siglo que se espejaba en la Ciudad Luz, tan distante pero tan cercana a la vez. Metáfora de la resistencia frente a la chusma,  y las sucesivas mareas del inframundo que amenazaban con eclipsar el brillo de su opulencia. 

Hasta allí llegué yo, montado sobre mis propios prejuicios, en ocasión de una nota que debía hacer para el Gran Diario Argentino, acerca de un programa global de formación de líderes de la financiera internacional HSBC. El evento de cierre del programa se realizaría justamente en los salones del palacio, donde desde el 2006 funciona el Park Hyatt Hotel. Allí estarían presentes los ejecutivos de la filial argentina y ochenta empleados de gerencia media de 22 países del mundo. Estos mandos intermedios tuvieron la gracia de ser elevados filosóficamente a la categoría de “líderes del mañana”, de acuerdo a los parámetros ideológicos de HSBC. Por ese motivo, fueron convocados a trabajar en proyectos sustentables en varias localidades del interior del país, durante el lapso de una semana. Mi misión allí sería entrevistar a los organizadores y participantes del programa “Next Generation”, y sacar a la luz pública una nota “gacetillera”, explicando las bondades del costado “sustentable” de la corpo financiera. A cambio de seiscientos pesos, poco más poco menos.

Santiago, el gerente de Comunicaciones me esperaría en la puerta del lobby del hotel. Las suntuosas marcas de los automóviles aparcados frente a la puerta delataban mi condición de outsider. Si bien había tenido la precaución de calzarme mocasines y una camisa Newman, mi barbita recortada de campamento juvenil, y mi jean negro arrugado definitivamente desentonaban con el look de traje y corbata que exigía la ocasión. En todo caso, podía legítimamente echarle la culpa a mi profesión: está aceptado socialmente que los periodistas cultivamos un estilo “rotoso”, como me había dicho días atrás mi editora.

Rotoso y todo, me abrí paso a través de las escalinatas circulares hacia el encuentro de Santiago, sin poder evitar las miradas inquisitorias de los mayordomos a traje pingüino que custodiaban la entrada, atentos a cada pormenor fuera de protocolo. La voz entre reverencial y concheta de Santiago le confirió un aura de solemnidad a la bienvenida, que encendió en mi interior una lucecita de alerta. Me condujo hasta una lujosa y amplia sala de reuniones, equipada con sandwichitos de salmón y agua mineral Gota. Evián era agua de estanque en comparación con Gota, cuyo sofisticado packaging saldría posiblemente más dinero que un viaje en taxi hasta mi casa.   

En fin, el menú gastronómico me entretuvo mientras esperaba a los entrevistados. Luego, Santiago desenrolló una suerte de presentación oficial de HSBC: su cultura empresarial, su presencia en el mercado global, su política de sustentabilidad, su estrategia de formación de talentos, y continuaba la engorrosa lista. Confieso no haber podido seguir el desarrollo del acartonado discurso con genuino interés. Se debe haber notado. Sentí aún más culpa cuando me ofreció disculpas por hacerme esperar, mientras me almorzaba sus sandwichitos de salmón y me sacudía las miguitas de mi jean arrugado. En el Palacio Duhau.

Pasados unos días de la entrevista, entendí que las muestras de respeto hacia mi presencia “rotosa” me generaban incomodidad, o algo parecido. Me trajo alivio la llegada de la intérprete, quien traduciría mis preguntas y las respuestas de los angloparlantes. Una mina “del palo”. En una charla casual que tendría después con ella, me enteraría que era de Boedo, y que había venido en bicicleta con ropa deportiva. Se había “disfrazado de intérprete seria” en el toilette de un café aledaño al hotel.

Después entró en escena la directora de Recursos Humanos, seguida de un tropel de “líderes del mañana” de HSBC. Los tocados por la varita del destino. Talentos en bruto que manejarían los hilos futuros de la financiera. Tenía delante mío a diez empleados de rango medio y un sponsor, un pez gordo dentro de la compañía que guió “espiritualmente” a los herederos durante el “field challenge” del programa. El sponsor era el CEO de HSBC Malasia, quien antes de jugar en las grandes ligas de la financiera, había pasado por el mismo “bautismo de fuego” que la actual camada de “líderes del futuro”.

El escenario me seguía pareciendo extravagante, y cada vez cobraba un cariz más claustrofóbico y opresivo. Estaba encerrado en una sala con sujetos de distintas partes del mundo, en un ámbito corporativo. Se jactaban de haber vivido “modestamente”, en el “mismo estilo” que las comunidades que asesoraron, de haberse alojado en hoteles de “baja categoría” (es decir, no de cinco estrellas, como ameritaría su status), mientras se regocijaban con la pompa exorbitante que les prodigaba el Park Hyatt Hotel. Pero lo más grotesco de todo el asunto es que todos ellos, absolutamente todos, se reconocieran como “líderes del futuro”, y confesaran sus apetitos de escalar en la pirámide corporativa, ahorrándose cualquier expresión de modestia (que sí habían declarado exhibir durante la convivencia en las comunidades).

A mi modo de ver las cosas, aquellos que se asumen como líderes naturales me resultan francamente sospechosos. Lo que me hace pensar que todo el despliegue corporativo en torno a los proyectos de “sustentabilidad” era una puesta en escena de la financiera para incitar las ambiciones de liderazgo de sus hombres de negocios. Con una mano de pintura de “sensibilidad” por la causa sustentable. O un lavadito de imagen. O simplemente marketing. Como sea, se olfateaba un tufillo de hipocresía en todo el asunto.

Con el correr de la entrevista múltiple, algunos líderes se fueron aflojando, y se empezaron a escuchar expresiones más sinceras, que ponían las cosas en su debido lugar, en un orden más coherente con la filosofía de una multinacional financiera. “La rentabilidad es lo que asegura que haya una continuidad de los proyectos”. “Nuestra propuesta es que dejen de producir localmente bombas de agua y empiecen a importar a menor costo”. “Convencimos a la comunidad de aborígenes Warmis que la mejor forma de desarrollar su identidad es explotar el turismo cultural”. Yo tomaba nota de todo y, por algún extraño proceso psicológico, me complacía confirmar algunos de mis prejuicios.

A medida que iba terminando las entrevistas con los líderes, éstos se iban levantando de la mesa, como si se hubieran sacado de encima un trabajo,  como si declarar lo que debían declarar a la prensa fuera su última obligación de agenda, conforme a lo programado por la organización. Ya podían volver a sus países. Me sentí un poco usado, pero tampoco es que me importaba demasiado.

Me fui  de la entrevista enredado en mis pensamientos, sin poder determinar si convertirse en líder involucra una búsqueda personal autónoma o supone cumplir con los mandatos de la sociedad capitalista. Pero también me fui con una mochila y una remera Fila bajo el brazo, cortesía de HSBC. "Capitalismo humano", le dicen.

La empleada

1) Me gusta almorzar en lo de mi abuela los sábados al mediodía. Aunque cada vez el clan reúna menos comensales alrededor de la mesa, hay algo de ritual que permanece, evocando un orden familiar que en los últimos tiempos viene sufriendo algunos cimbronazos. Lo que se mantiene intacto es el pollo a la almoronía, manjar sefaradí digno de tantas estrellas Michelin como existan en el cosmos culinario.

Párrafo aparte, merece una escena que me inocula una fuerte dosis de vergüenza ajena. Un mes atrás me encontraba tocando el timbre del departamento de mi abuela. Mientras aguardaba la respuesta del portero eléctrico, salió presurosa una señora muy paqueta, vestida con un llamativo tapado animal print. Emitía un denso olor a perfume de free shop. Como era de prever, me cerró la puerta en la cara. Mis zapatillas Topper o mi barbita de varios días configuraban un perfil poco confiable para ella.  No la vamos a condenar por eso. Después de todo, cualquiera habría actuado del mismo modo. Ahora bien, el tufo concentrado a perfume que dejó a su paso merecía, por lo menos, una carta documento.

Bajó a abrirme Margarita, la señora que ayuda a mi abuela con los quehaceres domésticos. Sin pensarlo dos veces, me dirigí al ascensor principal. En ese momento Moisés partió el mar en dos: Margarita no me siguió y encaró hacia el elevador de servicio. Y no precisamente porque me desafiara a una carrera por ver quién llegaría primero al séptimo.


Mientras se alejaba, la llamé con la intención de compartir viaje en el ascensor principal. “Somos todos flacos”, le solté clásicamente, pero no había modo. La prohibición de utilizar el ascensor principal es una norma no escrita, pero probablemente con mayor peso vinculante y coercitivo que el estatuto de convivencia del edificio. Para ella era tan natural ocultar su presencia “de servicio” como lo es para mí cruzar la calle por la mitad de la cuadra.

La ideología irrumpe en la escena del ascensor de forma nítida. Por un lado, “la razón cínica” que propone el filósofo Sloterdijk se expresa en el aval de los propietarios a la distinción social: “ellos saben lo que hacen, pero aún así lo hacen”. Es decir, ellos entienden la lógica de distinción por clase que opera a través de las dos categorías de ascensores, pero aun conociendo este dispositivo de discriminación, lo fomentan, y no les temblaría el pulso para llamar la atención de la “sirvienta” que osara pervertir las reglas de facto, haciéndose pasar por lo que no es. El edificio es un laboratorio donde se ensayan las jerarquías del ordenamiento social, con ciudadanos Premium y de los otros.   
Un segundo nivel es que Marx resumió en la idea de que “no saben lo que hacen, pero lo hacen”. No quisiera ser tan concluyente, pero apostaría a que Margarita tiene asumido su lugar dentro un mundo donde las reglas las ponen los demás. Está tan sumida en la ideología que no se cuestiona si esos códigos avasallan la dignidad de su persona.

La batalla cultural estará perdida en cuanto no asome en las víctimas conciencia de la segregación que sufren, en cuanto sigan confundiendo una costumbre deshonrosa con “el” orden natural e inmutable de las cosas.

2) Una imagen que anduvo circulando esta semana en las redes sociales. Una señora de la burguesía porteña sosteniendo del brazo a su empleada, y ésta golpeando maquinalmente una cacerola de teflón, acaso cumpliendo con horas extra. Sospecho que la foto debe de haber sido tomada en las movilizaciones del 2008, cuando el conflicto por la 125. En todo caso, el significante funciona del mismo modo, porque la referencia de fondo sobre la que ancla el sentido reproduce casi nostálgicamente aquellas tormentosas jornadas en que una parte de la sociedad protestó contra una medida de gobierno que afectaba los intereses económicos de unos cuantos poderosos. Y una clase media servil que aunque no se vea afectada, se acopla al concierto de indignados VIP, con apetito de formar parte alguna vez de la orquesta estable.

La señora podría salir a sacudir la cacerola sin ayuda de nadie, pero no se lo permite. La cacerola es un exotismo discordante con su ADN. La señora tiene problemas más urgentes que los de llenar la cacerola, como recuperar la libertad para empapelar el dormitorio de billetes verdes, pero al menos sí es consciente de algo: que la cacerola pertenece a ese tan poco explorado territorio de su casa: la cocina. El lugar de la empleada.

La señora no tiene tiempo de poner en blanco a la empleada, pero sí de sacarla a pasear a Plaza de Mayo para demostrarle al régimen que no hay lucha de clases cuando están en juego los valores morales de la república.

Esa es la imagen del país que gente honrada como la señora quiere comunicar: un país donde los que siempre tuvieron nunca se rebajen a sostener una cacerola por el mango, y una sociedad “de servicio” disciplinada, que acepte que la rutina de su condición biológica es aguantar el llanto de las cacerolas vacías.


3) Si hubiera que relatar lo sucedido de acuerdo a las normas tácitas del edificio de mi abuela, entonces yo habría “aceptado la invitación” de “acompañar” a Margarita, la empleada de mi abuela, a subir al séptimo por el ascensor de servicio.

Margarita debe haber captado que no me hace gracia utilizar ascensores distintos para llegar al mismo lugar, como si hubiera necesidad de subrayar la frontera entre dos clases de personas.

Me arriesgo a suponer que Margarita se debe haber sentido a gusto con que yo haya querido compartir el viaje en ascensor con ella, accediendo a incursionar en esa parte hermética del edificio que ella siente más propia, menos ajena. En realidad, no era eso, sino que me parece absurdo y vergonzoso que la humanidad haya llegado al punto de diseñar un acceso alternativo para los empleados de servicio.       

“A la señora del tercero le desvalijaron todo el departamento. Fue la empleada, que es peruana. Se fue con todo y no volvió”, me dijo Margarita, como para sacar un tema cualquiera de conversación. Pero no era cualquier tema. Ella pensaría sinceramente que yo me sentiría cómodo con la explicación de que el delito puede comprenderse a partir de la nacionalidad de los sujetos, y que a partir de esa base teórica podríamos entendernos. Ello buscó conformidad donde no lo había, acaso convencida de que alguien de mi “clase” debería pensar la sociedad en esos términos.

Me molesté, pero no con ella. Más bien  me asaltó una suerte de culpa de clase. El prejuicio de Margarita no podía encasillarse dentro de los borrosos marcos de la casualidad. Si ella me identificaba dentro del colectivo que abonaba el estereotipo del “chorro extranjero”, sería porque efectivamente observó que muchos de los de “mi clase” cultivan ese sentido común, tan nocivo culturalmente. La repetición del prejuicio -también en estratos medios-bajos como el de Margarita- genera un espiral de violencia simbólica alrededor de la figura del extranjero, que queda inevitablemente atrapado en el estereotipo.


jueves, 15 de marzo de 2012

Malvinization






Algunos analistas de la oposición mediática atribuyen la “malvinización” de la agenda pública a una presunta obstinación del oficialismo por reabrir una herida del pasado en clave populista, para distraer la atención acerca de otros temas más relevantes de la arena nacional.

Por ejemplo, Jorge Lanata calificó como una “una locura” y un “sin sentido” la política del gobierno en relación a las Islas Malvinas. Con un mensaje provocador, incluso para muchos de sus camaradas del antikirchnerismo mediático, el periodista refirió a Malvinas como parte del territorio británico: “Tenemos que afrontar el hecho de que hemos perdido la guerra. Malvinas no es parte de Argentina, es parte de nuestra imaginación. Estamos tan cegados por años de retórica que no podemos ver la realidad".

En el mismo sentido se expresó Sylvina Walger, en una columna para la tribuna de doctrina mitrista: “Sorprende que la actual dirigencia argentina no conozca la diferencia entre ganar o perder una guerra. Las guerras se ganan o se pierden, no hay intermedio. Al vencedor no le importa si el que la desató fue Calígula o los kirchneristas. Al perdedor no le caben las protestas sino someterse”.

Para estos escribas de los medios dominantes, la reivindicación de la soberanía sobre las islas no sería otra cosa que un ejercicio hipócrita de imaginación, el producto de una negación histórica, de una derrota no reconocida. Como si el sentido de justicia pudiera dirimirse fácticamente al fragor de una guerra. O como si la justicia no debiera importar cuando el oponente se muestra infranqueable en el campo de batalla. La visión de no cuestionar los factores de poder (se propugna como contrapartida “someterse”) es compartida por muchos de los conspicuos editorialistas de la prensa nacional. 

La postura de Lanata y Walger en contra de reclamar la soberanía es paradójica, ya que la posición de Argentina es asistida por el derecho internacional (Resolución 1514 de las Naciones Unidas sobre la concesión de la independencia a países y pueblos coloniales, y Resolución 2065 del mismo organismo que insta a las autoridades de ambos países en entablar una mesa de negociaciones para discutir la soberanía). Tampoco es fruto de ensoñación el hecho de que las Malvinas se encuentren dentro de la zona del Atlántico Sur, a tan sólo 464 km al este del suelo continental argentino.

Para ciertos paladines de la inteligentzia argentina, como para los británicos, no son aquellos fundamentos válidos para declamar la potestad argentina sobre el archipiélago. Hace unos días, salió a la luz un documento titulado “Malvinas: una visión alternativa”, firmado por 17 intelectuales entre los que se destacan Beatriz Sarlo, Fernando Iglesias, Pepe Eliaschev, Juan José Sebreli, Hilda Sábato, Luis Alberto Romero, Roberto Gargarella, Daniel Sabsay y el propio Jorge Lanata, entre otros. En la misiva, sostienen con llamativa vehemencia el derecho a la autodeterminación de los isleños.

Uno podría preguntarles por qué motivos no defienden con el mismo ímpetu militante los derechos de los pueblos originarios, que sufren las consecuencias de una política histórica de excusión y exterminio. O bien, estos patriotas podrían imaginar dónde se pararían si la comunidad galesa de Gaiman decidiera, tras un plebiscito popular, fundar formalmente una nación en la Patagonia.

Más allá del oportunismo de ciertas plumas que buscan anidar en las primeras planas nacionales tocando una fibra sensible de la memoria popular como Malvinas, habrá que reconocer que la apelación al derecho a la autodeterminación de los kelpers podría ser una carta negociable para los británicos en una eventual mesa de diálogo (que vienen sistemáticamente retaceando pese a las reiteradas recomendaciones de los organismos internacionales).

El Reino Unido invadió las islas en 1833, y desde entonces pasaron a formar parte del botín de conquista del Commonwealth. Posteriormente a dicho pecado original, varias generaciones de colonos echaron raíces en suelo isleño y desarrollaron un estilo de vida que tributa a los usos y costumbres británicos. Podrá alegarse legítimamente que esas nuevas generaciones no tienen responsabilidad sobre las prácticas colonialistas de sus antepasados, como tampoco podría objetarse la identidad estadounidense de los habitantes de California, provincia que perteneciera al Estado mexicano hasta 1948, cuando fue anexado tras una guerra entre los dos países fronterizos.

Sin embargo, el argumento deja al descubierto un flanco débil, explicitado por la presidenta tras anunciar la desclasificación del informe Rattenbach. Si la soberanía de las Malvinas fuera transferida, nadie exigiría a los kelpers la tramitación compulsiva de la documentación de identidad argentina, ni tampoco se les impondría un plazo para migrar a otros países. Se sabe que Argentina tiene históricamente una política migratoria de puertas abiertas, avalada por su Constitución y legislación vigente.

En segundo lugar, resulta un tanto controvertido invocar el derecho a la autodeterminación cuando es a favor de los intereses de una potencia imperial. Históricamente, este derecho es reclamado por los pueblos de origen –y no transplantados como es el caso- que buscan liberarse del yugo imperial. El nivel de hipocresía se torna más palpable si se considera que la Corona británica no concede a los isleños la potestad de elegir a sus autoridades. El gobernador es señalado por el dedo monárquico. Resulta no menos que dudosa la apelación a escuchar el deseo de los kelpers, cuando éstos no reciben de parte de su “patria” ni siquiera el grado de sujetos de derecho. Sin mencionar el hecho de que uno de cada tres habitantes de Malvinas fue trasladado desde Inglaterra para efectuar ejercicios militares.

La estrategia del Reino Unido consiste en remarcar permanentemente que el estado de conflicto deriva de la decisión de la dictadura de Galtieri de embarcarse en un conflicto bélico. El lobo se viste de cordero recordando la temeraria decisión de la Junta Militar argentina en 1982, cuando ésta resolvió intempestivamente iniciar una conflagración con resultados desgarradores para la memoria colectiva de nuestro país. De ese modo, Gran Bretaña explica su prepotencia militar en el Atlántico Sur como la aplicación de criterios de estricta defensa de sus posesiones de ultramar.

En este contexto, la decisión del gobierno argentino de divulgar las consideraciones del informe Rattenbach, una feroz autocrítica militar acerca de las operaciones militares que derivaron en la guerra de Malvinas, resulta una medida acertada en lo táctico.

A través de la condena pública de la actitud de los militares que ordenaron la ocupación de Puerto Argentino, el gobierno nacional viene a expresar que la disposición de un régimen de facto no puede ser tomada como antecedente institucional que deba cargar el pueblo argentino, precisamente por la falta de representatividad de un gobierno de tales características. La ocupación de las Malvinas no fue un instrumento plebiscitado, no se erigió como emergente de la soberanía popular, sino por obra trágica de la inspiración providencial de un grupo de generales (más allá del consenso que la iniciativa bélica supo despertar en una parte de la población).   

La maniobra de victimización del Reino Unido tiene como telón de fondo una puja de intereses en torno al control de los recursos naturales
(pesqueros, petrolíferos y carburíferos) y el dominio de un enclave de gran valor estratégico militar en el Atlántico Sur. Eso explica que Londres asigne una desproporcionada parte de su presupuesto a tonificar la economía de este dominio territorial tan distante de sus costas.

Tanto el arribo previsto de un potente buque destructor a las costas del archipiélago como la reciente visita del príncipe William con atuendo castrense, en ocasión de un sobreactuado entrenamiento militar fueron leídos tanto por funcionarios como por la opinión pública argentina en general como una provocación directa, en el marco de los esfuerzos argentinos por encauzar el conflicto por la vía del diálogo y la negociación diplomática. “El pueblo argentino lamenta que el heredero real arribe a suelo patrio con el uniforme del conquistador y no con la sabiduría del estadista que trabaja al servicio de la paz y el diálogo entre las Naciones”, rezaba un comunicado oficial de cancillería.

La reacción del gobierno argentino no se hizo esperar. Una de las primeras medidas fue decretar la prohibición del tránsito naval entre Malvinas y el continente argentino, al tiempo que se consiguió el apoyo de la mayoría de los países sudamericanos para impedir que los buques con bandera de Malvinas atraquen en sus puertos. También se giró al Senado un proyecto que prevé sanciones económicas para las empresas que operen en Argentina y que estén participando de emprendimientos petroleros en el archipiélago. La ministra de Industria Débora Giorgi se encargó personalmente de exigir a empresarios de firmas nacionales y multinacionales que reemplacen insumos importados de Gran Bretaña. La gobernadora de Tierra del Fuego, por su parte, sigue vedando el ingreso de buques con bandera británica en el puerto de Ushuaia.

La escalada verbal entre Argentina y Gran Bretaña trepó a alturas imprevistas cuando Cristina Fernández de Kirchner fue notificada de las operaciones de exploración y perforación sobre yacimientos de petróleo en plataformas offshore por parte de compañías como Desire Petroleum, Rockhopper y Falkland Oil and Gas. Fue entonces cuando el ministro de Relaciones Exteriores Héctor Timerman denunció la presencia de armamento nuclear en submarinos ingleses que patrullan las costas de Malvinas.

En el acto de apertura de sesiones ordinarias del Congreso Nacional, la presidenta instruyó al canciller para renegociar los acuerdos suscriptos por Argentina y Reino Unido en 1998, con el objeto de elevar de dos a tres vuelos semanales entre las Malvinas y el continente americano. El proyecto de la jefa de Estado es que dichos vuelos sean operados por la aerolínea de bandera nacional desde Buenos Aires, y no por LAN desde Punta Arenas.

La ofensiva argentina en lo comercial para afectar los intereses británicos parece entrar en una zona de contradicción con el gesto integracionista de Cristina de aumentar la cantidad de vuelos. Este cronista juzga que tanto el integracionismo como el aislacionismo pueden constituir estrategias válidas, pero superpuestas generan un efecto de confusión.

Como fuere, el ofrecimiento del Estado argentino fue raudamente desestimado por el gobernador de Malvinas Nigel Haywood
: "Preferiríamos mirar hacia otros lados, hacia otros países que no sean tan hostiles hacia nosotros".

En este clima viciado de tensión, la estrategia argentina de “give peace a chance” sale airosa, al plantarse en la vereda de la racionalidad y la propuesta pacífica, al tiempo que Londres se abroquela en la altanera misión de clausurar todo canal de debate acerca de la soberanía de las islas.

Mientras Argentina legitima su posición concitando el apoyo de una lista cada vez más abultada de organismos y países (incluso por algunas naciones de la región que en otras épocas le eran esquivas, como Chile y Brasil), que le permitirán difundir su visión en cada uno de los foros internacionales con mayor autoridad y prestigio, Inglaterra juega en solitario a los soldados y mueve sus fichas en el Atlántico Sur con animosidad militarista.

Aunque no siempre la historia bendiga la mano de los justos, soplan vientos de dignidad cuando los representantes interpretan el mandato de la soberanía popular, sin servir a otros intereses.

Hechura




“Hechura de la ley”, se escucha esporádicamente en boca del algún sinvergüenza con ínfulas intelectuales. El uso de la palabra “hechura” siempre me resultó  un acto sospechoso, inherente a una personalidad estrafalaria, que busca toscamente producir una impresión acústica viscosa, de difícil remoción. En dicho gesto reside su (horrorosa) eficacia.
El acento en la “u” de “hechura” es repugnante y ciertamente corrosivo. No sólo los oídos son víctimas de su prepotencia. Está fisiológicamente comprobado que una inadecuada sonoridad (una sonoridad vulgar, apócrifa, como la que nos ocupa) repercute en las zonas más viscerales del organismo. Asoma como una vaga provocación, un débil desafío que genera un temblor en las puertas del buen gusto. Nada que de qué preocuparse aún: la situación es controlable. Pero lo que parecía un simple error de la naturaleza, un mero desapego por la elegancia, un desvío desafortunado en sentido contrario a las sanas lenguas, comienza paulatinamente a precipitar sus efectos en el organismo.
Imaginemos por un momento que ese murmullo sórdido, pero inerme, se vuelve más intenso, más penetrante. Que después de un tiempo de incubación del ruido, logra retumbar con desaforado vigor en las amígdalas. Imaginemos que a fuerza de repetición subjetiva, la desagradable tensión se traslada a las papilas gustativas. Náuseas. Imaginemos que "HECHURA” es ahora un agrio sabor tallado en la garganta con letras mayúsculas. Y no sólo eso, porque tampoco es cuestión de reducir el fenómeno asignándole un valor de cambio meramente lingüístico. No quiero ser grosero, pero ese sabor rancio en la boca, ese escozor amargo y persistente en la garganta, que desciende y se revuelve en las tripas, dejando a su paso inconfesables sensaciones estomacales, transmite fielmente el espíritu de la Mismísima Mierda. Un honor inmundo del que pocos pueden jactarse. Imaginémoslo.
Ni que hablar de la vulgaridad de la palabra. No propongo en estas líneas el destierro aristocrático del lenguaje, pero convengamos que “hechura” –su exposición a oídos ajenos- es too much. Basta con salir a la caza de una posible familia de palabras para dar cuenta de tamaño despropósito del término. Hechura: primogénita del Emperador Lechuga, criada por su madre Doña Lechuza, se enfrentó en el campo de batalla a las huestes rebeldes de su primo hermano, el coronel Achura, dispuesto a usurpar el trono de su Majestad Lechuga. Murió envenenada por su hermano Pechuga, quien tras el crimen quedó como único heredero.
“Elaboración” de una ley. “Realización”, “confección”, “diseño”. Cuántas otras formas de nombrar una misma cosa. O cómo es posible que una misma cosa se mantenga prácticamente idéntica a sí misma aún cuando la materia significante varía. Pero no…hace falta incitar a terceros, hace falta despertar los más bajos prejuicios del otro.    
Dicho esto, paso a señalar que la persona que profiere ese sonido insultante –“hechura”- es muy posiblemente un embustero, un Señor Embustero, que va por la vida vendiendo humo, para disimular sus propias miserias. Es un miserable zángano humano que quiere demostrarse a sí mismo que pertenece a este mundo, que no es un inmundo infeliz como los demás dicen -cómo él se dice que los demás dicen-, y para demostrarlo practica la avaricia, el cálculo y el desdén. Es, con una alta probabilidad, alguien que revisa la cotización del dólar todos los días, que raciona la cerveza en las cenas con amigos o colegas, que responde con sorna cadenas de mails. Y es alguien que claro…intenta llamar constantemente la atención con palabras agraviantes como “hechura”.  
O será que uno es demasiado sensible al pedo, y lo ignora. O hace que lo ignora. O no lo ignora un carajo y por eso escribe lo que escribe.

Crónica de una mala racha




Por Sebastián Hadida


Una muchedumbre de apostadores se agolpa en la rotonda de exhibición del Hipódromo de Palermo, próxima a los boxes. Allí están los burreros de ojo más incisivo, que examinan al detalle la musculatura de los caballos o la apostura de los jockeys. Casi todos son hombres mayores, que visten boina, tapados largos opacos y zapatos lustrados para la ocasión.

Entre ellos está Vicente Grillo, un viejo canoso de 70 años que no despega la visión de la revista que reparten los puesteros de la entrada de Dorrego y Libertador. “Vamos Jacinto, no se me caiga, Jacinto. Usted es un catedrático”, suelta de lleno mirando al jockey que hace su pasada formal. Entonces posterga la revista, donde figura la grilla de programación del día y todo tipo de datos sobre los competidores y sus caballos- para cifrar la esperanza en el aliento al deportista por sobre las especulaciones estadísticas.

Una base de datos descomunal es almacenada en los registros oficiales, y sólo los maestros que ofician el arte de la combinatoria logran sacar rédito de este acervo. Más allá del factor suerte, también juega su parte el escrutinio de los apostadores, como el que se observa en Vicente, pero en cualquier caso parece difícil hacer previsible lo imprevisible, porque entre quienes se señala como los sabios o "los curtidos", ninguno impone la presencia del millonario.

Por supuesto que Vicente no es uno de ellos. Hasta que se jubiló, era un comerciante de poca monta de Almagro. Ahora arriesga sus últimos ahorros en los caballos. Esto lo hace a escondidas de su mujer y de sus hijos, quienes ya vivieron cómo las apuestas en el hipódromo fueron alejando progresivamente a Vicente del hábito del trabajo, hasta que en el peor momento, una módica herencia lo salvó de la ruina total. Lejos de brindarle moderación, los años le prodigaron mayor frecuencia en el juego.

La previa

La campana y los altoparlantes anuncian la inminencia de la carrera. Los jockeys, esas personas de escasos kilos, con casco y antiparra, ropa ajustada de colores chillones y, casi siempre, con nariz espigada y puntiaguda (vaya a saber uno por qué) pasean al galope la pista de arena y se presentan ante el público. Vicente cierra el meñique y el anular y los vuelve a abrir. Una y otra vez. Hasta que esa misma mano hurga en el bolsillo de su saco y extrae un manojo de billetes. A Vicente, el tick nervioso le vino hace un tiempo, cuando le llegaron los problemas cree.

Los “burreros”, como se les dice a los fanáticos en la jerga del turf, vuelan a la boletería porque el murmullo y la campana parecen acelerar el buen presagio. Vicente sigue la corriente y cambia dinero por cartón. Está visiblemente animado, nada parece contrariar su buen pronóstico. Se junta con alguien que tal vez ya conoce y le canta su apuesta, dando sólidos fundamentos para dicha elección, que el compañero no comparte porque ya tomó partido por otro animal.

- Te digo que el 5 va al muere y el 2 tuvo una buena largada pero se queda, y la última vez que salió primero fue cuando le ganó a La Penitente - le asegura Vicente - El 6, el 10 y el 8 son los que están en mejor estado. Yo juego imperfecta al 6 y al 10 -
- El 5 está goloso hermano. Mirá a quien le ganó el 5 -dice el otro indicando un minúsculo dato en su revista hípica, que Vicente no se molesta en mirar- Es de buena estirpe, de buen entrenador. Tengo el pálpito del 5.

Vicente y el otro discuten en la zona detrás de la vallas de la pista. Allí conviven todo tipo de personas: gente que acude en plan familiar a pasar el domingo; hombres cincuentones con pelo blanco alisado, tez rosada y camisa o sweater a cuadros; pobres de jean sucio y zapatos ajetreados, que llegaron al hipódromo por el sólo hecho de pensarse allí más cerca de la salvación; y, como una postal del turf, hombres mayores que se adhieren a la valla para observar los últimos movimientos de los competidores y para dedicarle alguna palabra de aliento a sus candidatos.

La conversación de Vicente con el otro dura unos minutos. No había necesidad de ponerse de acuerdo en el pronóstico, la apuesta ya había sido efectuada. Sólo sirven las palabras vacuas que, como torrente, tapaban la ansiedad del vicio. Se separan sin decirse nada, como si la charla hubiera sido indistintamente útil con cualquier otro. Vicente se va a ubicar a las plateas. El meñique y el angular se abren y se cierran incesantemente.

Vicente toma asiento en la zona de plateas interiores (de libre acceso, al igual que las tribunas de afuera), techadas y con un gran cristal a través del que se contemplan los 2400 metros de pista. Llega justo cuando toma la batuta Miguel, un hombre sesentón que quedó aparentemente mortificado por presuntas irregularidades en la carrera anterior. Asegura que fue un “asalto”, que el marcador no funcionaba, que el jockey no estaba bien preparado y que por eso no puede ser sino un “delincuente buscado por la Interpol”. Agrega además que era de esperarse “el mismo tongo” en la siguiente carrera. Pese a la retórica tenaz del denunciante, casi nadie le hace caso porque tienen la mirada fija en los caballos que se alistan para la largada. Su veredicto vendría después.

Viento en contra

El 6 y el 10 son los que menos pagan, los favoritos: 3,10 y 3,75 respectivamente. Vicente está conforme. Dice que esta vez está seguro, que se juega la última a ganador y segundo porque se quiere retirar “con la buena leche” pero enseguida explica que, pase lo que pase, se vuelve a casa, puesto que ya no se banca más a “los marranos de abajo que nada saben y se llenan de chismes y habladurías, ni tampoco a los vejetes del palco, que esos sí que están enfermos”. Aclarada la cosa.

La televisión de la esquina de la sala de plateas relata la carrera y los apostadores se exaltan. Unos se toman la cabeza, otros prenden cigarrillos. Algunos levantan altares a sus candidatos antes de tiempo, al tiempo que otros ya los están defenestrando. Vicente despunta su tick, pero con mayor brusquedad.

“Larga el 6 a la cabeza por el centro de la pista. A los costados y a ¾ de cuerpo lo siguen el 10 y el 1. En cuarto puesto aparece el 4”.

En este punto de la carrera una voz familiar se desembucha: “Vamos Jacinto, no se me caiga Jacinto”. Jacinto es el número 6 y va primero. Vicente no se queda atrás: “¡Vamos el 6 carajo! ¿Quién va segundo?”, pregunta a un viejo que ya sabe que perdió y que no le contesta. “¿Quién va segundo?”, insiste.

“...Sale el 1 a toda marcha y queda segundo a medio cuerpo del 6. El 4 avanza a toda velocidad, deja atrás al 10. 400 metros del disco...”.

Un coro de quejidos, palmas e insultos restalla en el ambiente. Son los últimos instantes y todos quieren saber que está pasando. Ya nadie mira a la pista por la ventana, tienen los ojos clavados en la pantalla de TV, donde las cámaras logran una mejor captura de los competidores en el tramo final de la carrera. 

“Últimos 200 metros, el 6 y el 1 a la vanguardia. Los competidores no se sacan ventaja. Les sigue el 10 a un cuerpo. El 1 toma la delantera. Ingresan a la zona de tiro y cruzaron el disco”

Vicente pone el grito en el cielo contra la mala suerte. Se le escapó estando cerca. La mayoría insulta de lo lindo. Los menos festejan el resultado. “Acá está el campeón”, se autoproclama uno alzando el billete. “Qué hijo de puta el 10, ¿no?. Se cansó antes que Riquelme a los treinta metros”, bromea alborozado, mientras los demás lo miran con desprecio. 

Miguel está de rabiar. Para él, las sospechas de corrupción se confirmaron, no tiene dudas de que “los chanchullos” están a la orden del día. Los perdedores asienten.

Vicente se levanta como para irse pero se demora ante el anuncio de una nueva carrera. “Me juego un numerito más”, se despacha con resignación, poniendo énfasis en el diminutivo.